Este artículo está relacionado con un mito que puedes leer completo AQUÍ.
En muchos sentidos y mayormente para su bien, Nueva Zelanda parece un lugar olvidado por el mundo occidental. Más allá de algún que otro haka durante un partido de rugby o la filmación de las películas de Peter Jackson sobre la obra de J.R.R. Tolkien, el país es rara vez mencionado en las noticias y nos llega muy poco de su producción cultural. Sin embargo, también como suele suceder, por resistirnos a mirar hacia otra parte y a buscar por nuestra cuenta en vez de aceptar lo que se apuran en ofrecernos, nos estamos perdiendo el increíble mundo de los maoríes, con todo y su hermosa lengua.
¿Maoríes?
Nueva Zelanda fue uno de los últimos territorios en ser poblados, en su caso por polinesios, alrededor de los siglos XIII y XIV, aunque no hay mucho seguro al respecto. Las primeras teorías sobre el origen de los maoríes son del siglo XVII e incluyen ideas como esta, resumida en un artículo de la prestigiosa enciclopedia virtual Te Ara – the Encyclopedia of New Zealand:
«Los misioneros cristianos evangélicos tenían una interpretación bíblica de la historia, en la que todas las personas eran descendientes de Noé después del Gran Diluvio. Sostuvieron que los “salvajes menos degradados”, incluido el pueblo de Polinesia, habían descendido del hijo preferido de Noé, Shem, mientras que los papúes y los aborígenes australianos “completamente degradados” eran la progenie de su hijo menos favorecido, Ham.»
En el siglo XIX, cuando los análisis de lingüistas como Max Müller pusieron de moda el origen ario de los indoeuropeos, los estudiosos del Pacífico no demoraron en asegurar que la familia de lenguas malayopolinesia (austronesia) ‒incluido el maorí‒ también contenía importantes restos de sánscrito. En esta misma cuerda del origen ario y sugiriendo que la cultura maorí, por su aislamiento, era una versión mejor conservada del original que la griega, la celta o la nórdica, hacia finales de siglo, el etnólogo S. Percy Smith (1840 – 1922) elaboró la llamada “teoría de la Gran Flota”, que sirvió para justificar la colonización de una manera romántica, dándole un origen común al maorí (“común, nativo”) y al pakeha (“blanco, europeo”). La enciclopedia virtual Te Ara lo resume de la siguiente manera:
«El relato de Smith fue el siguiente. En 750 d.C., el explorador polinesio Kupe descubrió una Nueva Zelanda deshabitada. Luego, en 1000-1100 EC, los exploradores polinesios Toi y Whātonga visitaron Nueva Zelanda y la encontraron habitada por un pueblo nómada primitivo conocido como Moriori. Finalmente, en 1350 EC, una ‘gran flota’ de siete canoas -Aotea, Kurahaupō, Mataatua, Tainui, Tokomaru, Te Arawa y Tākitimu- partieron de la región de Tahití al mismo tiempo, trayendo a la gente ahora conocida como maorí a Nueva Zelanda. Se trataba de tribus agrícolas avanzadas y belicosas que destruyeron a los Moriori.»
Esta teoría se enseñó en las escuelas hasta los años 70 del siglo pasado. Para entonces ya había sido ampliamente refutada con pruebas de los métodos poco meticulosos usados por Smith y a la luz de la tecnología del carbono-14 para datar hallazgos arqueológicos.
La tradición oral asegura que los antepasados de los maoríes provienen de la mítica isla de Hawaiki, cuya posible ubicación atormenta a los estudiosos. Actualmente, aunque la evidencia lingüística sugiere que los pueblos de habla austronesia se originaron en islas del este asiático como Taiwán, se considera que la cultura polinesia se desarrolló dentro de la propia Polinesia. Por lo tanto, antropólogos modernos como Douglas G. Sutton, sitúan Hawaiki dentro de la Polinesia Oriental, en la región sur de las islas Cook y la Sociedad, donde se encuentran Tahití y Raiatea como principales candidatas, incluyendo a Hawaii. Los polinesios habrían emigrado deliberadamente, partiendo en diferentes canoas en diferentes momentos y llegando a Nueva Zelanda por primera vez a finales del siglo XIII.
El primer europeo en ver Nueva Zelanda fue el español Juan Fernández en 1576, pero no fue colonizada hasta después de las exploraciones del inglés James Cook en 1769, cuando comenzó a ser frecuentada por barcos balleneros y buques comerciales de Europa y Estados Unidos que, de paso, introdujeron entre la población nativa el mosquete, la patata y un buen surtido de enfermedades desconocidas para los maoríes.
Los primeros misioneros recogieron gran cantidad de tradición oral, pero no lograron captar su significado, sobre todo debido a su limitado conocimiento de la lengua maorí, así que consideraron sus creencias infantiles u obra del diablo. Richard Taylor en las áreas de Taranaki y el rio Wanganui, J F Wohlers en la Isla Sur y William Colenso, que vivió en Bay of Islands y la Bahía de Hawke, fueron las raras excepciones que no compartían esta opinión.
A partir de 1840 hubo muchos coleccionistas ‒no misioneros‒ de tradiciones orales maoríes, como Sir George Grey. Para entonces, además, muchos maoríes sabían leer y escribir y tenían sus propios cuadernos de puño y letra, con versiones de los grandes ciclos mitológicos conocidos en toda la Polinesia.

Tradición oral
Las tres formas principales de la literatura oral maorí y polinesia son el recitado genealógico, la poesía y la prosa narrativa.
- El recitado de las genealogías (whakapapa) estaba muy desarrollado en la literatura oral maorí. Por una parte, proveía una especie de línea temporal que unificaba todos los mitos, tradiciones e historias, desde el pasado remoto hasta el presente. Por otra, conectaba a las personas con sus dioses y sus héroes legendarios y hacía explícito su derecho a hablar sobre ellos. El antropólogo B.G. Biggs escribió en su artículo Maori Myths and Traditions para la Encyclopaedia of New Zealand de 1966: «Lo que a primera vista parece una mera lista de nombres es en realidad un relato críptico de la evolución del universo.»
- La poesía maorí siempre se cantó para diferenciarla de la prosa. Ni la rima ni la asonancia fueron recursos utilizados; solo cuando un determinado texto es cantado es que la métrica se manifiesta.
- La prosa narrativa contiene el cuerpo principal de leyendas maoríes. Algunas parece que pueden haber sido sagradas o esotéricas, pero muchas de las leyendas son historias comunes, relatadas como entretenimiento durante las largas noches de invierno. No obstante, Biggs advierte que «no deben considerarse simplemente como cuentos de hadas… El mito de Maui, por ejemplo, … encarnaba las creencias de la gente sobre cosas como el origen del fuego, de la muerte y de la tierra en la que vivían. Los cánticos rituales relacionados con la fabricación de fuego, la pesca, la muerte, etc., hacían referencia a Maui y derivaban su poder de dicha referencia.»
En su artículo, Biggs recomienda separar las leyendas maoríes en dos categorías: mitos y tradiciones. «Los mitos se establecen en el pasado remoto y contienen una gran parte de lo maravilloso. Encarnan las creencias maoríes sobre la creación del universo y la génesis de los dioses y los hombres. Los fenómenos naturales, el clima, las estrellas y la luna, los peces que nadan en el mar, los pájaros que vuelan en el bosque y los bosques mismos, todos se explican en la mitología. Por lo tanto, gran parte del comportamiento institucionalizado del pueblo encontró sus sanciones en el mito. Los hechizos, rituales y dogmas del sistema mágico-religioso y la visión del mundo de la sociedad maorí se basaron en última instancia en la elaborada mitología heredada de una patria polinesia y modificada y desarrollada en un nuevo entorno. Quizás el rasgo más distintivo del mito, a diferencia de la tradición, es su universalidad. Cada uno de los principales mitos se conoce en alguna versión no solo en Nueva Zelanda sino también en gran parte de la Polinesia.»
Las tradiciones, por otro lado, «hablan de incidentes que son en su mayor parte humanamente posibles. Los vínculos genealógicos con el presente los sitúan dentro del milenio pasado. Están ubicados geográficamente en Nueva Zelanda y su conocimiento se limita a este país. Muchos estudiosos creen que las tradiciones maoríes son básicamente relatos fácticos de acontecimientos históricos.»
En este artículo nos centraremos más en algunos mitos de la creación, así que es válido para compensar, aclarar un poco más el tema de las tradiciones. Biggs las divide en tres tipos, a saber, tradiciones de descubrimiento u origen, tradiciones de migración y asentamiento y tradiciones locales.
Las dos tradiciones de origen o descubrimiento más conocidas son, en primer lugar, la que asigna el descubrimiento de Nueva Zelanda a Kupe y, en segundo lugar, la que consideraba a Toi como el primer antepasado de origen importante. Los intentos de ubicar a los dos en una sola secuencia cronológica, como lo hizo Smith en el siglo XIX, están equivocados.
Las tradiciones migratorias son más numerosas que las tradiciones de origen y pertenecen a áreas más pequeñas y menos tribus. Cada grupo de tribus tenía sus antepasados migrantes que llegaban de Hawaiki en una canoa con nombre, aunque ciertas tribus hacen más énfasis que otras en esta herencia.
Por último, cada tribu y sub-tribu mantuvo su propio registro tradicional particular, contado en su mayor parte en términos de grandes batallas y grandes hombres, y vinculado con el registro genealógico. En algunos casos, la historia es continua e internamente consistente desde la migración hasta el presente. En otros casos, es fragmentario y discontinuo antes de aproximadamente 1600.
Mitos
El cuerpo principal de la mitología maorí se compone de tres grandes ciclos.
- Las genealogías cosmogónicas y las historias relativas a la génesis de dioses y hombres;
- los mitos de Maui
- y el mito Tawhaki.
Aquí haremos énfasis únicamente en el primero, con la intención de ver dos grandes vertientes, la que no incluye al polémico dios supremo Io Matua Kore y la que sí lo hace.
La primera (la que no lo incluye) es más bien breve y si quieres puedes leerla completa aquí, donde he traducido y adaptado la versión de Sir George Grey publicada en 1854 en Polynesian Mythology & Ancient Traditional History Of The New Zealanders. Grey, a su vez, se basó en el relato completo más antiguo que existe de la génesis de los dioses y los primeros hombres, contenido en un notable manuscrito titulado Nga Tama a Rangi (Los Hijos del Cielo), escrito en 1849 por Wii Maihi Te Rangi-kaheke, de la tribu Ngati Rangi-wewehi de Rotorua. El documento ofrece un relato claro y sistemático de las creencias religiosas maoríes sobre el origen de muchos fenómenos naturales, la creación de la mujer, el origen de la muerte y la pesca de tierras. Todos los relatos de otras áreas o tribus confirman la validez general de la versión Rangi-kaheke, que comienza así:
«Amigos míos, escúchenme. El pueblo maorí proviene de una sola fuente, a saber, el gran Cielo que está arriba y la Tierra que está abajo. Según los europeos, Dios hizo el cielo y la tierra y todas las cosas. Según los maoríes, el cielo (Rangi) y la tierra (Papa) son ellos mismos la fuente».
Ahora bien, incluso antes de Rangi y Papa, las distintas versiones se refieren ‒mucho o poco‒ a una especie de evolución del universo en forma de genealogías, queincluyen una serie de temas simbólicos importantes. Estos relatos generalmente comenzaban con Te Kore (caos o vacío), luego Te Pō (la noche) y luego Te Ao Mārama (el mundo de la luz). Cada uno de estos periodos tendría numerosas etapas que se habrían sucedió durante eones de tiempo. En otras versiones la evolución del universo se compara con un árbol, con sus raíces y ramificaciones, o con el desarrollo de un niño en el útero. Algunos o todos estos temas pueden aparecer, incluso, en la misma genealogía.

En el centro de la religión maorí estaban los atua o dioses. El mito de la creación más extendido se refiere a los hijos de Ranginui (el padre Cielo) y Papatūānuku (la madre Tierra), que al principio estaban encerrados en el abrazo de sus padres. Eventualmente decidieron separarlos y todos (con la oposición de Tāwhirimātea) lo intentaron y fracasaron, hasta que Tāne se puso de cabeza y empujó el cielo hacia arriba con sus piernas. Tāwhirimātea se convirtió en el dios del viento, Tāne en el dios del bosque, Tangaroa en el dios del mar, Rongo en el dios de los alimentos cultivados, Haumia en el dios de los alimentos silvestres y Tumātawenga en el dios de la guerra y de la humanidad.

Esta versión del mito es bastante fabulosa, pero hay otra, en particular, mucho más extensa, más esotérica y también más cuestionable. Aparece en un libro de 1913 titulado The Lore of the Whare-wānanga o Enseñanzas del Colegio Maorí, un trabajo conjunto de S. Percy Smith, de quien ya hemos hablado, y Hoani Te Whatahoro Jury (1841-1923), un erudito, grabador y traductor maorí del iwi (tribu) Ngāti Kahungunu. Whatahoro transcribió y Smith tradujo lo que dictaron dos tohungas de la región de Wairarapa: Te Mātorohanga y Nēpia Pōhūhū. Sin embargo, ya sabemos que Smith estaba obsesionado con los supuestos orígenes arios de los maoríes y que había manipulado las tradiciones para elaborar su teoría de la Gran Flota; mientras que Whatahoro no había tenido una educación del todo tradicional, pues era mormón bautizado y había ayudado a traducir al maorí el Libro de Mormón, que identifica a los polinesios con una de las tribus perdidas de Israel.
CB-THE LORE OF THE WHARE-WĀNANGA
Si quieres leer la versión del mito de la creación que aparece en el capítulo III del libro de Smith, puedes descargarlo desde aquí.
No cabe duda de que The Lore of the Whare-wānanga contiene tradiciones auténticas, pero también es probable que hayan sido manipuladas por Smith y Te Whatahoro con fines idealistas y más o menos políticos. De ahí que el lector no podrá evitar notar grandes semejanzas entre lo expuesto como antiguos conocimientos maoríes y ciertas historias bíblicas, por ejemplo. Además, Smith hace algunas desacertadas comparaciones entre lo que está traduciendo y elementos de otras culturas lejanas, para sugerir al lector unas relaciones y un esoterismo muy propios de la época, pero a todas luces imposibles.


The Lore of the Whare-wānanga fue la gran presentación de Io-Matua-Kore (Io-el-sin-padre) como un Dios supremo que habría sido parte de una tradición secretísima, incluso para los propios maoríes de a pie. Io sería el origen de todas las cosas. Vive en el duodécimo cielo con una compañía de Whatu-kuras (guardianes masculinos) y una de Marei-kuras (guardianes femeninos). Nadie puede acceder a él sin permiso. En la introducción del libro, Smith hace varias anécdotas breves sobre cómo se filtró el conocimiento de Io, pero de ninguna de ellas hay constancia. He aquí un ejemplo:
«El Sr. C. E. Nelson, un erudito maorí muy culto, supo por el Ngati-whatua ariki, o jefe principal y sacerdote Te Otene-kikokiko, que existía tal dios y me dio los siguientes nombres o atributos de Io: —Io-mua, Io-moa, Io-hunga, Io-uru, Io-hawai e Io-hana. El informante del Sr. Nelson no mencionó los nombres cerca de la aldea, sino que se llevó a su amigo a un campo abierto, lejos de cualquier edificio u otro objeto contaminante y allí se los reveló.»
En una de sus notas, Smith, de manera muy suspicaz, sugiere una relación entre los polinesios y los yazidíes, una minoría del pueblo kurdo de origen ario.
«Pero, por supuesto, la idea de los cuatro elementos no se limita a los polinesios y los yazidíes, fue una creencia común de nuestros antepasados en un tiempo. Surge una pregunta interesante: ¿los polinesios desarrollaron la idea a partir de su propio estudio de la naturaleza, o la aprendieron de otra raza o nación?»
En otro fragmento de la misma nota, compara el culto a Io con un credo de los yazidíes y defiende a los europeos como dignos receptores de una sabiduría ancestral:
«”No debes pronunciar mi nombre, ni hablar de mi forma, porque si lo haces es un pecado …” Esto, también, es exactamente la doctrina del culto a Io; su nombre nunca fue mencionado fuera del círculo interno del sacerdocio y los alumnos que luego se convirtieron en altos jefes o sacerdotes. Fue solo por el accidente más pequeño que su nombre se dio a conocer por primera vez a los europeos: los misioneros nunca se enteraron de ello, y no fue hasta que los viejos y sabios maoríes se dieron cuenta de que había europeos que se interesaban realmente por sus antiguos conocimientos, y que se podía confiar en que no lo despreciarían, que algunos elementos adicionales fueron aprendidos por grados, pero nunca tan completamente como en estas páginas.»
A pesar de que la palabra io o Io aparece en otros lugares de Polinesia, la tradición en Nueva Zelanda fue inicialmente rechazada por otros eruditos como el prestigioso líder Sir Peter Henry Buck, conocido como Te Rangi Hīroa, quien escribió: «El descubrimiento de un Dios supremo llamado Io en Nueva Zelanda fue una sorpresa para maoríes y pākehā por igual». Buck creía que la tradición de Io estaba restringida al iwi Ngāti Kahungunu (donde fue aceptada durante todo el siglo XX) de la costa este y que era una consecuencia de la llegada del cristianismo.