Cuento traducido por El Ciervo Blanco a partir de Icelandic Legends, de George E. J. Powel y Eiríkr Magnússon, 1866.
Hace mucho tiempo había un diácono en Myrká, en Egafjördur, que estaba enamorado de una muchacha llamada Gudrún, que vivía en una finca al otro lado del valle, cruzando el río.
El diácono tenía un caballo de crin gris, que siempre solía montar y al que llamaba Faxi.
Poco antes de Navidad, fue a la granja donde vivía su prometida y la invitó a pasar las fiestas navideñas con él, en Myrká, para lo cual vendría a buscarla en Nochebuena. Antes de todo esto había nevado y helado intensamente, pero mientras el diácono hablaba con su novia, hubo un derretimiento repentino. El río, que antes había cruzado sin ningún problema, se volvió intransitable por las enormes masas de hielo que arrastraba corriente abajo.
Al principio, cuando el diácono salió de la granja en dirección al río, sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta de lo que estaba pasando. Sin embargo, en cuanto vio la furia de la corriente, cabalgó por la orilla hasta llegar a un puente de hielo, donde espoleó a su caballo. Cuando llegó al centro del puente, este se rompió debajo de sus pies y se ahogó en la crecida.
A la mañana siguiente, un granjero vecino de la zona vio el caballo del diácono pastando en el campo, pero no había señales de su dueño, a quien viera cruzar el río el día anterior, pero no regresar. Inmediatamente sospechó lo que había sucedido, descendió a la rivera y encontró el cadáver del diácono, arrastrado por la corriente hasta las piedras de la orilla, con toda la carne arrancada de la parte posterior de la cabeza y el cráneo blanco completamente visible. Enseguida llevó el cuerpo a Myrká, donde lo enterraron una semana antes de Navidad.
Hasta la víspera el río continuó tan crecido que no hubo ningún tipo de comunicación entre los habitantes de las dos orillas, pero esa mañana descendió, y Gudrún, completamente ignorante de la muerte del diácono, esperaba con alegría que él viniese a buscarla para asistir a las fiestas.
Al oscurecer la muchacha comenzó a vestirse con sus mejores galas, pero antes de terminar escuchó un golpe en la puerta de la finca. Una de las criadas abrió y no vio a nadie porque la noche no era lo suficientemente clara, pues la luna se mantenía oculta entre las nubes. ‘Espera aquí hasta que traiga una luz’, dijo y volvió a entrar. Apenas hubo cerrado el portón, volvieron a tocar y esta vez fue Gudrún quien gritó desde su habitación: ‘Ya voy, espérame’.
Cuando terminó de vestirse se puso una sola manga de su capa de invierno y se echó el resto sobre los hombros apresuradamente. Abrió la puerta, vio al caballo Faxi parado afuera, y junto a él un hombre que debía ser el diácono. Sin decir palabra colocó a Gudrún en el caballo, montó delante de ella y partieron a galope.
Cuando llegaron al río, estaba todo congelado, excepto un hilo de agua en el centro. El caballo caminó sobre el hielo y saltó sobre la pequeña corriente. En ese momento la cabeza del diácono asintió de golpe y su sombrero le cayó sobre los ojos; entonces Gudrún vio la gran porción de cráneo blanco y desnudo brillando en medio de su cabellera. Enseguida una nube se movió delante de la luna, y el diácono dijo:
Corre la luna,
cabalga la Muerte.
¿No ves en mi nuca
el blanco inerte?
Garun, Garun.*

No hablaron más hasta que llegaron a Myrká, donde desmontaron. Entonces el hombre dijo:
Aguarda un poco, Garun, Garun,
mientras llevo a Faxi, Faxi
a los pastos, pastos.
Cuando se quedó sola, Gudrún vio cerca de allí, en el cementerio, una tumba abierta, y medio enferma de horror, corrió al pórtico de la iglesia, agarró la cuerda e hizo sonar la campana con todas sus fuerzas. En eso sintió que alguien tiraba bruscamente de su capa hasta arrancársela de encima, quedándose sólo con la manga en la que había metido el brazo antes de salir de casa. Se volvió y vio al diácono saltando de cabeza en la tumba abierta con la capa hecha jirones en la mano, y montones de tierra de ambos lados cayeron sobre él y cerraron el hueco hasta el borde.
Gudrún supo que había tenido que lidiar con el fantasma del diácono y continuó tocando la campana hasta que reunió a todos los habitantes de Myrká.
Esa misma noche, después de que la hospedaron y ya se encontraba en una cama caliente, el diácono regresó con la intención de llevársela con él, de modo que nadie pudo dormir por el ruido que hacía delante de la puerta.
Esto se repitió todas las noches durante quince días y en ese tiempo Gudrún nunca pudo quedarse sola ni un instante. De vez en cuando venía un sacerdote y se sentaba al borde de su cama, y leía los Salmos de David para mantenerla a salvo.
Aun así, todo fue inútil hasta que mandaron a buscar a un hombre del norte, experto en brujería, que desenterró una gran piedra del campo y la colocó delante de la habitación de huéspedes de Myrká. Cuando el diácono volvió a levantarse de su tumba y entró en la casa para atormentar a Gudrún, el hombre lo agarró, lanzó potentes hechizos sobre él, lo metió debajo de la piedra y exorcizó al demonio apasionado que lo poseía. Allí yace en paz hasta el día de hoy.
* El diácono la llama Garún porque la primera parte del nombre Guðrún (Guð) es la palabra islandesa para “Dios”, que los fantasmas no pueden pronunciar.