Púca

Púca significa "espíritu" o "fantasma" en irlandés (plural púcaí). Es un cambiaformas, generalmente aparece como un animal, un perro, un gato, una cabra, un cuervo, una liebre, aunque tal vez prefiere ser un hermoso caballo, casi siempre con el pelaje oscuro y los ojos dorados. Cuando aparece con forma humana, lo delatan sus orejas o su cola de animal.

En algunos lugares del condado de Down, púca se manifiesta como un duendecillo pequeño y desfigurado que exige parte de la cosecha; en County Laois es el típico bogeyman (el coco u hombre del saco), mientras que en Waterford y Wexford aparece como un águila de enorme envergadura y en Roscommon como una cabra negra.

Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si el término fue introducido en el idioma nórdico por el idioma celta, o en el idioma celta por el idioma nórdico. Hasta ahora va ganando el idioma celta por la abundancia de topónimos. En islandés antiguo se le conoce como púki, en noruego y sueco es puke (“espíritu maligno”). En Gales lo llaman pwca y en Cornualles bucca. También existen variantes en Francia.

Aunque generalmente se traduce como “espíritu maligno”, “diablo” o “demonio”, algunas variantes germánicas sugieren que la raíz etimológica se refiere a "rana", "sapo gordo o hinchado". Todo parece indicar que originalmente era un espíritu doméstico, un duende del hogar semejante al kobold alemán, al brownie escocés, al domovoi eslavo, generalmente imaginados con aspecto de niños o ancianos pequeños y regordetes.

Puca

No hay consenso sobre si es bueno o malo. En algunas historias ayuda a los granjeros, en otras es un ser terrible semejante a un vampiro, que puede llegar a devorar personas. A veces previene o da consejos a los caminantes que están por toparse con algún peligro, lo que también le ha ganado fama de agorero. Algo curioso es que suele identificarse como Púca, es decir, no intenta ocultar su identidad como otras apariciones. Lo que es indiscutibles es que tiene predilección por hacer travesuras, sobre todo convertirse en un caballo negro y recorrer los campos sembrados, destrozar puertas y vallas, y darles paseos terroríficos a los jinetes que logre atraer –porque Púca puede hablar la lengua de los hombres. Por eso se recomienda llevar siempre unas espuelas, así la criatura no se acerca o, si lo hace, es posible que puedas controlarla. Las espuelas, sin embargo, no son solo útiles por su función de causar dolor, sino por el antiguo tabú del hierro: las criaturas mágicas no lo resisten, así que casi cualquier objeto de este material puede ser útil. A diferencia del kelpie, que sumergirá a su jinete en un cuerpo de agua para ahogarlo y devorarlo, el Púca no le hará ningún otro daño.

El “viaje salvaje”, que trastorna al jinete y lo hace perder la memoria, debe estar relacionado con cierta historia que involucra a Brian Boru, el famoso rey supremo de Irlanda. Se cuenta que el rey logró montar un Púca con forma de caballo utilizando una brida hecha con tres pelos de la cola del animal. El monarca, que estaba en muy buena forma física, se mantuvo firme hasta que el Púca se dio por vencido, completamente agotado; entonces obligó a la criatura a jurar que nunca más atacaría a otro irlandés a no ser que estuviera borracho o tuviese malas intenciones. De ahí que algunos bebedores utilicen el “viaje salvaje” para justificar los efectos de su resaca.

Moras silvestres

Púca está asociado a tradiciones agrícolas y en particular a Samhain. Se cree que después de recogida la cosecha, todo lo que queda en el campo es “púka” o maldito, y por lo tanto no comestible. A veces los segadores dejaban una pequeña parte sin recoger para complacer a la criatura. En algunos lugares se creía que Púca defecaba o escupía sobre las frutas silvestres, haciéndolas incomibles. Esto no solo servía como un incentivo para terminar el trabajo de recolección a tiempo, sino que funcionaba como un recordatorio del peligro de ciertos hongos de la temporada. El 1 de noviembre es el “día de Púca” y el único del año en que se puede esperar que se comporte civilizadamente.

Katharine Briggs, en su monumental obra An Encyclopedia of Fairies (1976), dice que:

«Por lo general es una especie de BOGY o BOGEY-BEAST, algo así como el Picktree BRAG del norte de Inglaterra, que adopta varias formas, por lo general un caballo, pero también un águila o un murciélago, además es responsable cuando las personas sufren alguna caída. Han ocurrido muchos paseos salvajes en la espalda un Phouka. Es él quien echa a perder las moras después de Michaelmas (día de San Miguel Arcángel, el 29 de septiembre, próximo al equinoccio de otoño). Esto es lo que opina Crofton CROKER. Sin embargo, según Lady WILDE, está más cerca del BROWNIE o del HOBGOBLIN.»

La versión inglesa del Púca es Puck, el archiconocido personaje de Shakespeare en Sueño de una noche de verano, aunque obviamente es mucho más antiguo. Los ingleses también lo llaman Robin Goodfellow o Hobgoblin. Goodfellow sería una forma amable y aduladora de tratar a estas criaturas, que suelen ser vanidosas y de carácter voluble.

Puck y las hadas, por Joseph Noel Paton. Detalle de Sueño de una noche de verano

La habilidad de Púca para cambiar de forma y de carácter le permite encajar en una inmensa cantidad de patrones y de historias, y cada narrador se queda con el aspecto que más le agrada. Obviamente, la leyenda también se ha visto influenciada por tendencias modernas: para algunos Púca es un macho cabrío, todo lo satánico que se podría esperar, para otros es una especie de conejo de pascua creepy. Lo más probable es que nunca haya sido ni bueno ni malo, sino un vecino sobrenatural con el que se podían tener buenas o malas relaciones.

Puca8

Aquí les dejo dos cuentos de Púca para que lo pongan en contexto. El primero, “La ayuda del Phouka”, traducido por mí, de Ancient Legends Of Ireland (Lady Wilde, 1919) y el segundo, “El gaitero y el Puca”, de Cuentos de duendes (por Douglas Hyde).


La ayuda del Phouka

El Phouka es un ser amigable y, a menudo, ayuda al agricultor en su trabajo si lo trata bien y con amabilidad. Un día, el hijo de un granjero estaba cuidando ganado en el campo cuando algo pasó a su lado como el viento; pero no se asustó, porque sabía que era el Phouka de camino al viejo molino, junto al foso donde las hadas se reunían todas las noches. Así que gritó: “¡Phouka, Phouka! muéstrame cómo eres y te daré mi gran abrigo para que mo pases frío. Entonces se le acercó un toro joven azotando la cola como un loco, pero Phadrig le echó el abrigo por encima y ​​al instante se quedó quieto como un cordero, y le dijo al muchacho que fuera al molino esa noche cuando saliera la luna, si quería tener buena suerte.

Así que Phadrig fue, pero no vio nada excepto sacos de maíz tirados en el suelo, porque los hombres se habían quedado dormidos y no se había hecho el trabajo. Entonces él también se acostó y durmió, porque estaba muy cansado; y cuando se despertó temprano en la mañana, todo el maíz estaba molido, aunque ciertamente los hombres no la habían hecho, porque aún dormían. Y lo mismo sucedió durante tres noches, después de lo cual Phadrig decidió mantenerse despierto y vigilar.

En el molino había un cofre viejo y se escondió adentro, mirando por el ojo de la cerradura para ver qué pasaba. Exactamente a la medianoche entraron seis muchachitos, cada uno con un saco de maíz a la espalda, y tras ellos venía un anciano vestido con andrajos, y les ordenó que hicieran girar el molino, y ellos giraron y giraron hasta que todo estuvo listo.

Entonces Phadrig corrió a decírselo a su padre, y el molinero determinó velar la noche siguiente con su hijo, y ambos juntos vieron la misma escena.

“Ahora”, dijo el granjero, “veo que es Phouka quien hace el trabajo, pues déjalo hacerlo si le place, porque los hombres son perezosos y solo saben dormir”.

Después de esto, el granjero se hizo tan rico que su dinero no tenía fin, pues no tenía que pagarle a nadie y todo su maíz se molía sin gastar un centavo. Por supuesto, la gente se hacía preguntas sobre su riqueza, pero él nunca les habló de Phouka, o su indiscreción habría echado a perder su suerte.

Phadrig iba a menudo al molino y se escondía en el cofre para poder ver a las hadas trabajando; pero sentía mucha lástima por el pobre viejo Phouka con sus ropas andrajosas, que sin embargo lo dirigía todo y a veces se esforzaba mucho en mantener en orden a los más pequeños. Así que Phadrig, por generosidad y gratitud, compró un fino traje de lino y seda y lo dejó una noche en el suelo del molino, justo donde el viejo Phouka se paraba para dar sus órdenes a los hombrecitos; luego se deslizó en su escondite para mirar.

“¿Qué es esto?” dijo el Phouka cuando vio la ropa. “¿Es para mí? Me veré como todo un caballero.

Y se puso el traje, y luego comenzó a caminar de un lado para otro admirándose a sí mismo. De repente recordó el maíz y fue a moler como de costumbre, luego se detuvo y gritó:

“No. No más trabajo para mí. Los buenos señores no muelen maíz. Saldré a ver un poco de mundo y mostraré mi ropa fina”. Y pateó los trapos viejos en un rincón y salió.

Esa noche no se molió más maíz, ni la siguiente, ni la siguiente; todos los pequeños Phoukas huyeron, y no se escuchaba un sonido en el molino. Entonces Phadrig se arrepintió mucho de la pérdida de su viejo amigo y solía salir al campo y gritar: “¡Phouka, Phouka! regresa a mí. Déjame ver tu cara.” Pero el viejo Phouka nunca volvió, y durante toda su vida, Phadrig nunca volvió a ver el rostro de su amigo. Sin embargo, el granjero había ganado tanto dinero que no necesitaba más ayuda, y vendió el molino, y educó a Phadrig para que fuera un gran erudito y un caballero, con su propia casa, tierras y sirvientes. Con el tiempo se casó con una hermosa dama, tan hermosa que la gente decía que debía ser la hija del rey de las hadas.

Algo extraño sucedió en la boda, porque cuando todos se pusieron de pie para beber a la salud de la novia, Phadrig vio a su lado una copa de oro llena de vino. Nadie supo cómo había llegado hasta allí; pero Phadrig supuso que era un regalo de Phouka, y bebió el vino sin miedo e hizo beber también a su novia. Desde entonces sus vidas fueron felices y prósperas, y la copa de oro se guardó como un tesoro familiar, y los descendientes de Phadrig la tienen en su poder hasta el día de hoy.


El gaitero y el Puca

Hace mucho tiempo había un hombre medio tonto que vivía en Dunmore, en el condado de Galway, que a pesar de ser tremendamente aficionado a la música y tocar bien la gaita era incapaz de aprender otra canción que no fuera The Black Rogue (El negro canalla). Solía sacarse un buen dinerillo de los caballeros, porque estos acostumbraban a divertirse con él. Una noche, el gaitero volvía a su morada, de una casa donde había habido un baile, e iba medio borracho. Cuando llegó a un pequeño puente que había cerca de la casa de su madre, apretó la gaita y comenzó a tocar The Black Rogue. De pronto, un Puca vino por detrás y, de un empujón, lo tiró sobre su espalda. El Puca tenía largos cuernos y el gaitero se agarró fuertemente a ellos. Entonces le dijo:

-¡Maldita seas, bestia asquerosa; déjame ir a casa! Tengo una moneda de diez peniques para mi madre en el bolsillo, y ella quiere rapé.

-No te preocupes por tu madre y mantente agarrado -dijo el Puca-. Si te caes, te romperás el cuello y también se romperá la gaita. Toca el Ant-seannbhean bhocht para mí.

-No me la sé.

-No importa si la sabes o no. Toca y yo te la dejaré saber -respondió el Puca.

El gaitero llenó de aire la bolsa y comenzó a tocar tan buena música que quedó él mismo maravillado.

-Palabra de honor que eres un gran maestro de música -dijo entonces el gaitero-; pero dime a dónde me llevas.

-Hay un gran festín esta noche en casa de la Banshee, en la cima de Croagh Patric, y voy a llevarte allí para que toques, y te doy mi palabra de que saldrás recompensado por las molestias.

-¡Vaya!, pues créeme que me vas a ahorrar un viaje -respondió el gaitero-, porque el padre William me puso un viaje a Croagh Patric de penitencia por haberle robado su ganso blanco el día de San Martín.

El Puca lo transportó a toda velocidad a través de colinas y ciénagas y escabrosos parajes, hasta que llegaron a la cima de Croagh Patric. Entonces el Puca golpeó tres veces con su pata. Una gran puerta se abrió y pasaron los dos a una elegante habitación.

El gaitero vio una mesa dorada en el centro de la habitación y cientos de ancianas sentadas alrededor. Una mujer se levantó y dijo:

-Recibe cien mil bienvenidas, oh Puca de noviembre (na Samhna). ¿Quién es este que has traído contigo?

-El mejor gaitero de Irlanda -contestó el Puca.

Una de las ancianas dio un golpe en el suelo y se abrió una puerta en uno de los muros y ¿a quién vio el gaitero saliendo de ella sino al ganso blanco que había robado al padre William?

-Por mi conciencia -exclamó el gaitero- que yo mismo y mi madre nos comimos hasta el último bocado de ese ganso; sólo dejamos un ala, y yo se la di a Moy-rua (Roja María), y ella fue quien le dijo al cura que yo había robado su ganso.

El ganso limpió y retiró la mesa, y el Puca dijo:

-Toca algo de música para estas señoras.

El gaitero se puso a tocar, las mujeres comenzaron a bailar y estuvieron bailando hasta que se cansaron. Entonces el Puca dijo de pagar al gaitero y cada una de ellas sacó una moneda de oro y se la dieron.

-Por el diente de Patric, soy tan rico como el hijo de un Lord -afirmó el gaitero.

-Ven conmigo y te llevaré a tu casa -dijo el Puca.

Salieron y, justo cuando estaba a punto de montarse sobre el Puca, vino el ganso hasta él y le entregó una gaita nueva. No tardaron mucho en llegar a Dunmore de nuevo, y una vez allí, el Puca arrojó al gaitero de su espalda sobre el pequeño puente y le dijo que se fuera a casa, y le habló así:

-Ahora tienes dos cosas que nunca tuviste antes: sentido musical (ciall agus éol) y nuevas canciones.

El gaitero llegó a su casa y llamó a la puerta diciendo:

-Déjame entrar, soy tan rico como un Lord: y soy el mejor gaitero de Irlanda.

-Estás borracho -contestó la madre.

-No precisamente, no he bebido ni una gota.

La madre le dejó pasar y él le dio las monedas de oro y dijo:

-Espera ahora a que oigas la música; voy a tocar.

Se acopló la gaita y comenzó a soplar, pero, en lugar de música, se oyó un sonido como si todas las ocas y gansos de Irlanda gritaran al mismo tiempo. Despertó a los vecinos, que comenzaron a burlarse de él, hasta que cambió la gaita nueva por la vieja, y entonces tocó una melodiosa música para ellos. Después les contó todo lo que le había pasado aquella noche.

A la mañana siguiente, cuando la madre fue a mirar las monedas de oro, no encontró más que hojas de una planta rarísima en su lugar.

El gaitero fue a ver al cura y le contó su historia, pero el cura no le creyó ni una sola palabra, hasta que se puso a tocar la gaita y los chillidos de ocas y gansos aturdieron sus oídos.

-Vete de mi vista, ladrón -dijo el cura.

Pero el gaitero no le hizo ningún caso, y tomando la gaita vieja para demostrar al cura que su historia era verdadera, comenzó a tocarla, y sonó una música espléndida y desde aquel día hasta el día de su muerte no hubo nunca en el condado de Galway un gaitero tan bueno como él.

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