El Curupira es una criatura mitológica del folclore brasileño que combina muchas características de las hadas africanas y europeas, pero generalmente se le considera una figura demoníaca.
Según el filólogo y lexicógrafo brasileño Eduardo Navarro, especialista en tupí antiguo, el término se origina de la contracción de kuruba, “sarna” o “verruga”, y pira, “piel”, para significar “piel con sarna o verrugas”. Pero de acuerdo al folclorista italo-brasileño Ermanno Stradelli, provienen de curu, la contracción de corumi, “niño”, y pira, “cuerpo”, es decir, “cuerpo de niño”.

Según las leyendas tiene el pelo rojo o naranja brillante y se asemeja a un hombre, un niño o un enano con los pies hacia atrás. Otras veces es calvo y tiene los dientes verdes. Hay muchas versiones diferentes, por lo que su apariencia y hábitos varían en cada región de Brasil. Algunas personas se imaginan a Curupira como una criatura femenina porque el nombre termina en ‘a’ o porque se remiten al personaje de la serie de televisión El Amo de las Bestias (BeastMaster) de principios de 2000, interpretada por la actriz australiana Emilie de Ravin; sin embargo, generalmente en el folclore es un ser masculino.

Curupira vive en los bosques de Brasil y aprovecha que tiene los pies al revés (con el talón hacia delante) para dejar huellas que conducen a su punto de partida, lo que confunde a los cazadores. Tiene una gran fuerza física, puede crear ilusiones y producir un sonido como un silbido agudo para asustar y llevar a sus víctimas a la locura. Curupira castiga a los cazadores furtivos, a los que toman más de lo que necesitan del bosque y a los que cazan animales con crías pequeñas. Una forma de escapar de él es haciendo un nudo con un pedazo de vid, cosa que al parecer detesta. En la selva del Amazonas, un Jardín del Curupira es una zona en la que casi todos los árboles son de la especie Duroia hirsuta, lo que resulta extraño dada la gran biodiversidad de la región. En realidad este fenómeno se debe a que las hormigas de la especie Myrmelachista schumanni, que sólo viven en este tipo de árboles, envenenan a las otras plantas, estableciendo cierto tipo de simbiosis. Los nativos creían que aquí vivía Curupira.

Es común retratar a Curupira montando un pecarí de collar, igual que lo hace otra criatura brasileña llamada Caipora -un personaje que los cubanos conocemos bien porque visitaba el Castillo Rá-Tim-Bum, la serie de televisión de los 90. De hecho, desde Maranhão hasta Espírito Santo, Curupira y Caipora son las misma persona.


El antropólogo Eduardo Galvão (1921-1976) escribió:
«Currupira es un genio del bosque. En la ciudad y en las capoeiras de su vecindario inmediato, no hay currupiras. Viven más lejos, dentro del bosque profundo. La gente de la ciudad cree en su existencia, pero para ellos no es un motivo de preocupación porque a las currupiras no les gustan los lugares muy concurridos.
«Les encanta fumar y beber aguardiente. Los recolectores de caucho y los labradores dejan estos regalos en los senderos que cruzan, para complacerlos o al menos distraerlos. En el bosque, el caboclo suele escuchar los largos y agudos gritos de currupiras. También imitan la voz humana, llamando a gritos, para atraer a sus víctimas. El inocente que escucha los gritos y no se da cuenta de que es un currupira, y se acerca a él, pierde completamente su sentido de orientación».
La mención más antigua del nombre la hace el padre jesuita José de Anchieta, en San Vicente (actual costa del estado de São Paulo), el 30 de mayo de 1560:
«Es cosa conocida y por boca de todos corre que hay ciertos demonios, a los que llaman Curupira, que se presentan a los indios muchas veces en el monte, los golpean, los lastiman y los matan. Es el santo testimonio de nuestros hermanos, que vieron algunas veces a los muertos por ellos. Por eso, acostumbran los indios dejar en cierto camino, que, por tupida maleza va tierra adentro, a la cumbre de la más alta montaña, cuando por ahí pasan, plumas de pájaros, abanicos, flechas y otras cosas semejantes, como una especie de ofrenda, suplicando fervientemente a los Curupiras que no les hagan mal.»
Ningún otro fantasma colonial brasileño ha requerido ofrendas propiciatorias.
Otros informes sobre el curupira los dieron el jesuita portugués Fernão Cardim en 1584, el padre Simão de Vasconcelos en 1663 y el padre João Daniel en 1797. Estas menciones refuerzan el hecho de que la leyenda estaba muy extendida en todo el territorio brasileño.
Algunos estudios señalan que el mito surgió entre los naua, indígenas que habitaban la región de Acre, se transmitió a otros pueblos como el caribe y, finalmente, los tupí-guaraníes. Está relacionado con seres míticos de otras culturas como el curupí de Paraguay y Argentina, que, además de proteger el bosque, tiene un gran apetito sexual.
Una ley de 1970 del estado de São Paulo “establece al Curupira como un símbolo del estado que custodia los bosques y los animales que viven en ellos”. En el municipio de Olímpia de ese mismo estado, es costumbre no firmar documentos oficiales durante la semana de agosto en que se celebra el Festival del Folklore, un tiempo en que la autoridad municipal recae en Curupira, quien ejerce su poder para proteger a la población local y a los visitantes, así como a la naturaleza de la región. En el Horto Florestal de la capital de São Paulo hay un monumento a Curupira inaugurado un 21 de septiembre, Día del Árbol.
En su libro Mitología Americana, nuestro Samuel Feijóo mencionó al curupí guaraní en dos de sus cuentos más deliciosos. Los dejo a su consideración:

Curupí, el enano (cuento)
El enano Curupí, que tiene sus pies hacia atrás, sorprendió a un cazador extraviado que dormitaba bajo un árbol y le pidió:
-Dame tu corazón, tengo hambre.
El cazador le dio el corazón de un mono que acababa de matar. Lo devoró Curupí y dijo:
-Está bueno.
-Entonces -dijo el cazador-, debes darme el tuyo ahora.
Curupí, ingenuamente, tomó su hacha y se dio un golpe para abrirse el pecho. Cayó. El indio lo observó bien y, dándole por muerto, se alejó, alegre.
Pasó más de un año. Una noche se le ocurrió al cazador que los dientes de Curupí le servirían para hacerse un collar, y se dirigió al sitio donde lo dejara muerto. Allí lo encontró, siempre tirado. Levantó su hacha el hombre y dio un golpe en la quijada del monstruo para hacerle saltar los dientes. Pero lo único que consiguió fue despertarlo, porque Curupí es inmortal; su muerte es un sueño más o menos largo. Se levantó Curupí, y dijo al hombre:
-Gracias, amigo, por haberme despertado. Te pagaré el servicio que me has hecho regalándote esta flecha que no yerra tiro; pero no cuentes nada a tu mujer, porque ella lo contará a otros y en cuanto lo sepa otro hombre, te costará la vida. ¡Adiós!
Se fue Curupí, y el cazador probó su flecha en un urubú que pasaba volando. Tiró casi sin apuntar y el urubú cayó herido en el corazón.
Alegre, corrió a su casa y contó a su mujer lo sucedido, recomendándole el secreto. La mujer, a la mañana siguiente, aunque pidiendo secreto, lo contó a otras mujeres y éstas a sus maridos…
Cuando la mujer del cazador volvió a su choza, halló a éste muerto: tenía la flecha de Curupí clavada en el corazón, y no pudieron arrancársela de él, a pesar de que lo intentaron los hombres más fuertes de la tribu.
Curupí, amante (cuento)
Una mujer se halló sola de noche y perdida en el bosque. Rompió a llorar. Atraído por sus llantos, apareció Curupí. Le preguntó:
-¿Por qué lloras, linda muchacha?
Ésta se hincó ante él, suplicante:
-¡No me devores, Curupí! Soy viuda. No tengo más que a mi madre vieja. Si yo muero, ella morirá de hambre.
-Ven a mi casa -respondió Curupí-. Te juro que no te haré ningún mal.
La mujer aceptó. A la mañana siguiente, en la puerta del albergue de Curupí, halló un gran canasto con tapires, ciervos, pecaríes, agutíes y tayasú güirás.
Después Curupí la acompañó hasta la salida del bosque, la despidió besándole la mano, y le dijo:
-No temas por tu madre. Cada vez que necesites comida, búscame en la selva. No tienes más que tocar esta flauta -y le dio una flauta rústica.
La mujer se dirigió a su choza, contenta, pero al llegar la vio habitada por otras gentes.
-¿Y mi madre? -preguntó.
-¿Y tu madre? -le respondieron-. Tú la abandonaste y se murió de hambre.
-Pero si yo he estado sólo una noche fuera de casa.
-¡Qué dices! ¿Una noche? Hace un año que saliste. ¿Dónde has estado? Seguramente con Curupí, mírate los pies.
Y la mujer vio que tenía ella también los pies para atrás, como Curupí.
Desesperada, echó a correr hacia el bosque…
No se volvió a saber más de ella.