«Ya la muchacha había entregado el alma.
»Tal vez por la ausencia de toda esperanza o la derrota ante la proximidad de la muerte. Ezequiel no lo sabría nunca. Desde su escondite en la distancia, sólo percibía las palpitaciones de un cuerpo vencido por el pánico que pronto no sería más que un recipiente vacío, sin contenido de emoción o sentimiento alguno; como si la vida nunca hubiera visitado aquellos miembros maniatados que ahora se estremecían sobre el pentagrama dibujado con sangre, a los pies de la estatua del Eterno Rebelde, el monumento dedicado a Satán, instalado en el atrio interior del Capitolio habanero.»
Así comienza La Puerta Roja, una novela sin pretensiones ni amarguras. Johan Moya Ramis, el autor en cuestión, es Licenciado y master en Teología y Biblia; trabaja al frente del Dpto. de Publicaciones de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí y forma parte del Consejo de Redacción de la Revista Espacio Laical, publicación sociocultural y religiosa del Arzobispado de La Habana. A nadie debería sorprender que, con estas señas, haya escrito un libro sobre conciertos de rock y misas satánicas sin el afán particular condenarlos a la hoguera. Calificar de inquisidor a todo el que lee o, incluso, cree en la Biblia, es una soberana tontería. Los que me conocen desde hace un tiempo saben que no comparto la guerra ridícula de los neopaganos más puristas contra todo lo que sepa a cristianismo.

La Puerta Roja solo ha sido publicada hasta el momento por la editorial española Atmósfera Literaria en 2019 y su autor, a quien apenas conozco, hace hincapié en que su obra es modesta, nada ambiciosa. Y es cierto que al leerla se nota el placer lúdico, íntimo y hasta ingenuo con que parece haber sido escrita. Una excelente reseña de la novela, publicada en https://www.isliada.org/yo-no-soy-guia-espiritual-de-nadie/ dice que es una “trama exacta, lineal, donde nada falta ni sobra”, y que “cumple con un principio elemental cuando se hace literatura creativa: entretener”. Sin embargo, también aclara:
«Hay dos historias paralelas: la primera, la más visible o más fácil, la detectivesca, llena de intrigas, persecuciones, investigación. Un aire conspirativo envuelve a los personajes fundamentales, Milos, Abraham y Ezequiel; y es, precisamente, este último el protagonista de la novela pero también de otra subtrama donde el antagonista no es una secta y sus oscuros personajes, sino el espíritu.
»Existe debajo de las letras una lucha de fe nacida en la carrera teológica de un joven que soñó alguna vez, quizá nunca dejó de soñar, con ser el guitarrista estrella de una banda de rock. La nuez moscada de la masa, el toque de sal, es sin duda el punto en que convergen brillantemente su crisis de fe, el rock y su trabajo policial. Muestra esa constante en la novela, donde el protagonista nunca será el mismo al final del viaje.»

Moya retoma el argumento del satanismo y la religión dentro del rock, pero no lo hace desde la catarsis total, la rebeldía adolescente o el existencialismo barato —todos lugares muy comunes—; su mirada no es la de un “descendiente” resentido de brujas quemadas, ni la de un nacionalista incendiario de iglesias, ni siquiera la de un luchador contra el régimen político. Mientras se cuestiona todo tipo de cosas, en medio de una crisis con muchos matices, el personaje principal no deja de ser empático con su entorno. Su mirada, válida como la que más, es la de un hombre de fe que se debate entre sus dos naturalezas. Habrá quien eche de menos una mente más retorcida y escatológica, más cercana al cliché del monje arrepentido y libidinoso, habrá quien extrañe al antihéroe tan llevado y traído, al canalla sin escrúpulos que llena nuestros monitores y que, al parecer, es el único que nos puede hacer reflexionar. Sin embargo, aun así, La Puerta Roja entretiene y edifica.
Rock y sectas satánicas
Pero hablemos de espiritualidades. La novela de Johan Moya se adentra en el mundo de las sectas, y aunque su objetivo no es explicarlo o interpretarlo para nosotros, sí nos deja ver algunos de sus secretos. La siguiente es la sinopsis oficial del libro en la página de Atmósfera Literaria:
«Ezequiel es profesor de teología de un instituto ecuménico cristiano en La Habana. Al borde de cumplir cuarenta años, el ejercicio pedagógico e investigativo que tanto disfrutó años atrás ha terminado por convertirse en tediosa rutina. Duda de la existencia de Dios y del diablo, e incluso la crisis lo lleva a cuestionarse si no habría sido mejor haber seguido aquel camino prometedor que tenía como guitarrista en una banda de rock.
»Sin embargo, una imprevista noticia sacude la vida de Ezequiel. Fran Kohly, un estudiante tutelado por él, que pronto iba a discutir su trabajo de investigación sobre Satanismo y Demonología, desaparece en circunstancias relacionadas con la propia tesis. Presionado por el rector del instituto y, por razones nada altruistas, Ezequiel se involucra en la búsqueda de Frank Kohly sin sospechar que la pesquisa se transformará en un peligroso descenso al inframundo de los sentimientos y motivaciones del alma humana donde el sectarismo, el asesinato y el secuestro irán a ritmo trepidante de rock and roll.»
Ezequiel es un personaje bonachón, pero no es más tierno o más ingenuo que esos jóvenes que, incluso hoy, se suman a una secta para sentirse protegidos de una sociedad cruel, que tiende a juzgarlos sin conocerlos. No tan tiernos resultan quienes hacen metástasis de esa “rebeldía” a lo largo de los años y no solo carecen de fe en cualquier cosa sino que, además, escupen que no la necesitan. Es cierto que, de alguna manera, Ezequiel encontró su propia secta en el ISEBIT (Instituto Superior de Estudios Bíblicos y Teológicos), incluso a pesar de que nunca tomó los hábitos. Pero aunque la palabra ‘secta’ tiene un alto grado de estigmatización, desde las últimas décadas del siglo pasado se emplean otros términos como “nuevos movimientos religiosos” o “sectas destructivas” para diferenciarlas de las que no lo son.
El polémico experto norteamericano, Steve Hassan, opina que las personas que se afilian a este tipo de organizaciones perniciosas «se convierten en seres dependientes por completo del grupo; pierden su capacidad para actuar según su propia voluntad, y a menudo son explotados en beneficio de los fines políticos o económicos del grupo. Cualquier grupo que utilice el engaño para la consecución de sus fines -ya sean éstos, en su orientación aparente, religiosos o seculares-, es para mí una secta destructiva.»
Las sectas, cuyos orígenes parecen estar emparentados con las herejías cristianas, son muy anteriores a la aparición del black metal. Se hicieron populares, a pesar del secretismo de algunas, a partir del siglo XIX con el resurgir de la magia ceremonial renacentista de la mano de organizaciones como la Hermetic Order of the Golden Dawn (1887 – 1903) y de individuos como Eliphas Levi (1810 – 1875), Aleister Crowley (1875 – 1947) y Anton Szandor LaVey (1930 – 1997). Este último fundó en los años 60 del siglo pasado la llamada Iglesia de Satán en los Estados Unidos. En esa misma década, en 1968, el director Roman Polański —amigo de LaVey— estrenó su película Rosemary’s Baby (La semilla del diablo); The Rolling Stones estrenó su canción “Symphaty for the Devil” y se fundaron las icónicas bandas Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath.

Alexis Navas Fernández, investigador de la Universidad de Málaga, resume en un artículo de 2011 lo que estaba ocurriendo para entonces con la imagen del diablo:
«El desarrollo de la imagen del diablo dentro de la cultura occidental ha oscilado desde un principio negativo con la fealdad más absoluta y negación de toda creatividad y poder vital, como se retrata a Lucifer en el Infierno de Dante, hasta la belleza del rebelde que lucha contra la opresión, que toman los románticos a partir del poema de Milton, El Paraíso Perdido (1667). A esto le tenemos que añadir el carácter dionisiaco (violencia y sexualidad) que tiene la figura del diablo en muchas de sus representaciones plásticas, sobre todo en Lucha de San Jorge y el Dragón. Si unimos todo esto al carácter del rock como lo define Tom Warrior (Celtic Frost): “Siempre he entendido el rock como una forma de revolución de los jóvenes contra la clase dominante”, solo era cuestión de tiempo que apareciese el black metal.»
El gusto por el ocultismo de la década anterior se va a prolongar durante los ochenta como podemos ver en los grupos británicos Angel Witch y Venom. Los primeros llaman a su single debut “Baphomet”, la presunta deidad adorada por los templarios, y toman su imagen de Dogme et Rituel de la Haute Magie (1854) del ocultista Eliphas Lévi. Venom, por su parte, se apropia del emblema de la autodenominada Iglesia de Satán, que utiliza como portada de su primer álbum de 1981 “Welcome to hell”. El uso del pentagrama o estrella de cinco puntas, sobre todo en su forma invertida, va a tener una amplia difusión, pero no relacionado con el equilibrio de la figura humana, sino como símbolo de misterio y magia, o como la inversión de los valores cristianos según la interpretación de LaVey. Esta oposición a las doctrinas del cristianismo estaría motivada por el rechazo a la formación religiosa de muchos de los componentes de las bandas de heavy metal originales, como Ronnie James Dio, quien inventó el entrañable símbolo de los “cuernos del diablo” recordando el gesto del malocchio —para echar o para contrarrestar el mal de ojo—, que solía hacer su abuela italiana.

Ahora bien, la lealtad nominal que estos grupos profesaban o profesan al Diablo funciona como gancho para hacerse con la aceptación del público; se trata de aplastar las restricciones sociales y generar un espacio para la diversión sin trabas. Algunos lo tienen muy claro, como Larry LaLonde (Possessed): “¡Si crees en toda esa historia de Satán, es que eres estúpido!”
La consecución de avasalladores adelantos técnicos y crisis de todo tipo, ya son historia. Con los años el diablo adoptó un nuevo nombre: Libertad. Pero, como dice la canción: “no es lo mismo llamar al demonio que verlo llegar”. La libertad religiosa es un derecho reconocido en casi todas partes y los grandes monopolios de la fe se tambalean; ya no son capaces de satisfacer la gran demanda de religiosidad de muchos grupos humanos y, como consecuencia, para estos la vida comienza a carecer de sentido. Andrés Canteras Murillo, de la Universidad Complutense de Madrid, explica el fenómeno en su artículo Sociología Del Fenómeno Sectario (2011):
«Tal vez, en esta situación de desconcierto y desorientación religiosa, se hallen las raíces del genuino proceso de tribalidad religiosa y de resurgimiento de lo mágico que –en relación también con las sectas– viene experimentándose en las sociedades modernas. Efectivamente, a partir de la fuerte revitalización religiosa que preside el momento actual y junto a la desinstitucionalización de las creencias y prácticas religiosas que viene experimentándose; la demanda por cubrir tales necesidades insatisfechas, unido al reencantamiento y fantasía imaginativa intrínseca a la naturaleza humana, a la inseguridad e incertidumbre derivada de unas sociedades vertiginosamente complejas en acelerado cambio social y a la fragmentación y emergencia de un nuevo orden moral; ha remitido al creyente a la responsabilidad individual de lograr su personal salvación espiritual, a partir de la autosuficiencia para lograr su propia identidad religiosa en un mar de ofertas de lo sagrado que, desde simultáneas realidades virtualmente religiosas igualmente plausibles, desafía drásticamente la capacidad asimilativa del sujeto.»
En la novela de Moya, La Puerta Roja es una secta creada por un grupo de adolescentes en el antiguo Preuniversitario de Ceiba 1 durante los años 90.
«Entonces comenzamos a subir la parada, como se dice. Dibujábamos esvásticas, escuchábamos rock gótico, cualquier cosa venía bien para alimentar la emoción: Lacrimosa, Therion y, de la vieja escuela: Manowar, Blind Guardian, Iron Maiden, AC/DC, los KISS, King Damon, y muchos más que ahora no recuerdo. Luego llegaron los libros de terror de Lovecraft, Poe, Stephen King, Ane Rice, luego la película Entrevista con el Vampiro, Underworld, y también sobre temas del espiritismo y la parasicología, Los Otros y el Sexto Sentido. Soñábamos con lo que teníamos a mano. De ahí saltamos a los símbolos satánicos y fuimos evolucionando hacia la magia negra motivados por el anime The Black Bible, muy inspirador. Fue por aquellos días que Rudolf llegó a la escuela con la idea de crear La Puerta Roja.»
Walter Blomquist y la homonomía
En su novela, y a través de su personaje principal, que no sé yo cuánto tenga del autor, Moya regala una gran cantidad de conocimiento que solo puede provenir de un ávido lector y un estudioso apasionado de su disciplina. Todo el libro está salpicado de datos interesantísimos sobre la religión en Cuba. Es una pena que algunos de estos datos hayan pasado desapercibidos para otros escritores, tratandose de resortes excelentes para muy buenas historias de fantasía y ciencia ficción. Como si no tuviéramos una inquietante estatua del Diablo, el Rebelde Eterno, dentro de nuestro Capitolio Nacional, probablemente el único en el mundo en actitud desafiante hacia Dios, que durante la República era considerado el origen de nuestra mala suerte. Como si no tuviéramos un Walter Blomquist, finés de nacimiento, con una fascinante teoría metafísica que convierte a Cuba en el epicentro de grandes cambios impulsados por una inteligencia superior, según la geometría de la Gran Pirámide. Como si no tuviéramos un Tope de Collantes milagroso y tantas otras maravillas con un potencial infinito para explotar en la literatura creativa.

Lo que, escrito por otra persona, podría ser un burdo choteo, Moya lo convierte en una historia sencilla, pero mayormente veraz, gracias al uso de elementos —perfectamente justificados y para nada enciclopédicos— de nuestra historia y cultura. Fue gracias a La Puerta Roja que descubrí la figura del Dr. Walter Alfred Blomquist, filósofo e idealista, y su gran obra, la Homonomía. Durante las investigaciones que realiza Ezequiel, salen a relucir este personaje y sus teorías grandilocuentes, y el lector desprevenido —o mal informado, como yo— no sabe si se trata de una imaginería de Moya o de algo real. Pues es real, aunque parece que no soy el único desinformado al respecto. A continuación abundaré un poco en su biografía para que visualicen la magnífica novela que se podría escribir inspirada en este hombre olvidado de nuestra historia.
Walter Blomquist era finlandés y se había hecho maestro primario en su país, pero su espíritu inquieto lo llevó a viajar y continuar estudiando en la Universidad de Columbia, Nueva York. Allí conoció a la cubana América Sánchez Bonachea, descendiente del general Serafín Sánchez, y con ella vino a residir en Sancti Spíritus. Aprendió español y comenzó a dar clases de inglés en una prisión, pero su profundo humanismo no le permitió soportar los crímenes que se cometían en aquel lugar.
Sus inquietudes religiosas y metafísicas convivieron desde el principio con sus ideales pacifistas, socialistas, marxistas y hasta martianos. En Cuba dio conferencias en la Universidad de la Habana y en varias logias masónicas. En 1949 logró publicar su gran obra, Homonomía, una doctrina humanista sobre la justicia universal, pero fue una tirada modesta que llegó a pocas manos, además, para entonces el país era un hervidero político y nadie le prestó mucha atención al libro.
En 1936 Blomquist había adquirido la ciudadanía cubana y finalizando esa década el matrimonio se había mudado para La Habana. Aquí lo sorprende el triunfo revolucionario, que consideró la confirmación de su teoría: Cuba era el corazón del mundo y aquellos acontecimientos cambiarían la historia de la humanidad, según sus lecturas del diseño universal, contenido en la geometría sagrada de la Gran Pirámide.

Blomquist se ganó la simpatía de Fidel y del Che, para quienes trabajó como asesor e intérprete en varias ocasiones, pero sus teorías —aunque aceptables por su componente marxista— debieron resultarles demasiado exóticas. Según el filósofo finés, la Homonomía como “ley o ciencia del hombre”, era capaz de desentrañar el diseño cósmico, impulsado por una inteligencia superior o divina.
«…el hombre no solo forma parte de esta creación cósmica, sino que ocupa la cumbre misma de su plasmación, por lo que es evidente, que el hombre constituye la finalidad misma perseguida por la cadena de la creación cósmica: su fruto máximo y, como tal, parte integrante y actuante de la misma. En otras palabras, la misión del hombre en este esquema es terminar la obra de la Creación, tal como lo señala el diseño original.»
Blomquist estaba seguro de que después del capitalismo sobrevendrían una “nueva era” y una “nueva civilización”, donde la “justicia universal” estaría dada por la capacidad de la “actividad télica” (propósito consciente) para, siguiendo los “moldes cósmicos”, armonizar el “microcosmos” (el hombre / su conciencia histórica) con el “macrocosmos” (la divinidad / el diseño cósmico). Además, se supone que el “diseño cósmico” habría venido empujando a la humanidad hacia su meta de formas muy veladas; prueba de ello serían las matemáticas de la Gran Pirámide de Guiza, en Egipto. Según estas, a partir de una línea trazada desde la cima de la pirámide hasta el Polo Norte, es posible determinar varios ángulos de 45º en los que se puede leer el molde cósmico correspondiente al “Desarrollo Histórico”.

- «…en el primer ángulo oriental están comprendidos los países que han visto nacer a todas las grandes religiones de la historia, y que han propiciado la evolución religioso-espiritual; a este ángulo podemos, pues, llamarlo “Ángulo religioso-espiritual”.»
- «…el ángulo de 45º a la izquierda de la línea divisoria cubre toda la Europa Central, la Gran Bretaña y la América del Norte. Este ángulo podemos denominarlo “Ángulo Técnico-Científico”, porque dentro de este sector han nacido las ciencias modernas y la tecnología…»
- «Si después nos fijamos en el próximo sector, a la derecha, veremos que abarca toda la Unión Soviética. Podemos llamar a este sector “Ángulo económico-social”, ya que en el mismo se está llevando a cabo un experimento económico-social de proporciones gigantescas.»
- «El último sector de la izquierda comprende a casi todo el mundo latino, es decir, a España, Portugal, parte de Francia e Italia y todo el norte de África, así como casi toda Iberoamérica, por lo que podemos denominarlo “Ángulo cósmico-humano”, ya que al fin y al cabo, la humanidad tendrá que reconocer la existencia del diseño cósmico y actuar de acuerdo con el concepto homocéntrico…»
Ahora bien, Blomquist creía que cuando cada uno de estos sectores hubiese cumplido conscientemente su parte, se fundirían todos, como un haz de luz, en una nueva civilización mundial. Cuba se encontraría, entonces, en una posición privilegiada dentro de estos ángulos, y encabezaría la Revolución, la toma de consciencia que nos llevaría a la última felicidad:
«La consumación de la obra celeste ―para usar un vocabulario astrológico― de acuerdo con la Homonomía, es la organización télica, y el cuadrante piramidal señala dónde ésta debe comenzar, porque si se extiende la línea del radio perpendicular de este cuadrante hacia el oeste, sobre el verdadero mapa de la Gran Pirámide, cae, como se puede ver en el gráfico “El cuadrante”, en la isla de Cuba, tocando como punto más alto los Topes de Collantes. En la antigüedad, cuando la Pirámide poseía, aún intacto, todo su revestimiento liso, esta línea estaba iluminada por un rayo de sol, con un esplendor captable en todo Egipto, dos veces al año, en los meses de noviembre y febrero, como un indicador celestial, señalando dónde habían de aparecer los moldes cósmicos, cual matemática incorruptible de la plasmación del diseño cósmico.»

Y en otra parte agrega:
«El anuncio de los dos últimos arquetipos cósmicos es bien claro, pues afirma, sin lugar a dudas, que el nuevo orden “se encontrará firmemente establecido sobre el trono del dominio eterno” y “resonará con alabanzas de majestad y grandeza” porque América “se convertirá en un centro (Topes de Collantes) desde el cual las olas del poder espiritual emanarán, y el trono del Reino de Dios, en la plenitud de su majestad y gloria, será firmemente establecido” (Cuba).»
No es de extrañar la euforia de Blomquist tras el triunfo revolucionario; incluso cuando sus ideas, una vez más, no fueron centro de atención, para él estaba todo muy claro. Walter Blomquist se retiró del puesto de Jefe del Departamento Escandinavo del Ministerio de Relaciones Exteriores en 1968 y creyó en las posibilidades de la Homonomía hasta el final.
Mientras, Topes de Collantes, en la provincia de Sancti Spíritus, mantiene su fama ancestral de lugar milagroso para las curaciones. Es conocido el enorme sanatorio para enfermos de tuberculosis que el propio Batista mandó construir allí y que hasta el día de hoy es explotado por el turismo de salud.

El diablo del Capitolio
El otro elemento completamente real que aparece en La Puerta Roja y que todavía hoy es mayormente desconocido, es la estatua del Diablo, del ángel rebelde que orgullosamente tenemos en nuestro capitolio habanero. Pero de esto ya he hablado en otro artículo, así que puedes consultarlo aquí.
El caso es que no existe ni una sola razón para que el lugar y la estatua no se convirtieran en el escenario perfecto de una escena como la que describe Moya al principio y al final de su novela.
Realmente es penoso que por cualquier razón La Puerta Roja no llegue nunca a las librerías cubanas, o incluso al cine, como sugiere el autor de la reseña publicada en ISLIADA. No es una obra pueril. En medio de tanta decadente vanidad, es una obra necesaria.