El verdadero Loftur Þorsteinsson, más conocido como Galdra-Loftur o Loftur el brujo, vivió entre 1702 y 1722 y estudió latín en Holar, la sede episcopal del norte de Islandia. Su vida, como la del Fausto alemán, está envuelta en leyenda, y la leyenda forma parte de una larga tradición de magos, grimorios y sigilos islandeses de la que puedes saber más haciendo clic AQUÍ.
Traducido del islandés al inglés por Jacqueline Simpson en Legends of Icelandic Magicians, D. S. Brewer Ltd. Great Britain, 1975.
Traducido por primera vez del inglés al español por El Ciervo Blanco.
1. El Libro del obispo Gottskálk
El obispo Gottskálk el Cruel fue el mago más grande de su época; reunió todos los hechizos oscuros que no se habían vuelto a utilizar desde los tiempos paganos y los puso en un libro mágico llamado Piel Roja. Estaba escrito con letras doradas y tenía un aspecto magnífico en todos los sentidos; como otros libros de hechizos, empleaba las runas. El obispo no quería que su creación pasara a nadie más después de su muerte y por lo tanto fue enterrado con ella, y no le enseñó a nadie su inmensa tradición.
2. Loftur el mago
Doscientos años después de la época del obispo Gottskálk, había un erudito en la Escuela de la Catedral de Hólar llamado Loftur, que invertía todo su tiempo en estudiar magia y que hizo que otros muchachos se dedicaran a practicarla con él, aunque estos no pasaron de aprender algunos galimatías elementales. Loftur incitaba a sus compañeros de estudios a gastar bromas mágicas a otras personas y él mismo tomaba siempre la iniciativa. Así, una vez fue a la casa de sus padres durante su licencia de Navidad y llevó con él a una sirvienta de la residencia del obispo; la calzó con herraduras, le puso una brida y utilizando su magia, la montó todo el camino de ida y vuelta. Durante mucho tiempo estuvo postrada en cama por las llagas y el cansancio, pero mientras Loftur vivió no pudo contarle a nadie lo que le había sucedido.
En otra ocasión, Loftur tuvo una sirvienta embarazada y la mató a ella y a su hijo con brujería. Hizo que una pared se abriera ante sus ojos cuando caminaba por un pasillo hacia la cocina, ya que una de sus tareas era llevar y traer los platos con comida en una bandeja. La muchacha entró en la abertura, pero se asustó y vaciló, entonces el encantamiento hizo efecto y la pared se cerró a su alrededor. Mucho tiempo después, cuando el muro fue derribado, se encontró el esqueleto de una mujer, de pie, con un montón de cuencos en los brazos y los huesos de un feto en el espacio de su vientre.
El reverendo Thorleifur Skaftason, que era deán y vicario de la catedral en ese momento, reprendió a Loftur por su impiedad. Sin embargo, Loftur no enmendó su camino y en su lugar comenzó a intentar hacerle daño. Por suerte el reverendo estaba bien protegido por su fe y su sabiduría y nunca consiguió herirlo. Se cuenta que, en una ocasión, el deán se dirigía a la iglesia y tenía que cruzar el río Hjaltadal, en plena crecida por los deshielos primaverales; pero su caballo se asustó dentro del agua y se quedó atascado. El deán no lo pensó dos veces, agarró su bolsa con la sotana dentro, se bajó del caballo y vadeó hasta la orilla. No sufrió ningún daño y pudo oficiar misa esa tarde. El incidente mereció que se compusieran los siguientes versos:
Sobre sus propios pies vino
(¡La mala noticia fue un golpe!),
A casa en Hólar volvió otra vez,
Y traía puesta su sotana.
Loftur no se detuvo hasta que aprendió todo lo que había en el grimorio de los magos llamado Piel Gris, y lo supo a fondo. Luego hizo preguntas a otros magos, pero nadie sabía más que él. Entonces se volvió más amargado y cruel que nunca. Los otros muchachos de la escuela le tenían miedo y no lograban oponerse a sus caprichos por mucho que intentaban eludirlo.
Un día, a principios del invierno, Loftur habló con un muchacho que sabía que era valiente y le pidió que lo ayudara a resucitar de entre los muertos a todos los antiguos obispos de la sede. El muchacho trató de evadirse, pero Loftur lo amenazó de muerte, así que le preguntó cómo podía ayudarlo siendo que no conocía de magia. Loftur le respondió que solo tenía que permanecer inmóvil en el campanario sosteniendo la cuerda de la campana y atento a una señal que él le haría con la mano, en ese preciso momento debía hacerla sonar. —’Ahora’ —dijo Loftur—, ‘te explicaré lo que he planeado. Aquellos que han aprendido tanta magia como yo, solo pueden utilizarla para el mal, y lo perdemos todo al morir. Pero si un hombre sabe lo suficiente, entonces el Diablo no tiene poder sobre él y tiene que servirle sin esperar nada a cambio, como sirvió a Saemund el Sabio; además, sabiendo tanto así, uno se convierte en su propio maestro y es libre de usar sus artes para cualquier propósito que desee. Hoy en día ya no es posible alcanzar ese grado de conocimiento porque la Escuela Negra cerró y Gottskálk el Cruel hizo que lo enterraran con su libro Piel Roja. Es por eso que quiero levantarlo de su tumba y forzarlo con hechizos para que me lo entregue. Sin embargo, todos los viejos obispos se levantarán con él, porque no podrán resistir un encantamiento tan poderoso, así que haré que me cuenten toda la hechicería que aprendieron en sus vidas; por sus caras no tendré problema en saber cuáles de ellos sabían de magia y cuáles no. Ahora bien, por ningún motivo debo tocar a estos obispos, porque todos fueron enterrados con la Biblia sobre el pecho. Sírveme bien y haz lo que te pido, no hagas sonar la campana demasiado pronto ni demasiado tarde, porque mi vida y mi salvación eterna dependen de ello, y luego te recompensaré tan bien que ningún hombre será superior a ti.’
Estuvieron de acuerdo en todo, se levantaron poco después de la hora de acostarse y salieron a hurtadillas hacia la catedral. La luna brillaba y dentro de la iglesia había bastante claridad; el muchacho se posicionó en el campanario y Loftur subió al púlpito y comenzó a conjurar. Casi al instante un hombre salió del suelo, su expresión era suave, pero seria, y lucía una corona, y el muchacho estuvo seguro de que se trataba del primer obispo de Holar.
Le dijo a Loftur: ‘Cállate, desgraciado, mientras haya tiempo, porque las oraciones de mi hermano Gvendur pesarán mucho en tu contra si lo molestas’.
Loftur no hizo caso y siguió conjurando. Luego, uno a uno, todos los antiguos obispos se levantaron de sus tumbas, vestidos de blanco, con báculos y cruces pectorales. Todos hablaron brevemente con Loftur, aunque el relato no registra lo que dijeron. Tres de ellos llevaban coronas, el primero, el último y el del medio; ninguno poseía en secreto saberes mágicos.
Todavía Gottskálk se resistía y Loftur comenzó a conjurar con más vehemencia, dirigiéndole a él todos sus encantamientos. Pronunció los salmos penitenciales de David en el nombre del Diablo y confesó todas las cosas buenas que había hecho como si fueran pecados. Los tres obispos coronados estaban ahora en el extremo opuesto del santuario con las manos en alto y mirándolo con rostros severos, mientras los demás los miraban a ellos. Entonces se escuchó un estruendo terrible y otro hombre salió del suelo con el báculo en la mano izquierda y un libro rojo bajo el brazo derecho; no llevaba ninguna cruz pectoral. Dirigió a los otros obispos una mirada hostil y luego se volvió y sonrió a Loftur, que todavía estaba conjurando con todas sus fuerzas.
Gottskálk se acercó un poco más y dijo sarcásticamente: ‘Bien cantado, hijo, y mejor de lo que esperaba, pero no obtendrás mi Piel Roja’.
Loftur se enfureció al escucharlo y conjuró con más fuerza aún, como si lo que había hecho hasta ahora no fuera nada. Recitó el Padre Nuestro al demonio y dio la bendición en el nombre del Diablo, entonces la iglesia comenzó a temblar como si hubiera un terremoto. El muchacho de la torre se asustó cuando vio que Gottskálk se acercaba demasiado a Loftur y, de mala gana, extendía una esquina del libro hacia él; hasta entonces había estado asustado, pero ahora temblaba de miedo y todo se volvió oscuro a su alrededor. El obispo levantó el libro a propósito y Loftur extendió la mano para tomarlo. En ese momento el muchacho pensó que Loftur le había hecho la señal y tiró de la cuerda de la campana. De inmediato todos los muertos se hundieron bajo sus pies haciendo un sonido horroroso.

Loftur se quedó un momento en el púlpito como paralizado, con la cabeza entre las manos. Luego se tambaleó y se acercó a su ayudante, suspiró y dijo: ‘Esto salió peor de lo que esperaba, pero no te culpo. Bien podía haber esperado el amanecer, cuando él hubiera tenido que entregar el libro, lo habría dejado en el púlpito para que yo lo tomara, con tal de volver a su tumba con los demás obispos. Pero ganó la batalla porque cuando vi el libro y escuché su burla me volví loco y pensé que podría conseguirlo de inmediato por la fuerza de los conjuros. Recuperé el sentido justo a tiempo, porque si hubiera cantado un verso más, habría hundido toda la catedral, que también era mi intención. En ese momento vi los rostros de los obispos coronados y me detuve, pero sabía que harías sonar la campana y pensé que tendría tiempo de agarrar el libro. Solo toqué una esquina y realmente pensé que lo tenía, que ya era mío. En fin, pasó lo que tenía que pasar y ahora mi alma no tiene salvación, ni tú recompensa. Ambos debemos guardar silencio al respecto.
Después de estos hechos Loftur se volvió un hombre muy silencioso, sus pensamientos lo atormentaban tanto que no soportaba estar solo y pedía que encendieran las luces en cuanto empezaba a oscurecer. A veces murmuraba para sí mismo: ‘Cuando llegue el domingo a mediados de la Cuaresma estaré en el infierno con sus tormentos’. Por todo esto se le aconsejó que acudiera al sacerdote de Stadarstadur en Snæfellsnes, que era un hombre anciano con una fe muy poderosa y un clérigo excelente; todos los que se volvían locos por ataques mágicos se recuperaban a través de su imposición de manos. Loftur fue a buscar refugio y el sacerdote se compadeció de él y no lo dejaba solo ni de día ni de noche, ni dentro ni afuera de la casa. Loftur llegó a recuperarse considerablemente, pero el sacerdote no podía dejar de tenerle un poco de miedo y le angustiaba que su huésped nunca rezara con él; aunque sí lo acompañaba cuando iba a visitar a los enfermos y a los tentados, y estaba presente durante sus ministraciones. Esto sucedía a menudo y el sacerdote nunca salía de casa sin llevarse su túnica, el pan, el vino, el cáliz y la patena.
Así fue hasta que llegó el sábado anterior al domingo de refrigerio. Ese día Loftur estaba enfermo y el sacerdote se sentó junto a su cama y lo consoló con una conversación cristiana. Poco antes del amanecer llegó un mensajero con la noticia de que un hombre de la parroquia estaba al borde de la muerte y le pedían al sacerdote que asistiera a llevarle el Santísimo Sacramento. Le preguntó a Loftur si lo acompañaría, pero este le dijo que apenas podía moverse por la debilidad y los dolores. Entonces el sacerdote le advirtió que estaría seguro si no salía al aire libre en su ausencia y Loftur le prometió que no lo haría. El sacerdote lo abrazó, lo bendijo, se arrodilló en la puerta de la casa parroquial, oró e hizo sobre ella la señal de la cruz antes de irse. La gente lo escuchó murmurar: ‘Sólo Dios sabe si este hombre tiene salvación o si hay oraciones más poderosas que las mías en su contra’. Después de esto, fue y vio al moribundo, le sirvió y estuvo presente en su muerte; pero en cuanto pudo partió de regreso, cabalgando a toda prisa, cosa que no acostumbraba hacer.
Tan pronto como el sacerdote se fue, Loftur comenzó a sentirse mejor. Como el clima era excelente, insistió en salir. Los hombres de la casa estaban pescando y allí solo había mujeres y niños incapaces de detenerlo. Entonces se dirigió a otra finca donde vivía un granjero anciano que era bastante impopular. Este hombre había dejado de pescar hacía mucho tiempo, pero Loftur lo convenció de que pusiera a flote un pequeño bote de remos y se alejara un poco de la orilla para divertirse lanzando el sedal. Hubo una calma absoluta durante todo el día, pero aun así, nunca más los volvieron a ver. Todos pensaron que era demasiado extraño que no apareciera ni un remo flotando. En cuanto se alejó de tierra, una mano gris y peluda salió del mar y se apoderó de la popa donde estaba sentado Loftur, arrastrando el bote con los dos hombres hacia las profundidades.