Piedras de nacimiento, ¿religión o márketing?

A muchísimas personas parecen gustarle las correspondencias de signos, piedras, flores, colores, cartas de tarot, etc. Hay cierto gusto en identificar las características de la personalidad con las de estos símbolos, tal vez por alcanzar la sensación de que somos distintos y valiosos, de que nos conocemos y siempre sabemos qué esperar de nosotros mismo, y por qué no, de los demás también.

Para los detractores, se trata de una simple frivolidad o superchería, cosa de gente fanática e ignorante. Personalmente creo que no hay nada de malo en tener una piedra o una flor de nacimiento siempre que la creencia en este tipo de cosas no signe demasiado nuestro comportamiento ni perjudique nuestra conexión con la realidad. Una cosa es buscar y encontrar la inspiración que necesitamos y otra es reducirnos y vivir a merced de supuestas fuerzas externas.

Tampoco creo saludable adoptar prácticas o creencias totalmente a ciegas. Es vital hacerse preguntas y cuestionarlo todo. En nuestra página oficial www.ciervoblancocu.worpress.com hemos decidido publicar algunas correspondencias de cada mes, pero eso también nos ha obligado a investigar dónde, cómo y cuándo se originaron. Les propongo revisar lo que sabemos sobre las famosas “piedras de nacimiento”.

Los poderes mágicos de las piedras

El hombre antiguo desarrolló mitos, leyendas y supersticiones sobre casi todos los aspectos de la naturaleza, no iba a ser diferente con las piedras. Como casi siempre, comenzamos con los autores griegos y romanos que ya se habían referido a ellas y a sus cualidades. En el siglo I, Plinio el Viejo menciona algunas supersticiones de su época en su Historia Natural. De la hematita, por ejemplo, dice:

«Bebido detiene las hemorragias de las mujeres. Lo beben los que devuelven sangre, con jugo de manzana púnica. También bebido es eficaz para los problemas de la vejiga y las mordidas de serpientes.»

Sin embargo, es la literatura alejandrina de los siglos cristianos II, III y IV la que proporciona más detalles, como se ve en el poema órfico Las Piedras o en el polémico Cyranides, atribuido a Hermes Trismegisto.

Estos conocimientos llegan a la Edad Media a través de la obra enciclopédica de Isidoro de Sevilla y se copian infinidad de veces. En su libro Gems And Gem Minerals, publicado en 1903, Oliver Cummings cita un fragmento del Liber de lapidibus, un compendio del religioso francés del siglo XI Marbodus o Marbodio de Rennes, sobre la mitología y las propiedades de los minerales y las gemas. Este es un ejemplo de lo que escribió:

«El berilo es una piedra grande y transparente. Grabe en él una langosta, y debajo de sus patas un cuervo, y ponga debajo de la gema una hoja de verbena, encerrada en una pequeña placa de oro; estando consagrada y puesta, hace que su portador sea conquistador de todas las cosas malas, y brinda protección contra todas las enfermedades de los ojos. Y si pones esta piedra en agua y le das a beber esta agua, cura la interrupción de la respiración y el hipo, y disipa los dolores del hígado. Es bueno llevarla, y el que tenga esta gema sobre él, vencerá en la batalla a todos sus enemigos. Se encuentra en la India, como la esmeralda, pero de un tono más pálido.»

George Frederick Kunz

En su libro The Curious Lore of Precious Stones (1913), el estadounidense experto en mineralogía George Frederick Kunz se refiere al Cyranides alejandrino y a la litteromancia, un tipo de magia consistente en la fabricación de amuletos. Nótese en su explicación la semejanza con el texto de Marbodus, que llegó a ser considerado el Lapidario por excelencia durante la Edad Media.

«Aquí tenemos un ejemplar de la especie de magia conocida como litteromancia, o adivinación por medio de las letras del alfabeto, ya que una piedra, un pájaro, una planta y un pez, comenzando cada uno con la misma letra y significando los cuatro elementos, se dan para cada una de las veinticuatro letras del alfabeto griego. Estos cuatro objetos debían agruparse para formar un talismán, el pájaro generalmente se grababa en la piedra, mientras que una parte del pez y de la planta se colocaba en el bisel del anillo en el que se iba a colocar la piedra.»

En el siglo XIII aparecería en la península ibérica el famoso Lapidario de Alfonso X el Sabio, heredero de una literatura paralela que se había estado desarrollando sobre el tema en idiomas siríaco y árabe.

Lapidario de Alfonso X el Sabio

Kunz también cita la opinión de Anselmus De Boot, médico de la corte de Rodolfo II de Alemania, quien escribió en 1609 y refleja las ideas que sobre el tema tenían las mentes ilustradas de la época.

«La causa sobrenatural y actuante es Dios, el ángel bueno y el malvado; el bueno por la voluntad de Dios, y el malo por su permiso … Lo que Dios puede hacer por sí mismo, también lo puede hacer por medio de ministros, ángeles buenos y malos, quienes, por gracia especial de Dios y para la conservación de los hombres, pueden introducirse en las piedras preciosas y proteger a los hombres de los peligros o procurarles alguna gracia especial. Sin embargo, como no podemos afirmar nada positivo acerca de la presencia de ángeles en gemas, depositar confianza en ellos o atribuirles poderes indebidos, agrada más especialmente al espíritu del mal, que se transforma en ángel de luz, roba la sustancia de la pequeña gema, y obra tales maravillas con ella que algunas personas no depositan su confianza en Dios sino en la gema, y buscan obtener de ella lo que deben pedir sólo a Dios. Así es quizás el espíritu del mal el que ejerce su poder sobre nosotros a través de la turquesa, enseñándonos, poco a poco, que la seguridad no se busca en Dios sino en la joya.»

«Que las gemas o piedras, cuando se aplican al cuerpo, ejercen una acción sobre él, está tan bien probado por la experiencia de muchas personas, que cualquiera que dude de esto debe ser llamado demasiado atrevido. Tenemos prueba de este poder en la cornalina, la hematita y el jaspe, todos los cuales, aplicados, frenan la hemorragia … Sin embargo, es muy necesario observar que muchas virtudes que no poseen las gemas se les atribuyen falsamente.»

Cummings, que escribió a principios del siglo XX, afirma que:

«… No sólo se les atribuyó durante mucho tiempo el poder de ahuyentar a los espíritus malignos y producir todo tipo de “suerte”, sino que hasta principios del siglo XVIII los médicos de renombre acostumbraban a mezclar fragmentos de ellas en sus medicinas y a usarlas como encantamientos. Hasta el día de hoy, los farmacéuticos de París mantienen el ámbar en stock para su uso en un surtido de recetas…»

Hubo muchos otros lapidarios, más o menos antiguos, más o menos importantes, pero a donde queremos llegar es al origen y naturaleza de la “piedra de nacimiento”, así que pasemos al siguiente punto en esa dirección.

Las piedras y los planetas

En su libro, Kunz hace un paneo bastante amplio por los mitos, costumbres y supersticiones relacionadas con las piedras preciosas en distintas culturas. Sin embargo, la que parece tener más relación con lo que buscamos es la costumbre de confeccionar joyas con un número específico de gemas. Existe un encantamiento asirio que se refiere a un adorno compuesto por siete piedras brillantes para llevar en el pecho del rey como amuleto; las piedras no han sido identificadas del todo, pero la práctica parece haber tenido su origen en Babilonia, donde el número siete era sagrado.

En la India se denomina navaratna a las joyas/talismanes hechas con nueve gemas especiales engarzadas en una posición especial. En sánscrito, la palabra significa “nueve gemas” o “ratnas”. Un navaratna se considera símbolo de estatus y riqueza, pero también es un amuleto que atrae salud y bienestar. Esto se debe a que cada piedra representa a un cuerpo celeste y a una personalidad mítico-religiosa.

Orden de las piedras en un arreglo navaratna

Existen, no obstante, algunas diferencias con respecto a las asignaciones que se dan en occidente y que veremos más adelante. Por ejemplo, la esmeralda se asigna aquí a Mercurio, mientras que en la tradición occidental solía ser representante de Venus, y el diamante está dedicado a Venus, en lugar de al Sol.

El rubí (que representa al Sol) siempre está en el centro, rodeado (en el sentido de las agujas del reloj desde la parte superior) por las demás piedras. Tradicionalmente, ninguna gema que no sea un rubí o una espinela roja se coloca en el centro de un arreglo de nueve gemas. Se cree que hacerlo va en contra del flujo natural.

Además de la disposición de las piedras y el lugar del cuerpo donde se van a usar, es importante su calidad. El Garuda Puranam, un texto vaisnava del primer milenio de la era común, dice al respecto:

«Las gemas puras e impecables tienen poderes auspiciosos que pueden protegernos de demonios, serpientes, venenos, enfermedades, reacciones pecaminosas y otros peligros, mientras que las piedras defectuosas tienen el efecto contrario.»

Según la astrología hindú, la vida en la tierra está influenciada por los navagrahas o nueve personalidades planetarias. La ubicación de los navagrahas en el horóscopo personal, supuestamente tiene una marcada influencia a lo largo de la vida del individuo. Por tanto, se dice que usar las nueve gemas proporciona un equilibrio astrológico y beneficia al usuario. Del mismo modo, se dice que estas gemas pueden tener influencias tanto positivas como negativas, por lo que solo deberían usarse después de consultar a un astrólogo védico. Este recomendará usar una sola gema o una combinación compatible de ellas, con el fin de aprovechar los planetas beneficiosos y/o contrarrestar los dañinos.

En su libro, Kunz también se refiere a la relación entre los planetas y las piedras como una emanación sutil que pasa de los primeros a las segundas, de modo que llevar una combinación de varias piedras tenía una influencia similar a la ejercida por varios planetas en conjunción, es decir, agrupados en la misma “casa” o división de los cielos.

«La influencia talismánica de las piedras asociadas con los planetas y también con los signos del zodíaco está estrechamente relacionada con las primeras ideas sobre la formación de piedras preciosas. En un antiguo trabajo sobre las propiedades ocultas de las gemas leemos:

» La naturaleza del imán está en el hierro, y la naturaleza del hierro está en el imán, y la naturaleza de ambas estrellas polares está tanto en el hierro como en el imán, y por lo tanto la naturaleza del hierro y el imán también está en ambas estrellas polares, y como son marcianas, es decir, su región pertenece a Marte, también el hierro y el imán pertenecen a Marte.

» Luego, el autor procede a describir una relación análoga entre un hombre y cualquier objeto o producto natural al que lo atrae su imaginación, y muestra que, si este objeto es uno que se encuentra en una relación de simpatía con la estrella debajo de la cual nació el hombre, el hombre, la estrella y el objeto constituirán una triplicidad muy exitosa…»

Este es el tipo de conocimientos que se mezcló con la literatura griega y alejandrina en los textos árabes, que, a su vez, dieron origen a buena parte de los lapidarios medievales. Ahora bien, las supuestas influencias y las listas de piedras y sus cualidades son muchísimas y diferentes, lo que hace que sea demasiado fácil especular sobre “quién nació primero”, así que no entraré en ese debate. Avancemos al siguiente punto.

El Pectoral del Juicio y la Nueva Jerusalén

En esta misma cuerda de fabricar joyas-talismanes con varias piedras preciosas nos encontramos con el Pectoral de Aaron o Pectoral del Juicio de la tradición hebrea. En este punto, sin querer forzar las cosas, debemos recordar que los hebreos son un pueblo semita (término que en realidad se refiere a los hablantes de una familia de lenguas, no a una raza), como también lo eran Asiria, Babilonia, o los caldeos que tenían fama de excelentes astrólogos.

El hecho es que la primera vez que nos encontramos un conjunto de doce piedras es en la Biblia, específicamente en Éxodo 28.15-21.

«El pectoral, con los instrumentos del juicio, lo harás de la misma manera que el efod, es decir, bordado artísticamente. Hazlo de oro, tela morada, tela de púrpura, tela roja y lino torcido, doble y cuadrado, de veintidós centímetros por cada lado. Cúbrelo de piedras preciosas distribuidas en cuatro hileras. La primera hilera debe tener un rubí, un crisólito y una esmeralda; la segunda, un granate, un zafiro y un jade; la tercera, un Jacinto, un ágata y una amatista; y la cuarta, un topacio, una cornalina y un jaspe. Las piedras deben estar montadas en monturas de oro, y tienen que ser doce, pues doce son los nombres de los hijos de Israel. En cada piedra se grabará, en forma de sello, el nombre de una de las doce tribus.»

Pectoral de Aaron o Pectoral del Juicio o Hoshen, en hebreo, es una especie de bolsillo para guardar los elemenotos del juicio o del oráculo, el misterioso Urim y Tummim, posiblemente los dados o habas con que practicaban la cleromancia.

También en la Biblia, pero esta vez en Apocalipsis 21.19-20, se da otra lista para describir las murallas de la Nueva Jerusalen:

«Las piedras de la base de la muralla estaban adornadas con toda clase de piedras preciosas: la primera, con jaspe; la segunda, con zafiro; la tercera, con ágata; la cuarta, con esmeralda; la quinta, con ónice; la sexta, con cornalina; la séptima, con crisólito; la octava, con berilo; la novena, con topacio; la décima, con crisoprasa; la undécima, con Jacinto; y la duodécima, con amatista.»

Nueva Jerusalén

Antes de continuar, es necesario aclarar que existen varias versiones o traducciones de estas listas de piedras y algunos de los nombres griegos y hebreos no han sido identificados con total precisión. Además, nótese que las listas no son exactamente iguales entre ellas.

Ninguna de las dos listas hace referencia a los meses o a los signos del zodiaco, ni siquiera a sus cualidades mágico-medicinales. El primer escrito que lo hace, a saber, se titula Antigüedades Judías (siglo I n. e.), del historiador judío Flavio Josefo. Así aparece citado en el libro de Kunz:

«Además, las vestiduras del sumo sacerdote hechas de lino significan la tierra, el azul denota el cielo, es como un relámpago en sus granadas y se asemeja a un trueno en el ruido de las campanas. Y en cuanto al efod, muestra que Dios hizo el universo de cuatro elementos, y en cuanto al oro entretejido en él, supongo que está relacionado con el esplendor por el cual todas las cosas deben ser iluminadas. También designó que la coraza se colocara en el medio del efod para que se pareciera a la tierra, porque ésta ocupa el lugar intermedio en el mundo; y el cinto, que rodea al sumo sacerdote, significa el océano, porque eso lo abarca todo. Y las dos sardónices que estaban en los broches de los hombros del sumo sacerdote, nos indican el sol y la luna. Y para las doce piedras, ya sea que entendamos por ellas los meses o los doce signos de lo que los griegos llaman el zodíaco, no nos equivocaremos en su significado. Y para el gorro, que era de un color azul, me parece que significa el cielo, porque de otra manera el nombre de Dios no estaría inscrito en él. El hecho de que también estuviera adornado con una corona, y también fuera de oro, se debe al esplendor que agrada a Dios.»

Este pasaje fue adaptado por San Jerónimo, trescientos años después, en su carta a Fabiola:

«…Las doce piedras se interpretan o bien como el ciclo del zodíaco o como los doce meses; y a cada fila se le asigna una estación, y a cada estación, tres meses…»

Y en el párrafo siguiente hizo una aclaración aún más interesante, y sospechosa, muy a su pesar:

«Que a nadie parezca pagana esta exégesis. Pues no porque los paganos hayan deshonrado los seres celestes y el orden divino con sus nombres de ídolos se va por eso a negar la providencia de Dios, que interviene con ley invariable y mueve y rige todas las cosas…»

Originalmente, el simbolismo del que hablaron Josefo y Jerónimo fue aceptado por los padres de la iglesia con un entusiasmo moderado, como una simple alegoría religiosa. Solo San Epifanio, obispo de Constanza, en el siglo V, escribió un tratado breve en forma de carta, tratando de dilucidar la identidad y las propiedades de las doce piedras del Pectoral del Juicio y el orden en que fueron grabados en ellas los nombres de las doce tribus de Israel. Mientras, la literatura hebrea al respecto se centró en identificar las letras y/o palabras que habrían sido grabadas. Un rabino medieval francés conocido como Rashi, llegó a plantear que Moisés había grabado las piedras utilizando el Shamir, un gusano mítico que roe o desintegra las superficies más duras.

En los siglos posteriores el Apocalipsis de san Juan, que tardó en ser aceptado dentro del canon bíblico, se convirtió en objeto de estudios devotos y una mina de sugerencias místicas, al punto que las piedras fundamentales de la Nueva Jerusalén suplantaron en importancia a las del Pectoral del Juicio. Como se ha hecho notar antes, la segunda lista no es igual a la primera, y esto no solo se debe a antiguos errores de traducción y de memoria, sino a la evolución del arte lapidario y del criterio de belleza, lo que llevó a la inclusión de piedras nuevas, más duras y transparentes, por ejemplo. En el siglo X, Andreas de Cæsarea retomó el trabajo de San Epifanio e identificó cada piedra de la nueva lista con uno de los 12 apóstoles.

En este punto, aun no tenemos ningún ejemplo del uso de tales piedras ligadas a un mes específico. Las piedras del pectoral son llamadas “piedras tribales” e incluso “piedras astrales”, porque durante la Edad Media los judíos llegaron a identificar las doce tribus con los doce signos del zodiaco, y las piedras de la Nueva Jerusalén son conocidas como “piedras apostólicas”; incluso se han identificado las nueve piedras del rey de Tiro (Ezequiel 38. 13) con los nueve coros de ángeles, pero nada hasta aquí con los meses.

El concepto de piedra del mes o de nacimiento no debía “nacer” todavía. Como hemos visto, desde Plinio hasta hace relativamente poco, las piedras preciosas fueron alabadas y recomendadas por sus cualidades mágico-medicinales, por lo tanto, utilizar una sola “piedra de nacimiento”, implicaba prescindir de todas las demás. Definitivamente, las dos supersticiones no podían coexistir y faltaban varios siglos para que llegara el momento de la segunda.

El joyero parisino Poujet fils, que escribió en 1762, afirma que la costumbre de usar anillos engastados con una piedra natal con el signo del zodiaco apareció en Alemania en el siglo XV. Asegura que era una práctica desconocida en la antigüedad y que se hizo popular entre las del “sexo bello” por el toque de misterio que aportaba. Kunz menciona en su libro el rumor de que, en el siglo XVI, Catalina de Médici llevaba una faja con doce piedras en las que se habían grabado diseños talismánicos, pero nada confirma que fueran piedras natales.

El propio Kunz está seguro de que la primera lista de piedras natales apareció en Polonia en el siglo XVIII, probablemente de la autoría de joyeros o comerciantes judíos, y popularizada en Europa por María Leszczyńska, la esposa polaca del rey Luis XV. Esto tiene sentido dada la importancia que el pueblo hebreo continuó dándole al Pectoral del Juicio y a las piedras preciosas, sin mencionar que sus miembros más acomodados siempre las han lucido en sus dedos. Todo parece indicar que las personas compraban las doce gemas y las utilizaban en el mes o en el período de tiempo más propicio según su signo, lo que, a efectos prácticos, también era un pretexto para variar los adornos que se mostraban en sociedad. Poco a poco, la belleza de las piedras y los arreglos que se hacían con ellas, además de los adelantos de la ciencia y la técnica, opacaron las viejas propiedades terapéuticas que recogían los lapidarios medievales, conservando apenas las necesarias para convencer a los compradores más excéntricos.

Retrato de la reina Maria Leszczyńska
Jean-Marc Nattier, 1770

Recordemos que los nombres hebreos de las piedras del pectoral y los griegos de la Nueva Jerusalén, no han sido traducidos con total precisión, entre otras razones porque muchas piedras que son comunes hoy en día, eran desconocidas para entonces, y otras que eran consideradas de gran valor, hoy no se toman en cuenta. Además, muchas piedras recibían nombres genéricos por el color o el lugar de procedencia, cuando en realidad pertenecían a familias diferentes que solo fue posible identificar a la luz de las tecnologías actuales. Teniendo en cuenta que muchos autores medievales se equivocaron al traducir los nombres y al identificarlas y otros más contemporáneos las sustituyeron deliberadamente, es comprensible que existan tantas listas diferentes.

La lista tradicional hebrea o una semejante, parece haber estado vigente hasta agosto de 1912, cuando The American National Association of Jewellers, hoy conocida como Jewellers of America, reunida en Kansas, elaboró una nueva. Kunz la detestó.

«Una vez que permitimos que el espíritu del comercialismo simple y puro dicte la elección de tales piedras, de acuerdo con el interés momentáneo de los comerciantes, existe un grave peligro de que el único incentivo verdadero para adquirir piedras de nacimiento se debilite y la gente pierda interés en ellas… Por tanto, no se debe descuidar el sentimiento, y nada es más probable que lo destruya que la convicción de que se lo explota constantemente con fines comerciales.»

Kunz tampoco entiende por qué piedras que no eran conocidas en la antigüedad, como el diamante y la turmalina, son incluidas en la lista y utilizadas arbitrariamente para sustituir las tradicionales. Hasta el día de hoy, en las páginas oficiales de la mayoría de joyeros, se vende esta lista.

Conclusiones

En esta historia, es fácil notar el tránsito de una práctica popular a una elaborada campaña de propaganda para comercializar un producto. No es que en la antigüedad no existiera el comercio y que no se comerciara con piedras preciosas, lo sorprendente es cómo, una vez desaparecido o deteriorado el sustrato mágico-religioso que le dio origen, pervive en todo su esplendor el aspecto económico.

En distintos momentos y lugares de la historia de la humanidad aparecieron listas de piedras natales. Algunas con más raíces tradicionales y otras con menos. Lo que hay que criticar es, en mi opinión, no la superstición misma, que genera sentimientos y enciende la imaginación, sino el morbo, que hoy está en todas partes, que lastra el pensamiento y saca lo peor de nosotros. Por eso coincido 100% con Kunz y termino con una última cita suya.

«Las fantasías supersticiosas tienen la misma relación con la verdad que la sombra de una forma con la forma misma. Sabemos que la sombra no tiene existencia sustancial y, sin embargo, sabemos igualmente bien que es proyectada por algún cuerpo real; de la misma manera podemos estar seguros de que, por muy tonta que pueda parecer una superstición, tiene algún fundamento de hecho. De hecho, la superstición está asociada con el atributo más elevado de la mente humana: la imaginación. Las realidades que nos rodean obtienen gran parte de su encanto del sentimiento, y todo lo que es grandioso en el arte y la literatura debe su ser a la energía transformadora de la imaginación pura. La imaginación mórbida, por otro lado, distorsiona y degrada las impresiones que recibe y produce solo formas e ideas desagradables o innobles.»

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