AKELARRE, una historia de película

En 2020 se estrenó la película AKELARRE del director francés-argentino Pablo Agüero. Cuenta una historia de brujas e inquisidores en el País Vasco francés del siglo XVII. Los casos de brujería en Labort y Zugarramurdi, por los que muchas mujeres fueron a la hoguera, son universalmente conocidos. No es la primera vez que el tema llega a la gran pantalla, pero puede que sea la ocasión mejor lograda. Con actuaciones, fotografía, banda sonora, un guión y una técnica narrativa de altísima calidad, esta película se convierte en inevitable para todos los que amamos este tipo de historias y gustamos de ver más allá de la leyenda y la superstición.

AKELARRE

Te invito a revisar lo que sabemos sobre la tradición brujeril e inquisitorial en el País Vasco, una tierra tan hermosa como oscura y enigmática.

El País Vasco tiene una larga y extraña tradición de brujería. Según el prestigioso antropólogo y folklorista español Julio Caro Baroja, «la Brujería vasca aparece ligada a una peculiar situación social del país y adherida a una tradición de paganismo, que hacía decir a varias personas del siglo XV que los vascos, tan católicos hoy, eran gentiles». Desde la Edad Media y antes de fundarse la Inquisición española, la brujería y las brujas eran consideradas una plaga social. Ya para 1466 la provincia de Guipúzcoa le pidió a Enrique IV de Castilla, otorgara la facultad a los alcaldes para sentenciar y ejecutar en casos de brujería, sin derecho a apelación, y les fue concedido.

Siglo XVI

Hacia 1500 se abren varios procesos contra los brujos y brujas de la sierra de Amboto (en el Señorío de Vizcaya) en la que se dice que vive una especie de divinidad llamada la Dama de Amboto, identificada como Mari, el numen principal de la mitología vasca precristiana. De hecho, la palabra en euskera para bruja es sorgina, que según la leyenda es una asistente de la diosa Mari. José Miguel Barandiarán piensa que el término deriva de sorte + -gin, significando “echadora de suertes”, sin embargo, es más probable que derive de sor- + -gin, significando “creador(a) o hacedor(a)”. Se puede interpretar como la comadrona actual, la curandera, heredera de la cultura indígena, el objetivo principal de la caza de brujas.

Burukoak es una prenda usada por las mujeres vascas en la Edad Media. Su diseño con un armazón de mibre y tela blanca de lino o algodón, ofrece información sobre quien lo lleva. Puede referirse a la parroquia o la localidad de origen imitando su orografía, el rango social y nivel adquisitivo por la cantidad de tela que se usa, el estado civil, la cantidad de matrimonios, etc. No se conoce su origen, pero sí que fueron prohibidos en el siglo XVII, tal vez porque se volvieron cada vez más exagerados y hasta sexualmente explícitos. El hecho es que es una prenda fundamental en la imagen de la bruja vasca.

En 1527, en Navarra, se presentaron ante los oidores dos niñas de nueve y once años que prometieron decir cosas extraordinarias si se les perdonaba de los delitos y maleficios que habían cometido:

«—Señores, la verdad es que nosotras somos brujas, en compañía de otras muchas de este oficio, las cuales hacen mucho mal, y si queréis castigarlas, nosotras os las mostraremos, que luego que veamos a cada una el ojo izquierdo, la conoceremos, porque somos de su oficio: otra que no lo fuese no las podría conocer—»

— Las brujas y su mundo, Julio Caro Baroja, 1961.

Los oidores les creyeron y nombraron a un inquisidor llamado Avellaneda para que junto con un grupo de cincuenta soldados fuera de pueblo en pueblo por los valles del Pirineo Navarro deteniendo a quienes señalaran las niñas. Según los informes del inquisidor, las niñas identificaban a los y las culpables por separado y aun así coincidían, y él mismo habría experimentado la veracidad de las invocaciones y el vuelo de una bruja. Ciento cincuenta habían sido apresados, pero esta y otras experiencias igualmente “comprobadas” sirvieron a los letrados del Consejo de Navarra para resolver sus dudas y la condena fue severísima: a muerte.

Avellaneda hizo grandes aportes a los “conocimientos” sobre las brujas describiendo minuciosamente sus costumbres, partiendo de lo que ya era conocido por el famoso Malleus Maleficarum, publicado por primera vez en Alemania en 1487. Comienza a aparecer el demonio en la figura de macho cabrío, akerra en euskera. Este akelarre (“prado del macho cabrío”) o Sabbat, es un lugar de orgía sexual donde hombres y mujeres cohabitan con demonios con forma masculina y femenina de manera indecente, corrompiendo a mozas y aun niñas. Forman una secta malvada, juramentada para hacer el mal sobre los hombres, animales y cosechas, siendo premiados los que más fechorías cometen y castigados los que son remisos en realizarlas. Una vez brujos, no ven el Sacramento del altar y son señalados por aquella marca de la que hablaron las niñas que se les imprimía «en el ojo yzquierdo encima del negro del ojo, que es la señal de la mano del sapo».

«La insistencia con que Avellaneda habla al condestable de los males que producen los brujos, formando masas o multitudes considerables y el hecho de que su justicia se llevara a cabo en un momento tan crítico como el de la anexión de la monarquía navarra a la corona de Carlos I, hace pensar si tras este asunto que se nos presenta como un puro asunto religioso no habría su lado político, de suerte que los acusados serían por su mayor parte pertenecientes al bando de los antiguos reyes de Navarra.»

— Las brujas y su mundo, Julio Caro Baroja, 1961.
Los akelarres vistos por el ilustrador e historietista Juan Luis Landa, en su trabajo para el libro Brujas de Toti Martínez de Lezea
https://www.juanluislanda.com/

Durante todo el siglo XVI continuaron dándose casos de denuncias por brujería a la Inquisición que, a pesar de su mala fama, actuó con bastante prudencia. Entre 1555 y 1558 tiene lugar el proceso de las brujas de Ceberio, conducido por autoridades civiles que, obsesas por la creencia en la fuerza de la Brujería, decidieron actuar por su cuenta. Se trató de dos grupos de aldeanos rivales que se acusaban mutuamente, a través de unas niñas que denunciaron toda clase de horrores. La principal, o una de las principales fue Catalina o Catalinche de Guesala, que tenía ocho años al hacer su primera declaración. Como resultado, varias personas fueron encarceladas y sometidas a tormento de agua y cordel. Casos como este, con declaraciones de menores aquejados de neurosis y/o movidos por odios locales, se repitieron con frecuencia.

Sin embargo, la brujería vasca le debe su fama universal a dos procesos que no ocurrieron hasta el siglo XVII: el de Labort o Lapurdi en el País Vasco francés y el de Zugarramurdi en Navarra.

Siglo XVII

La persecución de las brujas de Labort fue obra del juez Pierre de Lancre, comisionado por el rey Enrique IV de Francia en respuesta a la petición hecha por los señores D’Amou y D’Uturbie para que acabara con la plaga de brujos y de brujas que según ellos asolaba el país. Conocemos la actuación de De Lancre gracias a dos libros que publicó después y que tuvieron un enorme éxito, sobre todo Descripción de la inconstancia de los malos ángeles y demonios, de 1612, en el que aparecía una lámina de un aquelarre que causó gran impacto y que fue arrancada de muchos ejemplares.

El grabado que apareció en el libro Descripción de la inconstancia de los malos ángeles y demonios jugó un papel fundamental en la difusión de la brujería y la brujomanía, pues la mayoría de la población era analfabeta y, como suele decirse: una imagen vale más que 1000 palabras.

La llegada de De Lancre y de sus subalternos a Labort provocó el pánico y muchas familias se dirigieron a Navarra agolpándose en la frontera. En sus libros, el susodicho juez cuenta lo que creyó averiguar:

  • que se celebraban cualquier día de la semana, e incluso de día, juntas de brujos y brujas llamadas Aquelarres, en las que se adoraba al macho cabrío, aunque el demonio podía adoptar otras formas;
  • que los desastres que acaecían en Lapurdi, como las grandes tormentas que provocaban naufragios, eran obra de las brujas;
  • que los brujos y brujas usaban ungüentos para poder acudir volando al aquelarre, transformarse en bestias o producir otros prodigios y efectos maléficos;
  • que se celebraban misas negras en las que se consagraban hostias negras y cultos satánicos, copiados de los cristianos y a veces oficiados por sacerdotes sacrílegos (lo que provocó que Lancre ordenara la detención y tortura de varios clérigos de la zona, sin más prueba que los testimonios de ciertos testigos, como el de un sacerdote muy anciano y trastornado que confesó que había dado culto al diablo, y que sería ajusticiado por ello «para servir de ejemplo».)

Lo que creyó averiguar De Lancre, lo obtuvo de declaraciones de niños, de viejos y de adultos sometidos a tortura. Además, tuvo que valerse de traductores pues no comprendía el euskera, y como ha señalado Caro Baroja, «a veces transcribe mal los nombres. A veces transcribe algunas palabras en vasco de las que más que el sentido estricto parece no haber entendido el significado dentro de una declaración amplia». Así es como De Lancre llegó a la conclusión de que en Lapurdi había más de tres mil personas que llevaban la marca de la brujería, mandando quemar a 80 supuestas brujas. El pánico se trasladó a los valles del norte de Navarra y fue precisamente en Zugarramurdi, en la frontera, donde apareció el siguiente brote de brujería.

Las brujas de Zugarramurdi

La avalancha de denuncias condujo a «la incomprensión de las nuevas acusaciones del tribunal por parte de los acusados; encierro nocturno de los niños y adolescentes en las iglesias para que no les raptase el diablo; aprovechamiento de ciertos vecinos para dar listas de acusados a niños a trueque de incentivos económicos; amenazas, castigos y torturas de vecinos por otros vecinos para que se autoacusasen», explica el profesor y antropólogo Mikel Azurmendi al diario digital español El Confidencial, en un artículo publicado en febrero de 2014. «En fin, un querer salvarse cada cual como fuere, aun recurriendo a la delación falsa».

Las brujas de Zugarramurdi es una película española estrenada en 2013, dirigida por Álex de la Iglesia y protagonizada por Hugo Silva, Mario Casas y Carmen Maura.

Azurmendi ha expuesto en dos libros, el ensayo Las brujas de Zugarramurdi y la novela Las maléficas, lo acaecido durante aquellos años, siguiendo la obra del historiador Julio Caro Baroja y desmintiendo las visiones tópicas que sobre el proceso ha dado la cultura popular, como es el caso de la película Las brujas de Zugarramurdi de 2013, dirigida por Álex de la Iglesia en tono de comedia.

«¿Cree alguien que sea meramente sensato hacer aparecer en su film a una víctima de Zugarramurdi, Graciana de Barrenechea (septuagenaria muerta entre sufrimientos horribles en las mazmorras de Logroño) solazándose en rituales libertarios demoníaco-lúbricos?», se pregunta el escritor. «¿Cree alguien que se premiaría hoy en Europa una película donde a una víctima de Auschwitz se la propusiera como personaje báquico proclamando la excelencia de ser cocinada en el horno junto a millones de compañeros judíos?»

A finales de 1608 volvió a Zugarramurdi una muchacha de veinte años que había emigrado hacía cuatro con sus padres a una localidad costera de Labort. Allí escuchó historias de brujas y se hizo una de ellas durante dieciocho meses. En Zugarramurdi empezó a contar sus experiencias y en una ocasión dijo que había visto en uno de los aquelarres a María de Jureteguía, vecina del pueblo. María lo negó todo, pero la delatora consiguió convencer a la gente, incluido el marido y la familia de la presunta bruja, de que era cierto lo que decía. Finalmente, María se derrumbó y confesó ser bruja desde niña y que su tía María Chipía de Barrenechea era quien le había enseñado. Después dio más nombres de brujos y de brujas, sus casas fueron allanadas en busca de pruebas, y siete mujeres y tres hombres acabaron haciendo una confesión pública en la iglesia parroquial. Sin embargo, tras arrepentirse, los vecinos los perdonaron.

Lo que estaba pasando en Zugarramurdi llegó a oídos del tribunal de la Inquisición de Logroño, que era el que tenía la jurisdicción sobre Navarra y, como es sabido, siempre aparece alguien crédulo, oportunista y retorcido que presta atención a las historias morbosas. Los dos inquisidores asignados eran de este tipo y mandaron apresar a cuatro supuestas brujas. Ignorando las instrucciones del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sobre la búsqueda de pruebas, asumieron que la proclamación de inocencia de los acusados era un truco de sus parientes o del demonio que quería librarles del castigo. Tras cinco meses de hábiles y reiterados interrogatorios fueron consiguiendo que los encausados confesaran y delataran a otros brujos y brujas que estaban en las montañas y proporcionaron listas de niños y de niñas de menos de catorce años que participaban en los aquelarres.

Con la información obtenida, uno de los inquisidores partió al norte de Navarra y desde allí fue enviando a Logroño a los supuestos cómplices de los brujos y las brujas. El inquisidor, cuyo nombre era Juan Valle Alvarado, según Caro Baroja, «pasó varios meses en Zugarramurdi y recogió muchas denuncias, según las cuales quedaban inculpadas hasta cerca de trescientas personas por delitos de Brujería, dejando aparte los niños. De estas personas fueron presas y llevadas a Logroño hasta cuarenta de las que parecieron más culpables».

En sus viajes, el inquisidor recibió la ayuda entusiasta de clérigos locales que le confirmaron que el lugar estaba infestado de brujas. Caro Baroja resume en su libro lo narrado por Juan Mongastón sobre las costumbres de los supuestos súbditos del Diablo:

«Una vez hecha la promesa tiene lugar la presentación del novicio. Dos o tres horas antes de media noche el maestro va en su busca, lo unta y juntos vuelan hasta el aquelarre, «campo diputado para sus juntas». Y hay que reconocer que en el caso de Zugarramurdi, pueblo vasco-navarro que queda en la misma raya con el Labourd y de donde eran muchas de las brujas acusadas en Logroño, este campo no sólo tiene una realidad física, sino que está al lado de una cueva o túnel subterráneo de grandes proporciones, verdadera catedral para un culto satánico o pagano simplemente, que está cruzado por el río o arroyo del Infierno, «Infernukoerreka», y que tiene una parte alta donde es tradición que solía estar el trono del Diablo. Aparecía allí el Demonio con una forma muy concreta, «sentado en una silla, que unas vezes parece de oro y otras de madera negra, con gran trono, magestad y gravedad… y con un rostro muy triste, feo y ayrado». No se comprende bien cómo esta especie de gárgola gótica que se describe en la relación puede seducir a nadie, pero el caso es que la bruja o el brujo maestro presentan al novicio y se hace la ceremonia de renegar: primero de Dios, luego de la Virgen, de los santos y santas, del Bautismo y Confirmación, de sus padres y padrinos, de la fe, de los cristianos que la profesan. Tras renegar el neófito adora, besando al Demonio de modo también repugnante. Una vez concluida la adoración el neófito es marcado con una uña por el mismo Demonio, sacándole sangre en una vasija. También le imprime una marca en la niña del ojo: la consabida figura de sapo. La maestra o maestro recibe unas monedas de plata por precio de aquel nuevo esclavo, monedas que si no se gastan a las veinticuatro horas suelen desaparecer: y el neófito recibe, como ángel de la guarda, un sapo que durante algún tiempo queda encomendado a la bruja maestra. «Acabado de hazer el reniego, el Demonio y demás Bruxos ancianos que están presentes, aduierten al novicio que no a de nombrar el nombre de Iesus ni de la Virgen santa María, ni se ha de persignar, ni santiguar»

— Las brujas y su mundo, Julio Caro Baroja, 1961.
Cuevas de Zugarramurdi o Cuevas de las brujas (Zugarramurdiko leizeak en euskera), una serie de cuevas prehistóricas que en el siglo XVII se creían el escenario de imponentes aquelarres.

Ahora bien, por esas mismas fechas visitó la zona el obispo de Pamplona, alarmado por lo que se contaba que sucedía en esa parte de su diócesis, y llegó a la conclusión contraria a la del inquisidor de Logroño: que allí nunca había habido secta de brujas hasta que llegaron las noticias de Francia, y que muchos vecinos cruzaban la frontera para presenciar la quema de brujas en Labort, donde oían las acusaciones y aprendían lo que se decía de ellas y de los aquelarres.

Nada impidió que el domingo 7 de noviembre de 1610 se congregaran en Logroño cerca de treinta mil personas para presenciar el auto de fe de las brujas de Zugarramurdi, un acto público en el que los condenados debían abjurar de sus pecados y mostrar arrepentimiento. Una vez aposentados en el cadalso los acusados y enfrente los inquisidores, con el estado eclesiástico a su derecha y las autoridades civiles a su izquierda, un inquisidor dominico predicó el sermón y a continuación comenzó la lectura de las sentencias por los secretarios. La lectura duró tanto que el auto de fe tuvo que alargarse al lunes 8 de noviembre. Dieciocho personas fueron reconciliadas porque confesaron sus culpas y apelaron a la misericordia del tribunal. Las seis que se resistieron fueron quemadas vivas. Cinco más fueron quemadas en efigie porque que ya habían muerto.

El antropólogo español Carmelo Lisón Tolosana considera que la sentencia fue «más bien benigna» comparada con lo que estaba ocurriendo y ocurriría más adelante en otros puntos Europa. Por su parte, el hispanista francés Joseph Pérez afirma: «si lo comparamos con los centenares de ejecuciones que se producen al mismo tiempo en territorio francés, al otro lado de los Pirineos, este veredicto puede parecer clemente. En España resulta escandaloso».

El inquisidor Alonso de Salazar y Frías, incorporado al tribunal en julio del año anterior, que no había participado en los interrogatorios, siempre dudó de la culpabilidad de las víctimas. Tras la celebración del auto de fe, llevó a cabo una revisión a fondo del caso, ordenada por el Consejo de la Suprema Inquisición, que incluyó una investigación exhaustiva en el escenario de los hechos, interrogando a los supuestos brujos y brujas que habían sido reconciliados y a testigos. El resultado fue un total arrepentimiento de la sentencia que él también había firmado al considerar que se había cometido una terrible injusticia. Salazar escribió:

«No he hallado certidumbre ni aun indicios de que [se pueda] colegir algún acto de brujería que real y corporalmente haya pasado. […] Y así también tengo por cierto que en el estado presente, no sólo no les conviene nuevos edictos y prorrogaciones de los concedidos, sino que cualquier modo de ventilar en público estas cosas, con el estado achacoso que tiene, es nocivo y les podría ser de tanto y de mayor daño como el que ya padecen. No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos.»

— La Inquisicion Española, Henry Kamen, 1997.

El informe de Alonso de Salazar fue asumido por la Suprema, que dio nuevas instrucciones a los tribunales el 29 de agosto de 1614. Un resultado concreto fue que se intentó reparar a las víctimas del auto de fe de Logroño ordenando que sus sambenitos no quedaran expuestos en ninguna iglesia, de modo que no cayó ningún estigma sobre ellas o sus descendientes.

Es triste, pero es cierto. Muchos inocentes murieron. Y contrario a lo que se piensa, no fue del todo por voluntad de la Inquisición que, eventualmente, se negó a aceptar más de las numerosas denuncias por brujería. El asunto se le fue de las manos a las autoridades eclesiásticas y la histeria colectiva tomó el control. Hoy en día, los muertos tienen su propio monumento, como víctimas de un holocausto que algunos asemejan al de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Además, Zugarramurdi y su imponente cueva son destinos turísticos y escenarios de películas. No obstante, nada reparará las muertes y los horrores de entonces.

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