Sin dudas la hierogamia o hierós gamos es uno de las fenómenos más complejos y polémicos estudiados por la teología, la mitología, el ocultismo, e incluso la psicología analítica, entre otras. Está relacionada con algunos de los misterios más grandes que existen: el amor y el sexo. El hombre, para satisfacer su ego y su conciencia, ha reflexionado mucho sobre el tema, elaborando conceptos y enunciando leyes que lo colocan muy por encima de esta realidad en el resto de animales.
Etimológicamente, el término hierogamia procede de las raíces griegas hierós (“sagrado”) y gamos (“unión” o “matrimonio”). En principio se consideraba como tal cualquier unión en la que al menos uno de los actores fuera un dios o una diosa. Posteriormente los simbolismos y sus interpretaciones se han hecho mucho más variados y abstractos, llegando a representar la unión trascendental de los opuestos.
La Unión es un concepto poderoso que debió tentar el pensamiento del hombre antiguo: ávido observador de la naturaleza y sus procesos, notó los efectos positivos de fuerza y procreación que tenía y desarrolló a su alrededor todo un sistema de creencias. Ahora bien, es posible que, en no pocos casos, los “buscadores de magia” y otros investigadores modernos sobrestimaran la capacidad de aquellos antepasados para producir conceptos abstractos muy abarcadores, más propios de corrientes de pensamiento de nuestro tiempo.
La hierogamia parece uno de esos términos abusados por el esoterismo y cuando se intenta saber sobre ella, es necesario enfrentarse a una bestia de muchas cabezas que profieren frases aparentemente profundas y semejantes, pero que en realidad se me antojan contradictorias y desactualizadas. Aparentemente todo inicia en la época del nacimiento de los mitos más antiguos y de su representación en rituales mágico/religiosos. J. G. Frazer, en La Rama Dorada, defiende la tesis de que la hierogamia o más bien la teogamia es un ritual de fertilidad:
«La idea de esta unión sería promover la fertilidad de la tierra, de los animales y de los humanos y debió pensarse, naturalmente, que este designio sería más fácilmente alcanzado si se celebraban anualmente las nupcias sagradas, siendo representados los papeles de la novia divina y del novio, ya mediante imágenes, ya con personas vivas».
Inanna / Ishtar
El ejemplo por excelencia de este tipo de hieros gamos ocurría en Sumer, en la antigua Mesopotamia. El historiador norteamericano experto en asiriología Samuel Noah Kramer lo manifiesta así en su libro El Matrimonio Sagrado en la Antigua Sumer:
«En el caso del Rito del Matrimonio Sagrado, apenas hay duda de que fueron los metódicos, innovadores e imaginativos pensadores sumerios, los sacerdotes y los poetas de comienzos del tercer milenio a.c., los que, por vez primera, lo concibieron y desarrollaron como un elemento esencial de su fe religiosa y práctica ritual. En el fondo se encontraba una característica de la cultura sumeria tendente a la obsesión por la riqueza y las propiedades, dependientes de una economía agrícola y ganadera que se sustentaba en la fertilidad de la tierra y la multiplicación de los rebaños.»
…
«Pero lo que hombres y animales más necesitaban para asegurar la procreación y propagación de su especie era, sin duda, el deseo y el amor apasionados, que culminaban en la unión sexual y garantizaban la fecundación de las “matrices” mediante el semen fertilizador, “el agua del corazón”. Estas delicadas y ardientes emociones se dejaron en manos de la atractiva, seductora, sensual y voluptuosa diosa del amor, Inanna, particularmente adorada en Uruk, una de las principales ciudades sumerias, desde al menos el 3000 a.c. Probablemente no mucho más tarde, algunos de los sacerdotes y teólogos más imaginativos y clarividentes de Uruk concibieron la alentadora idea de convertir a su rey en el amante y esposo de la diosa para que, de este modo, compartiera con ella su inapreciable poder fertilizador y su divina inmortalidad…»

Es gracias a los poetas y mitógrafos de Sumer que conocemos algunos detalles de este rito practicado por reyes históricos como Shulgi de Ur e Iddin-Dagan de Isin. Ellos encarnaban a Dumuzzi, el pastor que era elevado a la condición de deidad de la vegetación por su relación con la diosa, interpretada, probablemente, por una de sus sacerdotisas. No es posible saber con qué frecuencia tenía lugar la ceremonia ni quiénes más participaban en ella. Se sabe, no obstante, que el rey traía al Eanna o santuario los animales para el sacrificio, luego se engalanaba con los me, misterios o emblemas de poder, y entraba en el lecho de Innana. Los poemas hablan de una cama de cedro y juncos con un cobertor muy especial, del perfume rociado en el suelo y del gran banquete de después. En los siguientes versos se aprecia el resultado de la unión:
Cuando se levantó del regazo del rey,
las plantas se alzaron junto a ella, el grano se alzó junto a ella,
la estepa, como un exuberante jardín, floreció junto a ella.
En 'la Casa de la Vida', la casa del rey,
su esposa moraba con él alegremente,
en 'la Casa de la Vida', la casa del rey,
Inanna moraba con él alegremente.
Durante la última generación de Babilonia, habiéndose levantado Marduk como deidad principal, fue este quien participó en la unión sagrada con la diosa Serpanitu, a veces identificada con Ishtar, semejante a Inanna. Ishtar era la diosa de la prostitución sagrada, por lo que sería una de sus sacerdotisas o hieródulas la que, según Heródoto, dormía con el dios en Esagila, el etemenanki (zigurat), un gran complejo arquitectónico con fines religiosos. Este matrimonio sagrado ocurría el décimo día de los doce de Akitu (de “cebada” en sumerio), un festival de primavera entre el 21 del mes Adar y el 1 del Nisannu, considerado el primer mes del año (equivalente a marzo-abril del calendario gregoriano).
Así lo refiere Heródoto en Historias:
«En la última torre se encuentra una capilla, y dentro de ella una gran cama magníficamente dispuesta, y a su lado una mesa de oro. No se ve allí estatua ninguna, y nadie puede quedarse de noche, fuera de una sola mujer, hija del país, a quien entre todas escoge el Dios, según refieren los Caldeos, que son sus sacerdotes. Dicen también los Caldeos (aunque yo no les doy crédito) que viene por la noche el Dios y la pasa durmiendo en aquella cama, del mismo modo que sucede en Tébas del Egipto, como nos cuentan los egipcios, en donde duerme una mujer en el templo de Júpiter tebano...»
Zeus y Hera
Durante mucho tiempo se ha pensado que el matrimonio de los griegos Zeus y Hera, era otro paradigma del hierós gamos. Sin embargo, los estudios que ha motivado la escasa mitología de la diosa Hera como primera dama del Olimpo, parecen arrojar que no se trata de una unión demasiado especial. Los autores más contemporáneos parecen coincidir en que la diosa debió tener, en el pasado, una relación más estrecha con la sexualidad y la fertilidad, representando algún aspecto de la madre tierra que fue eventualmente olvidado casi del todo. Para ello se basan en las conocidas desavenencias maritales con Zeus y su escasa fecundidad, habiendo sido madre de pocos y segundones personajes como Hebe e Ilitia. De tal modo, Hera reduciría su feminidad a ser la celosa guardiana de la tradición del matrimonio, y el sexo que tiene con Zeus no es el sexo fecundador, sino el que le corresponde como novia o esposa legítima.

James Barry, entre 1790 y 1799
Los ejemplos de ritos hierogámicos inspirados en el matrimonio de Zeus y Hera son escasos y oscuros. De uno de los más famosos, que tenía lugar en el Heraion de Samos, nos dice José Carlos Bermejo Barrera:
«El estudio del ritual de Samos tampoco nos muestra la figura de una Hera especialmente fecunda, ni parece celebrarse en ella una unión sagrada entre la diosa y su esposo, sino que los datos que de la fiesta poseemos y el episodio adyacente en el que a través de la estatua del Heraion se narra la metarmofosis ornitológica de Zeus nos traen a la mente el recuerdo de una unión clandestina y no de una pareja que celebra un solemne matrimonio, con lo que la hierogamia de Argos defendida por Cook y por Nilsson, aunque este último, teniendo en cuenta estos hechos ya afirmaba que la unión podría no ser necesariamente bajo la forma de un hieros gamos, pierde buena parte de su valor.»
Este autor, haciendo un análisis del simbolismo de plantas y animales relacionados con la diosa y con sus uniones, reivindica su carácter sexual en detrimento del fecundador. Expone, por ejemplo, que el cuco o cuclillo en el que se transforma Zeus para cortejarla y que luego Hera lleva en su cetro, es considerado la antítesis de la paternidad porque abandona sus huevos en los nidos de otros pájaros. Con este análisis Bermejo Barrera pretende demostrar que, de los mitos, no siempre se pueden extraer teorías sistemáticas, identificándolos con fenómenos naturales o sociales, sino que, en ocasiones como la de este matrimonio, representan aspectos particulares del comportamiento humano y de la cultura que los engendró.
Bermejo cita a otros autores para reforzar su tesis: «A. B. Cook ha estudiado detenidamente, tanto a nivel mítico como ritual, las tradiciones griegas en torno al hierós gamos, y al observar la ausencia de testimonios primitivos que contengan esta tradición concluye afirmando que ello: “hace surgir la sospecha de que el hierós gamos es de una introducción relativamente reciente”, teniendo probablemente además un origen oriental, como señala también Marielouise Cremer, al estudiar las tradiciones iconográficas.» Finalmente expone que un caso legítimo de este ritual sería, cuanto más, el que tenía lugar en Cnossos, apenas atestiguado por un texto de Diodoro Siculo e interpretado como una manera de fomentar la fertilidad agrícola.
Otros ejemplos de matrimonios sagrados
En este punto parece bastante obvio que, en principio, ninguna de las diosas mencionadas era una diosa del matrimonio o una diosa madre. El matrimonio sagrado o la sacra hierogamia no tenía una implicación moral ni era el modelo de los matrimonios comunes, sino un rito de fertilidad altamente estilizado con tonos litúrgicos. Incluso cuando tenía un carácter orgiástico, estaban separados el sexo ritual de las costumbres populares.
En La Rama Dorada, Frazer menciona otros ejemplos de presuntas uniones hierogámicas dentro y fuera de Grecia.
- «En los grandes misterios solemnizados en Eleusis durante el mes de septiembre, la unión del dios celestial Zeus con la diosa del cereal Deméter, parece que se representaba por la unión del hierofante con la sacerdotisa de Deméter, que hacían respectivamente las partes de dios y diosa. Pero su cópula era solamente escénica o simbólica, pues el hierofante se privaba él mismo temporalmente de la virilidad, por una aplicación de cicuta. Cuando las antorchas se apagaban, la pareja descendía a un lugar obscuro, mientras la muchedumbre de los devotos aguardaba en ansiosa expectación el resultado de la mística popular, de la que creían dependía su propia salvación. Transcurrido algún tiempo, aparecía el hierofante y en una ráfaga luminosa exhibía silenciosamente a la asamblea una espiga de cereal, el fruto de la unión divina. Después, con voz fuerte, exclamaba: “La reina Brimo ha parido un muchacho Brimo sagrado”, con lo que quería decir: “La omnipotente ha parido al omnipotente”. La madre del cereal, efectivamente, había dado nacimiento a su niño “el grano” y sus dolores de parto se representaban en el drama sagrado. La revelación de la espiga parece que fue el acto culminante de los misterios…»
- «…En Suecia, anualmente paseaban por la comarca en una carreta, acompañada por una bella muchacha que denominaban la esposa del dios, una imagen de tamaño natural de Frey, el dios de la fertilidad de los animales y plantas. La muchacha actuaba también como su sacerdotisa en su gran templo de Upsala. Por dondequiera que pasara la carreta con la imagen del dios y su florida y joven novia, el pueblo se agolpaba hacia ella y le ofrendaba sacrificios para tener un año fructífero.»
- «…Se sabe que los indios de un poblado del Perú casaron a una bellísima muchacha de unos catorce años de edad con una piedra que tenía forma humana y que consideraban como un dios (huaca). Todos los aldeanos tomaron parte en la ceremonia matrimonial, que duró tres días y fue acompañada de gran francachela. Después de esto, ella quedó virgen y dedicada a sacrificar por el pueblo al ídolo. Le mostraban la mayor reverencia y la consideraban como una diosa. Todos los años, hacia la mitad de marzo, cuando comienza la época de la pesca, con la brancada de barredera los indios algonquinos y hurones casaban sus redes con dos niñas de seis a siete años. En el banquete nupcial colocaban la red entre las dos doncellas y la exhortaban a tener valor y capturar muchos peces. La razón de escoger novias tan jóvenes era para estar seguros de su virginidad. Cuentan que el origen de la costumbre fue éste: un año cuando la época de pesca iba a empezar, los algonquinos tiraron sus redes como de costumbre, mas no cogieron nada. Sorprendidos por su falta de éxito no sabían qué hacer, hasta que el genio (oki), o alma de la red, se les apareció en forma de un hombrachón que les dijo con gran cólera: “he perdido mi esposa y no he podido encontrar una que no haya conocido otro hombre; por esto no tenéis éxito ni lo tendréis mientras no me deis una solución”. Los algonquinos tuvieron consejo y resolvieron apaciguar al espíritu de la red casándolo con dos muchachas muy niñas para que no pudiera tener motivo de disgusto por ello. Así lo hicieron y la pesca volvió con abundancia. La noticia corrió entre sus vecinos y los hurones adoptaron esta costumbre. Daban parte de la pesca a las familias de las dos niñas que actuaban de novias de la red aquel año.»
- «Una costumbre análoga se sabe que prevaleció en las islas Maldivas antes de la conversión de sus habitantes al Islam. El famoso viajero Ibn Batuta ha descrito la costumbre y la manera como llegó a terminarse. Le aseguraron varios nativos fidedignos, cuyos nombres él da, que cuando las gentes de las islas eran idólatras, se aparecía a ellos todos los meses un espíritu maligno entre los Jins que llegaban cruzando el mar bajo la apariencia de un barco lleno de lámparas encendidas. Los habitantes, tan pronto como lo percibían, tomaban una virgen y adornándola la conducían a un templo pagano situado a la orilla y con una ventana mirando al mar. Dejaban a la damisela toda la noche y cuando volvían por la mañana la encontraban sin doncellez y muerta. Cada mes se echaba suertes y el que le tocaba daba su hija al Jin del mar. La última doncella así ofrecida al demonio fue rescatada por un piadoso beréber que recitando el Corán rechazó al Jin hasta el mar.»

Esta última historia recuerda claramente un conocido tipo de cuento popular que existe en casi todas las tradiciones alrededor del globo. En cierto país hay la plaga o calamidad de una serpiente de muchas cabezas, dragón u otro monstruo semejante que destruía a todos si no le ofrecían periódicamente una víctima humana, generalmente una virgen. Muchas víctimas han perecido ya y al fin la suerte ha recaído sobre la hija del rey, que va a ser sacrificada cuando el héroe del cuento, frecuentemente un joven de humilde cuna, se interpone en su defensa, mata al monstruo y recibe la mano de la princesa como premio.
En la alquimia
Esta parece haber sido la primera evolución de la hierogamia hasta nuestros tiempos. Ahora bien, a partir de la dinastía ptolemaica comenzaron a fusionarse un grupo de corrientes de pensamiento a caballo entre la ciencia y la magia, algunas cuyos orígenes son oscuros incluso hoy. El hermetismo se consagró como la sistematización helénica de la ciencia de los sacerdotes egipcios, mezclada con la última manifestación del platonismo en el mundo antiguo, que ya traía aportes de las doctrinas filosóficas de Pitágoras, Aristóteles o Zenón, unidas al misticismo hebreo e hindú. Más tarde, los primeros siglos del cristianismo y la Edad Media fueron el caldero en el que se coció todo, dando lugar al oscurantismo, los grimorios, las herejías y la alquimia. El renacimiento ofreció las condiciones ideales para que cristalizaran una vez más los viejos misterios iniciáticos y es cuando terminan de constituirse fraternidades como la Francmasonería y la Orden Rosacruz, que brillarán en todo su esplendor durante el periodo decimonónico. Es entonces cuando Helena Blavatsky, Henry Steel Olcott y William Quan Judge impulsan el movimiento teosófico que agrega más elementos orientales a esta suerte de caldosa esotérica universal. Para entonces la hierogamia ya no es sexo ritual y propiciatorio de una buena cosecha, sino una construcción mucho más ¿luminosa?

La alquimia fue la que mejor interpretó las ansias de conocimiento del hombre. Como ciencia incipiente, carecía de un vocabulario técnico apropiado, por lo que los alquimistas debieron utilizar términos y símbolos de la mitología bíblica y pagana, la astrología, la cábala y otros campos místicos y esotéricos para dar sentido a sus experimentos. Además, era necesario encriptar toda la información con capas y capas de simbología para evitar las acusaciones de brujería. Eventualmente, la alquimia espiritual o filosófica se impuso, era más fácil costearla y sus fines más elevados y trascendentales. La trasmutación de metales viles en oro comenzó a interpretarse como la propia trasmutación del alquimista de un estado inferior a uno superior del espíritu, y así con cada operación de laboratorio. Los verdaderos alquimistas no eran los que fabricaban pólvora, ungüentos y maquillaje sino los que buscaban la iluminación.
Dentro de la complejísima simbología alquímica también se encuentra el concepto de la boda alquímica, que se refiere a un tipo especial de hierogamia. Se trata de la unión de los opuestos, el matrimonio de la Tierra y el Cielo, el Azufre y el Mercurio, el Cuerpo y el Espíritu, el Sol y la Luna, el Rey y la Reina, lo masculino y lo femenino. Este matrimonio ocurría al final de cada una de las cuatro etapas del Opus magnum o Gran obra, cuando el alquimista dominaba el fuego correspondiente. En cada nivel o peldaño del proceso se aplica, se repite, el principio alquímico de «solve et coagula» (disuelve y concretiza). La forma tiene que deshacerse cada vez para que vuelva a cobrar un nivel más alto de conciencia y una forma más pura. La boda alquímica que ocurre en cada etapa lo hace en presencia de una variedad cada vez más sutil de amor, que es la fuerza unificadora: gradualmente pasa del amor sensible al amor místico. La última unión significaba la obtención de la piedra filosofal, la transmutación definitiva, la aparición del ser perfecto original.
El guía, impulsor, mediador, motivador de todo el proceso es Hermes/Mercurio, la Sabiduría. En la Aurelia Occulta, un texto alquímico del s. XVII, se dice:
«… Te otorgo las fuerzas de lo masculino y lo femenino, incluso también las del cielo y la tierra. Con valor y generosidad se han de usar los misterios de mi arte […]. Los filósofos me llaman Mercurius; mi esposo es el oro filosófico; soy el viejo dragón, presente en todos los lugares de la tierra, padre y madre, joven y anciano, muy fuerte y débil, muerte y restablecimiento, visible e invisible, duro y blando; bajo a la tierra y asciendo al cielo; soy lo superior y lo inferior, lo más ligero y lo más pesado; en mí, el orden de la naturaleza muchas veces se vuelve del revés en el color, número, peso y medida; mantengo la luz de la naturaleza; soy oscuro y claro, surjo del cielo y de la tierra, soy conocido y sin embargo no existo en absoluto… Soy el brillante carbúnculo solar, la tierra radiante más preciosa, a través de la cual puedes transmutar cobre, hierro, zinc y plomo en oro».
En 1616 aparecía en Estrasburgo una de las obras más relevantes de la literatura esotérica europea, “Las Bodas Químicas de Christian Rosacruz”, atribuida a Valentín Andreae. Este texto es una elaboradísima metáfora del proceso de iniciación dividido en 7 jornadas, alegoría de las Siete Puertas que el místico ha de atravesar, de los siete órganos sutiles del hombre que según el sufismo van despertándose progresivamente a lo largo de su ascensión espiritual, de los siete días de la creación y de los siete pétalos de la rosa mystica. Entre los egipcios el siete era el número de la vida eterna, y esta vida eterna no es sino la que sucede a la resurrección, el gran misterio hacia el que se dirige la trama de las “Bodas Alquímicas”.
Toda esta abstracción parece responder a la necesidad de una especie de reivindicación y emancipación del ser humano sobre procesos inevitables como la muerte, la frustración ante ideas tan intangibles como la felicidad y artificios sociales de represión como la religión, en particular el cristianismo. Todo redunda en una sublime reconciliación de lo que se es y lo que no se es, lo que se quiere y lo que se puede, traducido en la unión de caracteres opuestos y energías diferentes para alcanzar lo inalcanzable, la inserción del ser humano en lo divino. Sin embargo, lo que realmente se consigue es una suerte de equilibrio, armonía o paz espiritual que resulta del más profundo autoconocimiento, lo que la psicología analítica de Carl Gustav Jung llama individuación, es decir, «llegar a ser un individuo y, en cuanto por individualidad entendemos nuestra peculiaridad más interna, última e incomparable, llegar a ser uno Mismo».
El origen de los símbolos
Ahora bien, ¿de dónde ha tomado la alquimia sus símbolos? Podríamos decir que esta filosofía se había estado gestando en el pensamiento mágico-mitológico-religioso de la humanidad desde sus orígenes, por eso no fue nada difícil encontrar elementos análogos. Uno de los principales símbolos de la boda alquímica es el Andrógino o Rebis alquímico. Se le representa como un ser doble, hembra y varón en el mismo cuerpo y recuerda la materia prima inicial, antes de la creación, antes de que ocurriera cualquier tipo de mácula. Según la leyenda alquímica, Dios creó en un principio a Rebis, que era hermafrodita y perfecto, a su imagen y semejanza. Pero una vez lo hubo creado no le gustó que hubiese otro ser tan poderoso como Él y decidió dividir a Rebis en dos sexos: dos seres que, independientemente, eran débiles e imperfectos, pero podían reproducirse y aumentar la especie. No obstante, quedó en ellos un recuerdo de su esencia anterior, de su perfección perdida, una reminiscencia de su pasado de esplendor cuando eran el Rebis, y por eso les surgió el deseo de superarse, y por eso el ser humano no se conforma, sino que siempre intenta ir más allá, mejorar, y elevarse.
Según esta leyenda, Rebis es el Adam Kadmon de la cábala hebrea, el ser primordial, porque cuando todavía no le había sido sacada la “costilla”, Adán no era propiamente un hombre, puesto que llevaba en su interior a la mujer.

Este ideal del ser completo y descompletado al principio de los tiempos es antiquísimo. En El Banquete, un diálogo platónico compuesto hacia el 380 a. C., se refiere por primera vez el mito según el cual, primitivamente había tres especies de hombres dobles: dos hombres unidos, dos mujeres unidas, un hombre y una mujer unidos, el Andrógino. Estaban unidos por el ombligo, y tenían cuatro brazos, cuatro piernas, dos semblantes en una misma cabeza, opuestos el uno al otro y vueltos del lado de la espalda, los órganos de la generación dobles y colocados del lado del semblante, por debajo de la espalda. Los dos seres unidos de esta manera, sintiendo amor el uno por el otro, engendraban sus semejantes, no uniéndose, sino dejando caer la semilla a tierra como las cigarras. Esta raza de hombres era fuerte. Se hizo orgullosa y atrevida hasta el punto de intentar, como los gigantes de la fábula, escalar el cielo. Para castigarles y disminuir su fuerza, Júpiter resolvió dividir sus cuerpos. Apolo se encargó de la curación de las heridas en el vientre y el pecho, y para humillar a los culpables, volvió el semblante del lado en que se hizo la separación, para que tuvieran siempre a la vista el recuerdo de su desgracia. Júpiter puso los órganos de la reproducción en la parte anterior, pero desde entonces solo puede unirse el varón con la hembra. Sin embargo, en el amor que sienten el uno por el otro, han guardado el recuerdo de su antiguo estado: los hombres, nacidos de hombres dobles, se buscan y se aman entre sí; como las mujeres, nacidas de mujeres dobles, se buscan y se aman a su vez; como las mujeres, nacidas de los andróginos, buscan y aman a los hombres, y como los hombres, nacidos de los mismos andróginos, buscan amar a las mujeres.
En el mito zoroástrico de la creación, Gayomart (vida mortal u hombre mortal) es el ser primordial creado por Ormuz (Ahura Mazda). Al morir, su cuerpo se descompone en plata y oro, dando origen a los metales. Unos dicen que Ormuz mezcló su sangre con la tierra y otros que su semen fue purificado en el Sol y enterrado. El hecho es que de él germinó el árbol Heom, un ruibarbo andrógino de cuyas ramas se originaron las primeras parejas humanas, empezando con Meshya y Meshyana, el primer hombre y la primera mujer.
En el hinduismo, según el Purusha-sukta (un himno del Rigveda), el Purusha es un gigante de mil cabezas y mil pies, que fue sacrificado y desmembrado por los devas (dioses): su mente se convirtió en la Luna, sus ojos en el sol y su respiración en el viento. Con su cuerpo se construyeron el mundo y las castas. De él emanó el Virash, el principio creativo femenino, por el cual renacía antes de que el mundo fuera hecho con sus restos. Con el sacrificio del Purusha, el canto védico fue lo primero que se creó. También se crearon los caballos y las vacas. Los brahmanes (sacerdotes) fueron hechos de la boca, los chatrías (militares) de sus brazos, los vaishias (artesanos) de sus muslos, y los shudrás (esclavos) de sus pies. Los cielos emergieron de su cráneo, los dioses Indra y Agní de su boca. Se consideraba que los dalits (parias), no habían nacido del Purusha. Según la escuela samkhia, para que el ser humano encuentre su verdadero yo, el Purusha (el varón, la conciencia pura) tiene que ser puesto en contraste con la Prakriti (lo femenino, la materia) que contiene los órganos, los sentidos y el intelecto.
Algo muy parecido ocurre en la mitología nórdica con el gigante Ymir.
