El pueblo lapón, sami o saami, habita en una región que históricamente se ha llamado Laponia y se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola, al noroeste de Rusia. Los samis han sido despreciados y, al mismo tiempo, asimilados a la fuerza por sus países vecinos durante siglos. De hecho, las palabras ‘lapón’ y ‘Laponia’ derivan del término peyorativo lap(p), originario de Suecia y Finlandia, que significa “harapiento, inculto, tonto, periférico”.
Los dioses
Los dibujos de los tambores también han servido para estudiar el panteón de dioses samis que, en dependencia del lugar que ocupan en el diseño, se pueden clasificar como trascendentales, celestes, terrestres o subterráneos. Ahora bien, la información de que disponemos sobre estos dioses es un tanto incierta y está abierta a interpretaciones, principalmente porque fue recogida bastante tarde, a partir del siglo XVII, y sobre todo entre los samis occidentales (de Escandinava), donde ya se habrían filtrado las culturas vikinga y cristiana; de hecho, como es costumbre en estos casos, los principales cronistas hasta el siglo XIX fueron misioneros cristianos y pastores luteranos.
Una de las fuentes más importantes de este folclore es el libro Fragmentos de Mitología Sami, escrito por el pastor luterano, sueco con ancestros lapones, Lars Levi Læstadius (1800-1861) durante la expedición francesa de La Recherche. Sin embargo, Læstadius no terminó a tiempo su informe y no se publicó con el resto de documentos oficiales de la expedición, perdiéndose el conocimiento durante décadas, hasta que fue recuperado y publicado en 1997 en sueco, 2000 en finlandés y 2002 en inglés. Se titula “Fragmentos” porque, a decir del propio Læstadius: “… la mayor parte del antiguo panteón del pueblo lapón se perdió presumiblemente tras la introducción del cristianismo.” En su obra, estudia y comenta los escritos de autores anteriores, muchos de los cuales registraron ideas incompletas en el mejor de los casos, o totalmente sesgadas y prejuiciosas en el peor. Consideraba lógico que los chamanes temieran y la gente común se avergonzara de hablar sobre sus antiguas creencias, precisamente a los misioneros que habían venido a desmentirlos.
Es difícil, por tanto, hacerse una idea general de la religión sami precristiana y, según el área o la tribu, los mismos dioses pueden tener nombres diferentes; incluso pueden aparecer como uno solo o como varios que se reparten los distintos aspectos de la misma función. Todo depende del idioma local y su interpretación de las tradiciones, sea cual sea su grado de conservación. También influye que no existiera ningún tipo de dogma o método, ni oral ni escrito que regulara las prácticas religiosas.
Por otro lado, es importante señalar que la adoración de la mayoría de las deidades dependía del género. Solo los cultos de Radien y el Sol eran comunes a ambos sexos. Los datos sobre las actividades culturales de la mujer son bastante incompletos, ya que los cronistas generalmente no se interesaron por ellos, pero al parecer las deidades femeninas como las diosas akka, por ejemplo, fueron adoradas sobre todo por mujeres, y los dioses cazadores por hombres.
Radien-Attje y Radien-Kiedde
El dios rector del panteón sami parece ser Radien-Attje, traducido como “fuente de poder” o “padre liminal”, el dios del cielo, gobernante todopoderoso de la creación. Ahora bien, este es un dios ocioso que no participa directamente en el desenvolvimiento del mundo, sino que lo hace a través de sus hijos o avatares. El hijo de Radien-Attje es Radien-Kiedde (“prado de Radien”) o Radien-Pardne (“hijo de Radien”) o Veralden Olmai (“hombre del mundo”), quien recibió de su padre el poder de crear las almas. Radien-Kiedde entrega las almas a Madder-Attje (“primer padre”) y este se las pasa a su esposa Madder-Akka (“primera madre”). Otras fuentes afirman que Radien-Attje y Radien-Kiedde eran uno y el mismo, es decir, Jubmel. En este caso, Radien-Attje tendría una esposa llamada Sergve-Edne o Sierg-Edne, a quien le había dado el poder de crear las almas y sería ella quien las pasaría luego a Madder-Akka.
Læstadius creía que Radien, su hijo y su esposa no eran dioses genuinamente samis sino préstamos del cristianismo. Otro nombre de Radien es Jubmel, paralelo al finlandés Jumala, y ambas palabras se traducen actualmente como “Dios” en el sentido cristiano. Sin embargo, es posible que la raíz más antigua de Jubmel y Jumala tuviera un sentido parecido “murmullo” o “estruendo”, la primera idea de un ser divino que habitaba en el cielo y producía el rayo. Finalmente, con la aparición de otros dioses con funciones más específicas, estos nombres se convirtieron en términos genéricos.
Existen vagas referencias al culto de Radien-Attje, como que el típico ídolo hecho con un tronco de abedul se colocaba excepcionalmente con las raíces hacia abajo y que tanto hombres como mujeres comían la carne del sacrificio. En el tambor chamánico, la familia Radien suele representarse junta. A veces Radien-Kiedde es representado por un edificio, posiblemente una iglesia, y Radien-Attje es una cruz en la parte superior. Otras veces Radien es una figura humana con algo parecido a una espiga, un cuerno de reno o una cruz en la mano y/o sobre la cabeza.

Horagalles o Tiermes
Horagalles es el dios del trueno. Según la zona y el idioma también se le llama Aija o Aijeke (“abuelo”), Bajan o Pajanolmai (“herrero”), Tiermes o Dierpmis (“montañés”) y Tordöm (“ruidoso”). Es la versión sami del Thor escandinavo, de hecho, Horagalles (Þórr Karl en nórdico) significa “hombre o héroe atronador”. No es casual que la palabra Tiermes y sus variantes sean más conocidas en el norte, mientras que Horagalles y las suyas se encuentren más al sur.
Horagalles o Tiermes es el dios del cielo, el clima, los truenos y los relámpagos, el arco iris, los mares y los lagos, y gobierna la vida, la salud y el bienestar humanos. Los samis temían su furia, capaz de partir montañas, derribar árboles, incluso matar animales y personas. Para aplacarlo se sacrificaban animales machos, nunca hembras o castrados, y las mujeres tenían prohibido comer de ellos. Las ofrendas se colocaban en la plataforma, junto al ídolo conocido como Väärro muor (árbol del sacrificio). Este ídolo estaba hecho con un tocón de abedul con las raíces hacia arriba y se decoraba con un martillo en la mano y un clavo en la cabeza cuando debía representar a Horagalles.

Dicen que los samis podían “desatar” la furia de Horagalles, yoikeando y tocando el tambor, contra los trolls y los animales que atacaban el ganado, pero también contra otros hombres enemigos suyos. En este último caso, si Horagalles no podía cumplir su encargo, porque no encontraba a la persona o porque fuera contraembrujado por un noaidi más poderosos, volvería para atacar al primero que lo invocó; entonces este tendría que hacer muchos sacrificios para aplacarlo y poder vivir en paz. Los cronistas aseguran que por esta razón muchos samis habían perdido todas sus propiedades y tenido que mendigar.
Un mito cuenta que Horagalles era hijo de Perkel (el Diablo) y este lo escondió dentro de una roca para que Jubmel (Dios) no lo encontrara. Sin embargo, Jubmel se enteró de todo, lo sacó de allí y lo convirtió en su hijo adoptivo. Y por ser hijo del Diablo e hijo adoptivo de Dios, el Rayo es bueno y malo a la vez. Su misión es matar a todos los trolls y espíritus malignos que se esconden en el mundo, pero también suele perturbar los seites, las grandes piedras-santuarios de los samis. Para lanzar los rayos utiliza su arco, que es el arco iris, Ajan joksa (“arco del abuelo”).
Otra historia cuenta que una muchacha, probablemente perdida en el bosque, se había sentado al pie de un árbol, vino el Diablo y le pidió que secara algunos trozos de madera resinosa debajo de su abrigo de piel (al parecer estaba lloviendo). Pero cuando por fin encendió la leña, notó que el hombre tenía cuernos, se asustó y quiso huir. El Diablo la retuvo, quedó embarazada y dio a luz a un hijo muy inquieto que lloraba sin cesar. Entonces Dios vino y se llevó al niño consigo al cielo. Allí le preguntó a quién quería ayudar, si a su madre o a su padre. El niño, que era Horagalles, respondió que quería ayudar a su madre y perseguir a su padre y a toda su prole. Desde entonces no ha hecho otra cosa: corre por el aire, hiende montañas y quema árboles cuando los trolls los utilizan para esconderse.
Estas historias son curiosas, pero es probable que no sean verdaderamente samis, sino importaciones de las tradiciones escandinava y báltica. En Wikipedia en sueco se puede leer, sin ninguna referencia bibliográfica, que Horagalles tenía un criado llamado Horanoja, equivalente al Þjálfi de Thor, y un perro llamado Starbo, que vigilaban el trance chamánico. Si algún demonio intentaba impedir que el alma regresara al cuerpo del chamán, ellos avisarían de inmediato a Horagalles para que lo destruyera. Esto parece ser una mala interpretación de las fuentes porque Horanojas, más correctamente Horan-Orias, aparece dentro de un conjunto de nombres para Horagalles. La confusión puede darse porque los nombres fueron interpretados todos como “siervo del padre poderoso”. Es decir, el guardián del trance es el propio Horagalles, y el perro, evidentemente, es otro espíritu ayudante de los muchos que podía tener el chamán. Muchos autores, antiguos y nuevos, han malinterpretado (con o sin intención) las crónicas de los misioneros, para vender una mitología sami más compleja y pintoresca, ignorando muchas veces sus valores más genuinos.
Según Turville-Petre (1964), la esposa de Horagalles se llama Ravdna y las bayas rojas del serbal son sagradas para ella. Esta Ravdna sería la versión sami de la Rauni finlandesa, esposa de Ukko, quien también es una forma de Thor. Los nombres Rauni y Ravdna se parecen mucho a las palabras nórdicas para ‘serbal’ (islandés: róni; noruego: rogn; sueco: rönn). Es por esto que se ha teorizado que Sif, la esposa de Thor, también pudo haber sido concebida alguna vez como ‘serbal’, y los estudiosos agregan como prueba adicional el siguiente pasaje de Skáldskaparmál en la Edda prosaica:
«Thor ve entonces que arriba en una quebrada está Gialp, una hija de Géirrod, abierta de piernas sobre el río, y es ella quien hace crecer la corriente. Entonces cogió Thor del río un gran peñasco y se lo lanzó, y dijo: «En su fuente se corta un río». No le falló aquel tiro, y en seguida pudo alcanzar la otra orilla, y se agarró a un serbal y así salió del río. De ahí viene el dicho de que el serbal es la salvación de Thor.»
En los tambores de los chamanes, Horagalles se representaba con un mazo en una mano y una cruz en la otra, o simbolizado por dos martillos cruzados. Con un martillo producía los truenos y los relámpagos y con el otro los interrumpía para que no hicieran demasiado daño. Læstadius cree que el dios del trueno pudo haber sido el Jubmel, es decir, el dios del cielo original, suplantado por Radien con la llegada del cristianismo. Lo cierto es que hay situaciones parecidas en todas las mitologías indoeuropeas, bálticas, ugrofinesas, incluso turcomongolas: el dios todopoderosos que no es capaz de crear nada y el activo dios del trueno, inexplicablemente relegado a los pisos más bajos del cielo; y no siempre se puede culpar al cristianismo. Queda mucho por estudiar para entender el pensamiento humano detrás de todas estas historias.

Beiwe y su hija, la diosa de la primavera
De los dioses celestes sin duda el más importante es Beiwe, cuyo nombre también tiene variaciones: Beaivi, Biejvve, Beivve, Bievve o Biejje. Se trata del dios o la diosa del sol, representada casi siempre en el centro de los tambores chamánicos como un diamante con cuatro rayos (los rayos representan la capacidad del sol para incidir en las cuatro regiones del aire). Existe cierta polémica sobre su sexo, algunas fuentes la dan como una diosa, probablemente por influencia de la mitología nórdica, y otras se refieren a un dios masculino. En cualquier caso se trata de un antepasado importante, pues el pueblo sami se autodenomina “hijo del sol”.

Læstadius nos confirma que ya en su época el culto al sol era un recuerdo de los viejos tiempo y ni siquiera quedaban algunas supersticiones sobre él. Los cronistas recogen que los samis habían sacrificado animales hembras de color blanco para que el sol brillara, y en la víspera de San Juan comían gachas o una “papilla del sol” en su honor. Otros aseguran que, cuando el sol aparecía después de una larga ausencia, los samis ungían sus puertas con mantequilla para que el alimento le infundiera fuerzas a la deidad. Algunos comentaristas consideran que la costumbre de ensartar pedazos de carne en aros o anillos, y dejarlos en una plataforma alta detrás de la kota, era una ofrenda solar. A Beiwe le pedían que hiciera crecer la hierba y que los renos dieran abundante leche durante el verano. También le rogaban por la curación de algunas enfermedades, sobre todo nerviosas y mentales, a veces causadas por los largos meses de noche polar.
Algunos registros sugieren que Beiwe y Måno, la luna, recibían sacrificios de forma conjunta. La luna es una deidad aún más olvidada que el sol. Su género también es ambiguo, pero su función parece tener más que ver con la destrucción.
Beiwe-Neid o la “hija del sol” es un personaje difícil de definir. En internet se ha extendido la versión de que viaja por el cielo con su madre Beiwe en una especie de armazón hecha de huesos de reno, y que a su paso crece la hierba. También se puede leer que es la diosa de la medicina y la curación, sobre todo de las enfermedades causadas por el sol. En La Saga de los Hijos del Sol (con la que comienza este libro) Beiwe-Neid se identifica con Njavvis-ene, aunque esto pude ser una tergiversación del autor.

Læstadius hace referencia a Sola-Neid, que también significaría “hija o doncella del sol”, y dice que, al parecer, es una deidad que se agregó tardíamente. Mucho más antigua parece ser Rana-Neid (“doncella verde”). Se supone que Rana vive en el cielo inmediato inferior al de Radien, siendo una de las deidades más cercanas a Él. Sin embargo, su campo de acción está en la tierra como la diosa de la primavera y la fertilidad. Ella hace que las montañas se vuelvan verdes hacia el sur para que los renos hambrientos tengan suficiente comida. Sola y Rana suelen confundirse, pero parece claro que la primera es la personificación del calor que derrite la nieve y la segunda es el crecimiento de la vegetación y la prosperidad de la vida. Sin embargo, cabe la posibilidad de que las dos sean aspectos diferentes de una sola Beiwe-Neid.

Ailekis Olmak
Beiwe labtje son los cuatro rayos que surgen del diamante que representa al sol en los tambores chamánicos. A veces, sobre estos rayos hay cruces que representan a los Ailekis Olmak, los tres dioses de los días sagrados. En el primer labtje se encuentra Burres o Sodna-peiwe-ailek, la deidad del domingo, que se considera el día más propicio para las ceremonias chamánicas. En el segundo labtje se puede ver a Lawa-Ailek, la deidad del sábado, la segunda más poderosa. Y en el tercer rayo está Frid-Ailek o la deidad del viernes, un día ideal para la adivinación, pero el menos poderoso de los tres. Algunos samis creían que si cortaban leña un viernes o un sábado, brotaría sangre del primer corte del hacha, porque Ailekis Olmak estaría furioso.
Ahora bien, según cronistas diferentes, y debido a la heterogeneidad de las creencias samis, en otros lugares el viernes estaba dedicado a la diosa Sarakka, el sábado a Radien y sólo el domingo sería el día de Ailekis Olmak. En cualquier caso, es evidente que estos dioses estaban influidos por los días sagrados de la liturgia y el santoral cristiano.
Biegg Olmai y los vientos
Biegg Olmai es el impredecible “hombre del viento”, dios del clima y el mar. Algunos autores lo hacen vivir en las regiones bajas del aire, pero otros dicen que habita en Fudnos-Aimo, el inframundo, de donde envía las peores tormentas. Al parecer se le ofrecían sacrificios por un buen tiempo para navegar.
Algunos autores, sobre todo modernos y poco familiarizados con la cultura sami, creen que Bieggogalles (“héroe del viento”) es un dios diferente, pero en realidad debe ser el mismo. En el tambor chamánico se le representa con dos palas en las manos, que usa para arrastrar los vientos. En Wikipedia se puede leer, sin ninguna referencia, que es el esposo de Beiwe.
La única referencia que encontró Læstadius a un dios parecido es Gissen Olmai o Kiesse-Olmai (“hombre del verano”). En Wikipedia, sin embargo, aparecen Bieggolman y Biegkegaellies, sin ninguna referencia bibliográfica, como los dioses respectivos de los vientos de verano y de invierno. Es importante recordar que los dioses samis cambiaban de nombre, se fusionaban o se dividían en dependencia de la región.
Existen teorías que relacionan —homologándolos o derivándolos— a Biegg Olmai y Tiermes con un dios supremo más antiguo que en finlandés se llama Ilmarinen. Este Ilmarinen sería, a su vez, suplantado por Jumala o Jubmel como dios del cielo y rebajado a la categoría de dios del viento, sin embargo, en Finlandia conserva el título superior de “forjador de la bóveda celeste”.

Madder-Attje y Madder-Akka
Como ya se dijo, ellos son el “primer padre” y la “primera madre”. Madder-Attje recibe las almas creadas por Radien-Kiedde y las lleva por un largo camino alrededor del sol hasta las regiones inferiores donde vive Madder-Akka, quien se encarga de crear un cuerpo alrededor del alma. Ambos viven en el cielo, pero como era lógico en la sociedad sami, la mujer ocupaba un escaño más bajo. En el tambor, Madder-Attje aparece como una figura humana sujeta a uno de los rayos del sol. Madder-Akka suele aparecer en los bordes, junto a sus tres hijas. Todas ellas son muy populares actualmente entre las feministas samis.
Las diosas Akka
Madder-Akka tenía tres hijas que eran las encargadas de todo lo relacionado con la gestación, el parto y el cuidado del recién nacido. Ellas eran las más cercanas a la vida cotidiana del hombre sami, vivían dentro de su casa y eran constantemente celebradas.

Sarakka (“la creadora” o “la separadora”) era la más importante de ellas y vivía en el hogar, es decir, en el centro de la casa sami. Estaba encargada de poner el alma en el útero, velar por su desarrollo y nacimiento. Además, en el momento del parto, sufría los dolores con la madre. Por esta razón era muy adorada por las parturientas, que bebían vino y comían gachas en su honor; después de dar a luz, comían una “papilla de Sarkka”. A Sarakka se dedicaban libaciones de agua y licor, y sacrificios de gallos, gallinas, crías de renos y perras, todas hembras menos el gallo. Sólo las mujeres podían comer de estos sacrificios. Incluso después de ser bautizados por la iglesia, los niños eran rebautizados en nombre de Sarakka. Del mismo modo que obraba con los seres humanos, lo hacía con el embarazo y el nacimiento de los renos.
La segunda hija es Juoksakka, que significa “madre del arco”. Su función era convertir una hija en un hijo dentro del útero, pues los samis creían que todos los fetos comenzaban siendo hembras. Con este propósito se le hacían sacrificios especiales, ya que los varones eran más apreciados por sus habilidades para la caza. De hecho, la propia Juoksakka parece estar relacionada con la cacería y podría ser la misteriosa deidad que vive en el påssjo, el espacio sagrado de la vivienda donde se guardaban las armas y el tambor, y que estaba prohibido para las mujeres. En este caso tal vez la llamaban Påssioakka para distinguirla de sus funciones femeninas.
Uksakka es la “mujer de la puerta”, que vive en el umbral de la casa sami, donde la mujer debe dar a luz. Ella es la partera que se encarga de recibir al recién nacido y ayudar a sus padres a cuidarlo durante su primera infancia, especialmente mientras aprende a caminar. Es una especie de guardiana de la familia, sin embargo, según algunos cronistas, aunque diariamente se le hacen ofrendas de comida y bebida, no recibía otros sacrificios especiales.
Leib-Olmai y Tjatse-Olmai
Leib-Olmai era un dios del bosque que protegía a los animales y Tjatse-Olmai era un dios del agua que protegía a los peces. Leib-Olmai significa “hombre árbol”, específicamente se refiere al aliso, cuya corteza tenía numerosas propiedades mágicas y medicinales. El jugo rojizo que desprende era utilizado, por ejemplo, para hacer los dibujos del tambor y para marcar a los cazadores y a sus presas, como ocurre durante el sacrificio del oso que ya describimos. Es evidente que este árbol tan importante representaba a todo el bosque y a sus habitantes animales. Tjatse-Olmai significa simplemente “hombre de agua”.
Leib-Olmai recibía oraciones, reverencias y sacrificios (cada mañana y cada tarde según algunos autores) a cambio de una buena cacería. Tjatse-Olmai, el que llevaba los peces al anzuelo, recibía sacrificios por buena suerte en la pesca. Læstadius cree que algunos dioses como Biegg-Olmai y Tjatse-Olmai sólo eran conocidos por los samis que vivían cerca de la costa.

El inframundo

Como se dijo antes, los samis creían que al morir sus almas podían tener varios destinos. Uno de ellos era Jabme-Aimo, el mundo de los muertos por excelencia. Allí recibirían un nuevo cuerpo y gozarían del mismo estatus social que tuvieron en vida. La regenta de este mundo es, curiosamente, otra diosa akka llamada Jabme-Akka, “la vieja de los muertos”. Según algunas versiones Jabme-Aimo era un lugar feliz donde todo era opuesto al mundo de los vivos; así, si los vivos tenían un patriarcado, los muertos tenían una matriarca. Se ha sugerido, sin embargo, que Jabme-Akka no era la gobernante original, sino que pasó a serlo bajo la influencia de las culturas del sur, comparándola con la Hell nórdica y con la Louhi finlandesa. El gobernante original tal vez haya sido la versión sami de cierto personaje malvado y tramposo que existe en otras culturas chamánicas de Siberia y Asia Central.
Los samis creían que, a veces, los dioses del inframundo y los espíritus de los antepasados atraían el alma de los vivos hacia ellos. Esta era la causa de muchas enfermedades, y para curarlas era necesario que el noaidi viajara al mundo de los muertos y devolviera al paciente su alma extraviada o secuestrada. Como ya se dijo, otra forma de contentar a los muertos y evitar que causaran molestias era rebautizar a los enfermos con los nombres que ellos tuvieron en vida.
Por otro lado existía Ruotta o Ruto, gobernante de Rot-Aimo, la parte más baja del inframundo, a donde iban a parar los que no vivían sus vidas de acuerdo con las leyes naturales. Ruto no era un dios, sino un demonio de la plaga y la enfermedad que viajaba a caballo, una práctica nada habitual entre los samis, que temían y detestaban a este animal, probablemente porque era el medio de transporte preferido de los escandinavos. De hecho, se considera que Ruto es un préstamo o, cuando menos, la corrupción de una deidad más antigua y olvidada que después se confundió con Odín o con el Diablo cristiano. Para repeler la influencia de Ruto los samis hacían sacrificios a Radien, pero si esto no daba resultado, sacrificaban un caballo al propio Ruto. En los tambores chamánicos se representa la plaga como un caballo con o sin jinete, siempre lo más alejado posible de Radien en el sentido contrario de las agujas del reloj.


Otros