Tomado de Shāhnāmé, “El Libro de los Reyes” del gran poeta Ferdousí, traducido del persa por Clara Janés y Ahmad Mamad Taherí.
Este primer fragmento corresponde a la historia de Zal, el príncipe albino que fue criado por el Simurg. El Simurg es un ave maravillosa de la mitología irania, que habita el árbol Hōm, que sobresale solitario en las aguas del mar Vourukasha. El pájaro, el árbol y el agua está relacionados con el concepto de Farr, una especie de autoridad divina que les permitía gobernar a los reyes persas, de ahí que los utilizaran en sus emblemas oficiales. Según la mitología el Simurg es tan viejo que ha asistido a la destrucción del mundo en tres ocasiones y por lo tanto ha acumulado mucha sabiduría. El árbol Hōm es semejante al sánscrito Soma, una planta y brebaje milagrosos. En el Hōm se encuentran las semillas de todas las plantas; cuando Simurg lo estremece, ellas caen y son llevadas a todo el mundo por los vientos y la lluvia.
Escuchad esta asombrosa historia que llega hasta nosotros procedente de relatos antiguos. Observad de qué modo obró el tiempo con Sam, el héroe victorioso. Fijaos en cómo jugó con él el destino. Sam, el héroe victorioso, no tenía descendencia. Tener hijos era un deseo que ansiaba cumplir con su corazón. En su morada había una belleza con rostro de pétalos de rosa y almizclados bucles. De él, aquella hermosa y esbelta luna de cara hechicera concibió un hijo. Encinta, pues, de Sam Narimán se encontraba la bella y su cuerpo padeció el estado de gravidez hasta que alumbró un ser resplandeciente como el sol que enciende el universo. Tenía el niño las facciones perfectas, pero era blanco todo su cabello. Debido a que el recién nacido presentaba dicha característica, durante una semana ocultaron a Sam el suceso. Todos los moradores de la casa de aquel glorioso héroe se reunían junto al pequeño, pero nadie osaba comunicar al gran Sam que su hijo tenía el pelo de un anciano.
Una nodriza, aguerrida como una leona, se acercó al héroe llena de valor y le dijo:
― ¡Que tiempos de alegría se acerquen a Sam! ¡Que se aparten los deseos de los perversos! En tu hogar, oh renombrado héroe, ha visto la luz un bello niño. Ha llegado el de cara de luna. Está aquí el de cuerpo de plata y rostro de paraíso. No puede encontrarse en él ni un miembro que no sea hermoso. Su único defecto es que su pelo es blanco. ¡Oh héroe, este ha sido tu destino!
Ante estas palabras, Sam descendió del trono y se dirigió al interior de la casa para ver aquella nueva primavera. Al contemplar a su hijo de pelo cano sintió un desgarro, como si le arrancaran la vida. Levantó al cielo la cabeza y suplicó justicia al Juez superior:
― ¡Oh tú!, que eres el más alto y estás lejos de todo defecto y tara; Tú, que multiplicas el bien cuando lo deseas, si he cometido un gran pecado, si he elegido el camino del demonio, pido perdón al Creador del universo y, a ocultas, Él me perdonará. Mi alma oscura sangra de vergüenza; de sangre caliente hierve mi corazón. Cuando se presenten los paladines, ¿qué les diré de este niño de mal agüero? ¿Qué diré de este niño infernal? ¿Es una pantera? ¿Tiene dos colores? ¿O es un geniecillo? Alejaré semejante lacra de la tierra de Irán. En este poderoso territorio no la quiero.
Y ordenó que recogieran al niño y lo alejaran de la región. Y se lo llevaron al lugar donde Simurg tenía su morada. En aquella morada, el bebé era un extraño. Lo dejaron, pues, en el monte. Y allí permaneció mucho tiempo. El inocente hijo del héroe no distinguía aún blanco y negro. Su padre había roto el vínculo entre ambos y el amor, comportándose como un tirano con el niño lactante. Esto, en cambio, diría un miembro de otra especie, un león: «¿Cuándo queda saciada de leche la criatura? Si le doy la sangre de mi corazón, no se trata de ningún favor, pues para mí tú eres los ojos y el corazón. Si de mí te separas, se separa de mí el corazón».
Llegó un momento en que un polluelo de Simurg tuvo hambre y éste, desde su hogar, se lanzó al vuelo y, entonces, vio al recién nacido llorando de tal modo que parecía rugir. Y vio la tierra como un agitado mar. Su cuna era de espino y su nodriza el duro suelo. Su cuerpo estaba desnudo y sus labios limpios de la presencia de leche. En torno a él, la tierra oscura, firme y fuerte; y en su cabeza el radiante sol. Se dijo Simurg: «¡Ojalá fuera su madre o su padre una pantera! ¡Ojalá tuviera una sombra este sol!».
Simurg bajó de la nube y con las garras lo arrebató de aquella caliente roca y lo llevó a toda prisa hasta el monte Alborz, donde estaban su nido y los suyos. Llevó al niño como caza para sus crías, sin atender a sus tristes lloros. Pero el bondadoso Dios otorgó al infante su clemencia, pues estaba en su destino el existir.
Simurg y sus hijos se fijaron entonces en aquel pequeño cuyos ojos derramaban sangre y, sorprendidos y perplejos ante una cara tan hermosa, le entregaron su amor. Le llevaron su caza más tierna y, a falta de leche, el huésped bebía sangre. Y así transcurrió mucho tiempo, pero llegó un día en que el misterio de reveló. De este modo, hasta alcanzar su crecimiento, el niño pasó la vida en aquel monte. Luego se hizo un hombre como un ciprés. Era su cuerpo tal la montaña plateada y su cintura como un junco. Sus señas de identidad se hicieron famosas en todo el universo. El bien y el mal no quedan nunca ocultos. Y a Sam Narimán le llegó la noticia de aquella majestuosa y bendita criatura.

Miniatura atribuida a Abd al-Aziz en el siglo XVI

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Una noche de las noches dormía Sam, el héroe victorioso, con el corazón triste, agitado por el paso del tiempo. Entonces vio en sueños a un hindú que corría montando un caballo árabe y le daba la buena nueva de su hijo. Y le habló de su alta y robusta figura. Al despertarse, Sam llamó a los magos y les relató el sueño. Les preguntó:
― ¿Qué decís de esta historia? ¿Qué entiende de este relato vuestra sabiduría? Todos los que estaban presentes dejaron que su lengua se expresara ante el héroe sobre el joven anciano, diciendo:
―En la roca y en la tierra el león y la pantera, el pez y la ballena en el mar, todos han criado a sus hijos, todos han dado gracias a Dios. Tú rompiste el pacto con el Bondadoso y arrojaste de tal modo lejos de ti al inocente niño, que ahora debes excusarte con el Misericordioso. Él es el guía hacia la bondad.
Cuando llegó la oscura noche, de nuevo un sueño dominó a Sam, cuyo corazón estaba agitado de tanto pensar. Vio en el sueño que de la montaña de la India se alzaba una bandera muy alta. Apareció un joven de hermosa cara y una gran tropa detrás de él. A su izquierda, un mago; a su derecha un reconocido sabio. Uno de ellos se acercó a Sam y permitió que su lengua dijera estas frías palabras:
―Oh, hombre atrevido de impuro pensamiento. Has barrido de tu corazón y de tu vista la vergüenza ante Dios. Si fuera un ave tu nodriza, ¿de qué te serviría tu heroicidad? Si es un defecto que el hombre tenga el pelo blanco, tu barba y tu cabeza son como el sauce blanco. Harto debes estar, pues, del Creador, ya que cada día hay un nuevo color en tu cuerpo. Si tu hijo tu hijo te pareció humillado respecto a ti, ahora el Creador lo ha criado. No hay nodriza más excelente que Él. Tú careces de la esencia del amor.
Mientras esto soñaba, Sam lanzó un grito como el de un león al caer en la trampa. Al despertarse llamó a los sabios e invitó a todos los jefes de la tropa a montar en sus caballos. Y se dirigieron con gran velocidad hacia la montaña en busca de lo que un día habían abandonado allí. Y Sam, el héroe, vio una montaña con la cumbre coronada por las Pléyades, como si su pico arañara a las estrellas. Vio un nido tal, en lo alto de la montaña, que ni Júpiter podría causarle desperfecto alguno. Estaba sujeto con guías de ébano y sándalo y su trama era de aloe. Sam observó aquella dura piedra y la grandeza del ave y su enorme nido. Era un castillo en lo alto del cielo. Invulnerable a la mano, a la tierra y al agua. Y el héroe empezó a buscar el camino. ¿Dónde estaba? ¿Cómo llegaban el animal salvaje y el doméstico a aquella morada? Alabó al supremo Creador y, rozando la tierra con la cara, dijo:
―Oh, Tú, que existes más allá del espacio y más allá de alma luminosa del sol y de la luna, si este niño es mi pura descendencia y no es fruto de la mala semilla del diablo, coge la mano de este siervo, acepta a este hombre lleno de culpas.
Y dijo Simurg al hijo de Sam:
― ¡Oh!, tú, que conoces el sufrimiento del nido, tu padre Sam, el renombrado héroe, que no tiene par entre los grandes, ha venido a esta montaña en busca de su hijo. Tú te has convertido en su dignidad. Merece que ahora yo te recoja y, sin hacerte daño, te acerque a él.
Y observad qué dijo Dastán, que también por este nombre se conocía a Zal, a Simurg:
―Cansado estás ya de la compañía. Tu nido es deslumbrante morada para mí. Tus plumas son la corona de mi grandeza.
Simurg le respondió:
―Cuando veas la corona y el lugar, y también la tradición de la realeza kianí, este nido ya no te servirá. Prueba por una vez la vida en el siglo. Llévate una de mis plumas, que la sombra de mi majestad es benéfica. Si te provocan a enfrentarse a algún obstáculo, si te aturden con lo bueno y lo malo, echa mi pluma al fuego y, al instante, verás mi grandeza. Yo te he criado bajo mis alas. Igual que a mis hijos te he educado. Enseguida aparecerá como una nube negra y, sin que sufras, haré que regreses a este lugar. No arranques de tu corazón el amor de quien te ha alimentado, porque mi corazón está lleno de amor por ti.
Así lo tranquilizó, lo cogió y, con rapidez, cruzando las nubes, lo llevó volando al lado de su padre. El largo cabello del Zal caía hasta cubrirle el cuerpo. Su cuerpo era fuerte como el de un elefante y su rostro como la primavera. Al verle, su padre se echó tristemente a llorar. De inmediato se prosternó ante Simurg, elevó una acción de gracias a Dios y miró con detenimiento al chico: la corona y el trono kianí, el pecho y los brazos de león, la cara de sol, el corazón de héroe y la mano dispuesta para la espada; las pestañas blancas, los ojos de azabache, los labios de coral y el rostro como la sangre. Sam sintió que su corazón se convertía, de pronto, en el más alto cielo y, lleno de admiración ante aquel muchacho puro, exclamó:
― ¡Oh, hijo, que tu corazón se enternezca! Olvida el pasado y sé bondadoso. Yo soy el más humilde siervo de Dios, por esto tiendo hacia ti la mano. He aceptado este hecho de Dios altísimo, mi corazón nunca será duro para ti. Estaré contigo en lo bueno y en lo malo y, a partir de ahora, tendrás cuanto desees.
Cubrió entonces el cuerpo de Zal con vestiduras de héroe y emprendió el descenso de la montaña. Bajaba ya por la ladera y pidió una capa, la capa de la realeza. Y todo el ejército se acercó a Sam. Llegaban con alegría y regocijo. Tocando atabales, conducían a los elefantes. El polvo de la tierra se levantaba como el Nilo. Se oía el rugido del tambor y el sonido de las trompas y también el de las campanillas indias. Todos los jinetes empezaron a lanzar gritos de júbilo y emprendieron el camino con alegría. Cuando por el cielo se desplegó la bandera de la noche, la cara romana del aire se convirtió en abisinia. Al llegar al desierto se apaciguaron, durmieron y allí permanecieron durante las horas del sueño. Cuando en la Rueda giratoria el sol dispensador de perlas levantó la tienda de seda blanca, entraron con gran alegría en la ciudad. Y otros héroes se reunieron con ellos.
Este segundo fragmento pertenece a la historia de Rostam, el gran héroe del Shāhnāmé. Rostam nació en Zabulistán, una región histórica que corresponde aproximadamente a la actual provincia de Zabul en el sur de Afganistán. Es hijo de Zal el albino y su esposa Rudabeh, quien a su vez es hija de Mehrab, un enemigo del reino, y Sindojt.

Sam decidió abdicar y, dejando el reinado en manos de Zal, también conocido por el nombre de Dastán, abandonó Zabol con su ejército. Con la bandera a toda asta, se dirigió hacia el oeste, a Gorguestán. No pasó mucho tiempo, hasta que Rudabeh, esbelta como un ciprés, quedó embarazad. Su vientre se abultó y su cuerpo se hizo pesado; su cara de rosa cobró el amarillo del azafrán. Entonces lo joven dijo a su madre:
―Día y noche gritó de dolor. Parece que tenga piedras en la piel o lleve hierro.
Un día cayó desmayada y el castillo se llenó de alaridos. La noticia llegó hasta Zal. Decían:
―La verde hoja del ciprés se marchita.
Zal, el héroe de blanco cabello, con el rostro bañado en lágrimas, acudió a verla en el lecho. En aquel punto se acordó de la pluma de Simurg y, sonriendo, tranquilizó a Sindojt. Acercó un brasero y, encendiendo fuego, puso en las llamas la pluma del ave poderosa. En pocos instantes el cielo se oscureció y apareció el pájaro rey.
Zal lo elogió largo rato, prosternado ante él sin cesar en sus alabanzas. Simurg dijo a Zal:
― ¿A qué se debe esta tristeza? ¿Por qué motivo hay lágrimas en los ojos del león? De este plateado ciprés de cara de luna vendrá al mundo un leonzuelo que gozará de inmensa fama. Ante él besarán la tierra las mayores fieras, y la nube no se atreverá a pasar por encima de él. Prepara una daga bien afilada, busca un hombre sabio y muy hábil y empieza por dar vino a tu amada hasta que esté ebria y pierda el miedo y los pensamientos. Entonces el experto abrirá el cuerpo del ciprés desde abajo y ella no se enterará de su sufrimiento. De este modo, el hombre hábil sacará al niño, pero todo el costado de la hermosa se llenará de sangre. Luego le coserá la parte abierta. Aparta, pues, de ti el miedo, la conmiseración y el temor. Te doy una planta, que molerás con leche y almizcle y, luego, la secarás y colocarás en las heridas y el lugar donde duele. El mismo día verás su curación. Pásale también suavemente, rozándola, una pluma mía y será afortunada bajo la sombre de mi majestad.
Una vez dicho esto, Simurg extendió las alas y partió volando hacia lo alto. Zal cogió su pluma y se dispuso a hacer aquellas cosas extrañas que le había dicho.
Sindojt derramaba lágrimas de sangre: ¿no era un niño el que nacería del costado de su hija? Pero llegó un mago de hábil mano, embriagó con vino a aquella luna, le abrió el costado sin hacerla sufrir, dio vuelta al niño, y lo sacó de manera sutil, como nunca se había visto, de modo que sorprendió a todo el mundo.
Era un niño como un cachorro de león, alto y de cara agradable. Mujeres y hombres enmudecieron de asombro: era una criatura enorme, nadie había conocido otra semejante. Su madre, durante un día y una noche, permaneció dormida debido al vino, sin recobrar la conciencia. Cuando se despertó y vio al niño sonrió y reconoció en él una majestad real. Se dijo a sí misma: me he salvado, el dolor ya ha llegado a su fin. Al recién nacido le dieron el nombre de Rostam.