Saga de los hijos del sol

NOTA

El siguiente mito de la creación pertenece al pueblo sami o lapón, que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola, al noroeste de Rusia. La mitología sami es bastante heterogénea y varía entre las distintas tribus y regiones, pero aun con algunas variantes, este mito en particular se encuentra bastante extendido.

Si quieres saber más sobre mitología sami o lapona deberías leer esto:

El texto es bastante largo, así que lo iré publicando poco a poco durante varios días. Deberías revisar la página de vez en cuando para leer lo nuevo.


.I.

El gran dios, que es Jubmel, caminaba un día por la orilla de grandes aguas.

Vio olas altas y poderosas, tronando como truenan los rápidos del río en primavera. Y cada una llevaba encima un ruidoso jamikiats, que con sus gritos agitaba las oscuras aguas y despertaba a los habitantes de Fudnos-aimo para que hicieran lo m

ismo que él; como cuando un perro ladra en una cabaña durante una noche de invierno y desde las cabañas vecinas le responden nuevos aullidos.

Entonces el corazón de Jubmel se angustió y gritó sobre las aguas:

«¡Tigen ("callen") odiosos invitados!
¡Tigen, hijos de Fudnos-aimo,
espíritus del inframu
ndo!
No perturben el descanso de Jubmel».

Sin embargo, los invitados no hicieron caso de la orden de Jubmel. Se rieron en su cara y continuaron haciendo ruido, y sus voces se convirtieron en un aullido infernal.

Entonces Jubmel se enojó aún más y dijo para sí mismo:

«Estos espíritus malignos no dejan de gritar,
Y tengo ganas de cortarme las orejas,
De arañarme la piel, de pincharme hasta el tuétano.
Deseo llamar a la luz Beijve,
el radiante de Saivo-aimo.
Quiero consultar a un sabio.
Él es el más alto entre los hijos del cielo.
Beijve, eres el dios brillante,
La luz del este.
¡Ven a consultar a Jubmel,
el Padre celestial, por encima de todos!
Calza bien tu esquí
para que corra rápido.
No descanses en el camino,
que tu viaje no se demore.
No escuches las malas canciones,
no te dejes engañar por ellos.
Si te detienes a escucharlos,
serás atraído a Fudnos-aimo.
Date prisa al encuentro de tu padre
que te invita a venir.
Has sido llamado a un consejo
Beijve, el más alto entre los hijos celestiales.»

Ante la orden de su padre, Beijve llegó apresuradamente. Sus esquís brillaban como la plata y por donde pasaba en el cielo dejaba una huella luminosa que atravesaba la noche como un ancho camino de estrellas: los hijos del sol lo llaman el Camino de Beijve, pero los suecos lo conocen como Vía Láctea.

“Aquí estoy, oh alto padre celestial”, dijo Beijve, y su voz era jadeante porque había viajado a toda prisa. “Aquí estoy”, dijo, “y llevo un buen consejo en mi cabeza. Sabio es el Padre celestial, pero sabio entre sus hijos es Beijve”.

“¡Hiciste bien en venir! Las canciones malvadas me engañan, los gritos de los espíritus me cortan el aliento y la soledad se revuelve sobre las aguas oscuras. ¡He aquí que quiero crear una nueva tierra! Necesito un buen consejo y alguien que la gobierne”.

“Deseo que puedas crear un buen lugar, alto Señor Celestial”, dijo Beijve. “Sobre una buena tierra quiero brillar, para que no se levanten más los fantasmas necios, para que los gritos, las pisadas y el ruido de los malos invitados no puedan perturbar tu sabiduría”.

“Crearé una buena tierra”, dijo Jubmel, el Señor del Cielo, “un buen país del que huirán los sirvientes de Fudnos-aimo. ¡Ven, ven mi pequeño reno, tú que vas a Passevaare!” Entonces el Señor del Cielo llamó a su hermosa cría de reno y ella vino corriendo.

Bonito a la vista era el pequeño reno de nuestro Padre Celestial, sí, la verdad es que crecía muy bien. Y el Padre puso su mano sobre él y dijo: “Pequeño reno, tú que corriste por Passevaare, tú que tienes los cascos rápidos, eres el gozo de tu amo, pero llevas el dolor en tus ojos; a partir de ti quiero crear la nueva tierra, otro mundo más hermoso”.

El gran dios Jubmel crea el mundo a partir del reno.
Ilustración de John Bauer.

Y el Padre Celestial sacrificó a la pequeña cría con sus propias manos y arrojó un hueso, un hueso bastante pequeño a las grandes aguas, y gritó a todos los jamikiats que aún seguían alborotando:

«Tomad esta pequeña pierna
Tomadla como venganza.
De ella en las aguas antiguas,
sobre las grandes y oscuras aguas
construid un puente
que baje al inframundo,
a las tierras oscuras y silenciosas,
pero con la otra punta arriba
hasta los cielos inferiores,
hasta donde comienza la luz.
Construidme un puente estable
sobre las oscuras aguas antiguas,
para que allí pueda crear la tierra
y el nuevo, otro mundo.»

Los jamikiats se arrojaron sobre el Hueso, gritando al Padre Celestial sobre las grandes aguas:

«¿Cuál será la recompensa por nuestros esfuerzos?
el salario por nuestra labor?
Si te construimos un puente
sobre las aguas del mundo antiguo
a partir de este pequeño hueso.
¿Cuál será entonces tu amistoso regalo?
Oscuras son las aguas antiguas,
profundas son las antiguas aguas,
entre el cielo y Rotaimo
cien días de camino hay que viajar.
Dinos que nos darás si construimos
para ti este pequeño puente.»

Jubmel, el gran Señor del Cielo, respondió a disgusto:

«No se pueden esperar obsequios
ni regalos de los dioses
cuando dan una orden.
El Padre Celestial es como Él mismo,
No es como nadie más.
Yo gobierno los cielos altos
Yo controlo el inframundo.
Yo crearé el nuevo mundo por mí mismo.
Sin embargo, quiero darles un regalo,
Invitarles a un pequeño obsequio.
Como recompensa por su trabajo:
cuando en el nuevo mundo
a los dioses se sacrifiquen
carne, sangre y manteca,
a cambio de vuestro trabajo
los jamikiats conseguirán las piernas.»

Al oír esto, los jamikiats se apresuraron a cumplir la orden del Señor del Cielo, construyendo un puente firme entre Rotaimo, el mundo inferior, y el más bajo de los cielos, donde comienza la luz.

Y allí, en la parte superior, descansando sobre el puente, como la manta de humo que se acumula entre los postes de una cabaña sami, Jubmel construyó el nuevo mundo mejorado. Y lo hizo a partir de su reno. Los huesos se convirtieron en el cuerpo rocoso de la tierra y la carne en su suelo. Las venas se transformaron en corrientes de agua y el cuero cabelludo en enormes bosques. Ahora bien, el corazón del pequeño reno, Jubmel lo escondió en lo profundo de la tierra, y si el montañés solitario pone mucha atención mientras pastorea el ganado en las laderas, puede que alguna silenciosa noche de verano escuche sus latidos.

De la cabeza del pequeño reno, Jubmel hizo el firmamento: una cubierta entre el cielo y la tierra que impide que el nuevo mundo perezca bajo la inmensa luz de los planos superiores. Y como guía para el vagabundo, tomó los dos ojos del reno, que llevaban el dolor en sus profundidades más recónditas, y los fijó en el espacio. Allí se quedaron convertidos en la estrella de la mañana y de la tarde, mirando al viajero con la tranquila melancolía que solo se encuentra en los ojos del reno o en los de una mujer amorosa y anhelante.

Así Jubmel construyó el nuevo mundo: bajo el cielo, sobre los mundos inferiores, más oscuro que los mundos de arriba, pero de todos modos con un poco de luz celestial, porque a través del cráneo del pequeño reno siempre penetraban algunos rayos luminosos. Además, el propio Beijve se convirtió en el gobernante del nuevo mundo, y él es el señor de la luz y el más grande de los hijos del Padre Celestial.

Por fin fueron silenciados los gritos y disipados los fantasmas que atormentaban a Jubmel, porque las aguas antiguas retrocedieron y los jamikiats y todos los espíritus del inframundo quedaron separados del mundo superior por este nuevo mundo de Jubmel, donde ahora reina Beijve.

.II.

El nuevo mundo estaba listo: creado por Jubmel, donado a Beijve. Era una tierra buena y hermosa sin fantasmas acosadores, sin gritos, ni pisadas, ni ruidos espeluznantes. La luz de Beijve brillaba constantemente sobre todas las cosas porque él caminaba con Jubmel, el alto Padre Celestial, alrededor del nuevo mundo. Este es el principio de todas las historias, el primer tiempo que contaron nuestros padres.

Todo era bueno porque todo había sido creado por la sabiduría de Jubmel y con los buenos consejos de Beijve. La leche fluía de todas las fuentes y los ríos estaban llenos de peces. El núcleo de los árboles era de tuétano, sí, delicioso tuétano de reno, y en las copas crecía una deliciosa carne cocida.

Hermoso es el nuevo mundo
¡El nuevo y brillante reino de Beijve!
La tierra es de oro y de plata,
las montañas están hechas de lingotes.
El tallo de pino está lleno de médula,
el fruto de la picea es deliciosa carne cocida
las flores del abedul son de queso,
la leche fluye en todas las fuentes.
En los primeros buenos tiempos
la luz brilló desde Beijve,
el calor imperaba en el campo,
ahuyentando el frio y la oscuridad
de todo el camino hasta Fudnos-aimo.
Así le han contado los padres,
las leyendas a los niños
para que se las digan a sus hijos,
sobre los primeros buenos tiempos.

Un día, mientras Jubmel y su brillante hijo recorrían el nuevo mundo, regocijándose por todo lo bueno que veían, Jubmel le habló a Beijve:

“He aquí que el nuevo mundo es hermoso; ¡que otros también se regocijen con su belleza!” Y así Jubmel creó a Attjis y Njavvis. Los creó a ambos a partir de alguna cosa insignificante que recogió a la orilla del río, pero aun así resultaron bastante majestuosos y con la mirada altiva.

Entonces Beijve vio a Attjis y Njavvis, los dos jóvenes gloriosos, y se regocijó en su corazón porque eran hermosos de ver. Y les habló para decirles: “He aquí que os daré mi buena tierra, todos los buenos pastos del nuevo mundo. Os daré oro y plata: un veloz reno con cuernos plateados y pezuñas doradas vendrá hasta vuestra casa. Os daré carne deliciosa, tuétano y quesos curados. Os daré esposas e hijos hermosos, porque Jubmel, el Señor del Cielo, me los ha dado a ustedes para que sean hijos de Beijve”.

Entonces Attjis y Njavvis entraron en el nuevo mundo mejorado y fueron felices y se amaban como hermanos. Las manos de Jubmel y Beijve brillaban constantemente sobre ambos. Pero esto fue en los viejos buenos tiempos. Así lo han contado nuestros padres, así ha pasado la leyenda de una generación a otra en la familia de los hijos del sol.

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