El pasado 2 de septiembre recordamos la muerte de John Ronald Reuel Tolkien, J.R.R. Tolkien (Bloemfontein, hoy Sudáfrica; 3 de enero de 1892 – Bournemouth, Dorset, 2 de septiembre de 1973), autor de El Señor de los Anillos. Si no eres admirador suyo o de su obra, tal vez sea porque no te gustaron las películas o porque no sabes que él no era un autor de fantasía común. El objetivo de Tolkien al escribir sobre su universo ficticio de la Tierra Media, no era complacer a un montón de adolescentes nerds y gamers aburridos, que son quienes, a la larga, hoy consumen unas versiones muy distorsionadas de su obra. Su objetivo era recrear una mitología, emular el proceso real de formación de una cultura con todo lo que ello implica y, por supuesto, hacer arte, porque, como decía nuestro Samuel Feijóo, “cuando el mito es bello es arte”. La energía creadora de Tolkien provenía de su inmensa pasión por la lingüística, la literatura antigua y la mitología universal, temas en los que era un verdadero erudito.
Hacia 1931 Tolkien escribió un poema en respuesta a una afirmación que había hecho su amigo C.S. Lewis (Las Crónicas de Narnia) sobre la falsedad de los mitos. El poema se llama Mitopoeia y es la declaración de un personaje llamado Filomito (“el que ama los mitos”) a otro llamado Misomito (“el que odia los mitos”). Este es un fragmento del poema:
“Aunque llenásemos todas las grietas del mundo
con elfos y duendes, aunque nos atreviésemos a construir
dioses y sus templos de oscuridad y luz,
y sembráramos semillas de dragones, sería nuestro derecho
(usado bien o mal). El derecho no ha decaído.
Creamos todavía por la ley con la que fuimos hechos.”
…
“No me inclinaré sin embargo delante de la Corona de Hierro,
ni dejaré caer mi propio y dorado, pequeño cetro.”
Tolkien era católico devoto, por eso consideraba que Creador había uno solo, es decir, Dios. Su universo ficticio lo consideraba una Subcreación y él mismo era el Subcreador. Tolkien entiende que nada dentro de este mundo tiene que ser ajeno a los hombres y que su capacidad creativa es una reminiscencia del poder que lo creó a él, por tanto, su deber es honrarlo.

Durante mucho tiempo me pregunté qué tipo de magia hacen los personajes del Silmarillion, El Hobbit y El Señor de los Anillos. En realidad, cuando lees los libros, no se parece en nada a lo que vemos en películas y videojuegos, de hecho, el mago Gandalf casi no hace magia, y lo de los elfos, pues… es otra cosa. Muchos autores de fantasía establecen lo que ellos llaman “sistemas de magia” basados en las leyes naturales de sus mundos ficticios, para darles mayor credibilidad; incluso hay quien teoriza sobre sistemas de magia dura y magia blanda, según se den más o menos explícitos los detalles de su funcionamiento. Así que me propuse investigar el “sistema de magia” de Tolkien. Salta a la vista que no parece haberlo, no queda claro de qué dependen los poderes de sus personajes, ni siquiera qué tan poderosos son. Pero, vamos a revisar qué hay detrás de todo esto.
Magia VS Arte
En ningún caso como en este podemos ver la obra como una extensión del autor. Tolkien se parece poco o nada a otros autores del género que, comúnmente, publican más cuentos y libros que no pertenecen a una misma saga o universo, él se “limitó” casi exclusivamente a desarrollar uno solo, de modo que toda su energía creativa y vital estaban en ello, dando como resultado este organismo, esta cosa que sentimos que respira y que habla con voz propia. Por tanto, no parece probable que haya dejado muchos cabos sueltos, sino que detrás de cada palabra, de cada acción de cada personaje, haya una gran carga de intencionalidad. Evidentemente deseaba atraer nuestra atención hacia ciertos valores morales y estéticos, y la forma en que utiliza la magia es clave para desentrañarlos. Vamos a entender como magia, en este caso, no a todo lo fantástico sino a la capacidad de “hacer prodigios”.
En realidad, la mejor respuesta a todo este misterio la da el propio Tolkien en una carta no fechada dirigida a Milton Waldman de la Editorial Collins:
«Por esto último (refiriéndose a la magia) entiendo toda utilización de planes y proyectos externos (aparatos) en lugar del desarrollo de las capacidades o talentos inherentes internos, o aun la utilización de estos talentos con el corrupto motivo del dominio: intimidar al mundo real o reprimir otras voluntades. La Máquina es nuestra forma más evidente de hacerlo, aunque más estrechamente relacionada con la Magia de lo que suele reconocerse.
…
»Su «magia» (refiriéndose a los elfos) es Arte, despojada de muchas de sus limitaciones humanas: más fácil, más rápida, más completa (el producto y la intuición en una correspondencia sin tacha). Y su objetivo es el Arte, no el Poder; la subcreación, no el dominio y la reforma tiránica de la Creación.»
Se evidencia en estas líneas el conocido desprecio de Tolkien hacia la industrialización de su época y su desastroso avance sobre la naturaleza y las formas de vida más rurales. No es de extrañar que relacione todo esto con la magia, que, como buen católico, consideraba algo maligno, diabólico.
Incluso en El Señor de los Anillos queda claro:
«- ¿Y tú? -dijo ella volviéndose a Sam-. Pues esto es lo que tu gente llama magia, aunque no entiendo claramente qué quieren decir, y parece que usaran la misma palabra para hablar de los engaños del enemigo. Pero ésta, si quieres, es la magia de Galadriel. ¿No dijiste que querías ver la magia de los elfos?»
En el borrador de una carta de 1954 a la escritora Naomi Mitchison, Tolkien abunda en el tema. Explica que, aunque pudiera haber una diferencia entre magia y goetia, entendidas la primera como la alteración del curso natural de las cosas y la segunda como la invocación de espíritus, más con el fin de aterrar que de obtener algún cambio, ambos bandos supuestos (buenos y malos) hacen uso de las dos; la verdadera distinción está en el propósito, el objetivo con que se practica:
«Las operaciones del Enemigo no son de ningún modo todas ilusiones goéticas, sino «magia» que produce efectos reales en el mundo físico. Pero utiliza su magia para aplastar tanto las cosas como a la gente, y la goeteia para aterrar y someter. Los Elfos y Gandalf utilizan su magia moderadamente: una magia que produce resultados reales (fuego en una gavilla húmeda) con propósitos benéficos específicos. Sus efectos goéticos son por entero artísticos y no tienen por fin engañar.»
Sin embargo, «el motivo básico de la magia -aparte de cualquier consideración filosófica acerca de su funcionamiento- es la inmediatez: la velocidad, la reducción del trabajo y también la reducción al mínimo (o punto de fuga) del hueco entre la idea o el deseo y el resultado o efecto.» Y esta necesidad, o más bien, acomodarse a esta forma de obtener las cosas, resulta demasiado fácil y nocivo.
«De cualquier modo, una diferencia en la utilización de la «magia» en esta historia es que no se tiene acceso a ella por conocimiento folklórico o hechizos, sino que es un poder inherente no poseído o accesible a los Hombres en cuanto tales. La «curación» por obra de Aragorn podría considerarse «mágica», o al menos una mezcla de magia con farmacología y procesos «hipnóticos». Pero (en teoría) es comunicada por hobbits que tienen muy escasas nociones de filosofía y ciencia; mientras que A. no es un «Hombre» puro, pues está lejanamente emparentado con los «hijos de Lúthien».
Hasta aquí, Tolkien nos ha dicho todo lo que deberíamos saber:
- La magia es cosa del Enemigo: artificios para asustar y doblegar.
- Gandalf y los elfos no tienen magia, sino capacidades naturales de su raza, sin las limitaciones humanas, y cuyo propósito es hacer arte.
- En última instancia, todos pueden usar “magia”, pero la diferencia está en los propósitos de cada uno.

Tolkien tenía claro lo que quería y lo que no quería poner en su Subcreación. La magia es, a la larga, la enemiga, lo demás es arte refinado y habilidades perfeccionadas, algunas inherentes a una raza en particular, otras el resultado de un trabajo concienzudo durante años y hasta edades. Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de esa magia y de ese arte? Tolkien se regodea en describir el segundo más que la primera y aun así es vago, la magia se hace a un nivel extremadamente cotidiano (a través de objetos o frases comunes) y a veces hasta inconscientemente, o no pasa de una superstición que al ser enunciada es procesada por el lector como si la hubiese visto hecha realidad, cuando lo que hizo fue sugestionarse debido a la atmósfera propia del género fantástico.
Ese mundo donde lo maravilloso o lo prodigioso está equilibrado con lo que el lector sabe o cree posible, posee consistencia interna de realidad. Lograr ese equilibrio es difícil, sobre todo en una obra de fantasía, pero Tolkien tiene éxito porque su modo de emplear lo mágico en general y la magia en particular, alude al pensamiento mágico del hombre actual para interpretar su propio mundo, es decir, conecta con creencias y supersticiones ancestrales que perviven en la mente humana.
Esto significa que, a pesar de la intransigencia y el mérito del autor, eventualmente debió recurrir a formas mágicas “reales”, propias de las religiones y tradiciones de la historia de la humanidad; y por ello podemos atrevernos a investigar y a encontrar significados en los métodos y capacidades prodigiosas de sus personajes.
La magia en la Edad Media
La historia de Arda (el mundo/planeta de Tolkien) comienza con una etapa puramente mitológica y desemboca con rapidez en una suerte de Edad Media europea, el escenario preferido de este género. Precisamente en la Europa medieval se reconocieron dos formas de magia: la natural y la diabólica. La primera era una rama de la ciencia que se ocupaba de los poderes ocultos de la naturaleza. La magia diabólica era una derivación perversa de la religión. Ésta es la magia que practican Sauron y Saruman, quienes intentan manipular las fuerzas espirituales impersonales, vistas como emanaciones mecánicas de la naturaleza. Estas fuerzas no son agentes libres, sino que están sometidas a la voluntad de los magos. Por el contrario, la magia que practican Gandalf y Galadriel, a través de sus objetos mágicos, o Aragorn curando con las manos, es benéfica. Como la magia religiosa, pretende conseguir los favores de Ilúvatar para realizar actos que prolongan el momento creativo original.
Dualismo
Por otro lado, la ficción de Tolkien sigue el patrón dualista del cuento popular, en el cual la magia masculina se asocia al fuego y la femenina al agua. Así, tenemos que Galadriel tenía un recipiente que al llenarlo de agua mostraba escenas de tiempos o lugares lejanos. Galadriel, también llamada por Faramir “Señora de la Magia”, aparece en la obra asociada a un lago por el que navega en ocasiones con su barco. A las mujeres se les ha vinculado tradicionalmente con la capacidad de predecir el futuro, véanse las nornas de la mitología escandinava, que habitaban cerca de un pozo con cuya agua regaban el árbol universal. La asociación de la magia masculina con el fuego es apreciable en varios momentos. Así, Gándalf produce fuego con su bastón a la orden de “naur an edraith ammen”, Sauron usa el fuego de las Grietas del Destino para forjar el Anillo Único y el propio Ilúvatar envía la llama imperecedera a arder en el corazón de Ea.
Los objetos mágicos
Los objetos mágicos, como el Anillo voluntarioso que se sale de los dedos, los Palantiri que también traicionan a algunos que se atreven a mirar sus profundidades, incluso los ents, son elementos de un universo altamente espiritualizado, resultado de conocimientos intrínsecos del autor sobre el mundo real, particularmente de etapas en las que predominaban el naturismo (la naturaleza está viva) y el animismo (la naturaleza está llena de espíritus).
La entidad maravillosa de las espadas y del Anillo deriva de creencias fetichistas. En la ficción de Tolkien son los elfos, especializados en crear objetos con vida propia, quienes forjaron estas espadas mágicas. Los elfos no son parte de la creación de los Valar, seres espirituales que entraron en el mundo al principio de los tiempos, sino creaciones directas de Dios. De este modo, las espadas son un vínculo entre su usuario y la divinidad. El fetichismo tiene su fundamento en el animismo, que considera que los objetos están habitados por espíritus, que les otorgan poderes misteriosos. Los espíritus actúan a través de ellos. En consecuencia, estos objetos pueden ser venerados y devenir fetiches.

La magia de los objetos que aparecen en las novelas del Anillo también consiste generalmente en exagerar las cualidades reales de los mismos. Así, por ejemplo, la capa de Frodo sirve para cubrir el cuerpo y protegerlo del frío, pero no solamente cubre al hobbit, sino que lo hace invisible. El lembas, el pan del camino de los Elfos, si se envuelve en hojas de Mallorn (magia por contacto) puede conservarse durante largo tiempo. Las propiedades alimenticias de estas galletas de harina blanca han sido intensificadas, ya que permitieron a Frodo y Sam subsistir durante semanas. Los lembas tienen un sentido religioso, puesto que son asimilables a la Eucaristía cristiana, esto es, son un alimento espiritual. El espejo de Galadriel era un recipiente de plata, que cuando se lo llenaba de agua, mostraba escenas alejadas en el tiempo o el espacio. Observamos aquí que es la propiedad del agua de emitir reflejos la que ha sido intensificada. La magia no es pues una antítesis de lo ordinario, sino su amplificación.
Detrás del uso que Sauron hace del Palantir de Osgiliath para torcer la voluntad y distorsionar la visión de quienes entran en contacto con él, está la creencia en el mal de ojo, que consiste en pensar que algunas personas pueden hacer daño, e incluso matar, a otros con sólo mirarlos. Tradicionalmente se ha considerado mago a la persona cuya mirada tiene una fuerza superior al resto. Algunos dragones de la Tierra Media tienen el poder de encantar a quien le mira a los ojos. Esta facultad también puede relacionarse con el mal de ojo. Popularmente se cree que aquellos con alguna característica peculiar, como ser bizcos o tener los ojos azules o verdes, tienen este poder.
En la tradición mitológica existen numerosos dioses con un solo ojo. Algunos de ellos, como Amaterasu o Ra, representaban al sol. Odín, el dios de la mitología nórdica que inspiró a Tolkien, sacrificó su ojo a cambio de poder beber del pozo de Mimir que proporcionaba gran sabiduría. La existencia de un único ojo es símbolo de que posee una segunda visión, una visión mágica. Del mismo modo, popularmente se cree que las personas que padecen cualquier tipo de mutilación en una extremidad adquieren facultades extraordinarias en el miembro restante. Es decir, que la fortaleza de la extremidad ausente se transfiere a la otra varias veces multiplicada, a modo de compensación.

Magia homeopática y por contagio: el poder de la palabra
Los principios sobre los que se basa la magia son, según James Frazer, dos. El primer principio puede ser llamado ley de la similitud; el segundo, ley de contacto o contagio. Del primero de estos principios, la ley de la similitud, el mago infiere que puede producir cualquier efecto que desee solamente imitándolo. Del segundo, infiere que cualquier cosa que se efectúe sobre un objeto material afectara igualmente a la persona con quien el objeto estuvo una vez en contacto, tanto si formaba parte de su cuerpo como si no. Pertenece al dominio de la magia por contagio la creencia de que el nombre de una persona es una parte esencial del mismo. La creencia en el poder mágico de las palabras corresponde a un estadio del desarrollo humano en el que se creía que el pensamiento tenía una efectividad inmediata. La palabra es, pues, una forma de poder.
- La Puerta de Moria se abría pronunciado la palabra “amigo”.
- Frodo invocó cuando estaba en peligro a Tom Bombadil recitando unos versos que éste le enseñó.
- Aragon invocó la Piedra de Erech para que los muertos que vagaban alrededor de ella lo siguieran hasta Pelargir.
- Gracias al poder de una plegaria en lengua élfica, Sam consigue derrotar a Ellalaraña…
El nombre tenía un significado profundo y profético para un elfo. El primero lo recibía del padre al nacer, pero más importante y revelador era el segundo que le otorgaba la madre algo más tarde. Estos primeros nombres podían complementarse a lo largo de la vida con otros de elección propia o atribuidos. En la actualidad es todavía una práctica muy extendida la de poner a los recién nacidos el nombre de los padres o abuelos, posiblemente con la esperanza inconsciente de que el bebé compartirá alguna de las buenas cualidades de sus ascendientes tocayos. Con intención similar actúan los padres que bautizan a sus niños con el nombre de alguna estrella de cine o del mundo de la canción.
El poder de los nombres está relacionado con la fuerza creativa del sonido: «En Principio era la Palabra y la Palabra era Dios» (Juan, 1: 1). El valor que algunas personas han atribuido al nombre les ha llevado a contraer matrimonio con el objeto de evitar la desaparición de un apellido determinado. En la Edad Media las palabras tenían un gran valor simbólico. Nombrar las cosas era ya un modo de explicarlas. Esta es una de las razones por las que la etimología es en esta época una ciencia fundamental. Cuando se nombra una cosa se toma posesión de su realidad. Diagnosticar una enfermedad es el primer paso para su curación, ya que se ha pronunciado el nombre de la enfermedad.
Del mismo modo, un precepto negativo de la magia por contacto es la restricción de pronunciar determinados nombres o aún de ponerle nombre a determinados personajes o territorios. Así, por ejemplo, en Gondor se utilizaba el epíteto Tierra sin Nombre para designar las tierras de Mordor. A Sauron se lo conocía como ‘el Innombrado’ con el objeto de no darle sustancia a este ser horrible que amenazaba sus vidas. También a causa de los malos presagios asociados con él, el Paso de Cirith Ungol era llamado en Gondor el Paso sin Nombre. A veces se utilizaba un circunloquio con el objeto de evitar mencionarlo.
Por efecto de la magia de contacto, el conocimiento del nombre de una persona permite al mago invocar las fuerzas ocultas con la misma eficacia que por mediación de una uña, un cabello o cualquier otra parte del cuerpo de ésta. En La Tierra Media existen muchos nombres tabúes a causa de una asociación entre la palabra y su referente. Así, Moria, «el Foso Negro», es un laberinto extremadamente peligroso. Está lleno de cámaras y pasadizos plagados de amenazas. Era un lugar que suscitaba tanto miedo que un guerrero tan valiente como Aragorn evitaba mencionarlo. Barad-dûr, «la Torre Oscura», era un nombre que si era pronunciado se decía solamente en voz baja. Los nazgûl tenían miedo al nombre de Elbereth, que en la lengua de los Sindar significa Varda (la única diosa que invocaban los elfos).

por Gerwell
Los cantos poderosos
«Cualquiera que pueda tocar un instrumento de cuerdas me parece un brujo digno del mayor respeto. Amo la música…». Esto lo declaró el propio Tolkien en una de sus cartas.
No es extraño que a Tolkien le impactara tan profundamente el Kalevala, la epopeya nacional de Finlandia, compilada por Elias Lönnrot en el siglo XIX a partir de fuentes folclóricas. Esta obra es la fusión perfecta de dos pasiones suyas: la música y la lingüística, pues el Kalevala tiene sus orígenes en canciones populares interpretadas por los lolaja y tietaja, bardos y hechiceros. En la Finlandia precristiana, la magia residía en el canto y en el conocimiento de los versos adecuados para cada hechizo. El personaje principal del Kalevala es el anciano sabio Vainamoinen, una especie de Gandalf mujeriego que ostenta la categoría de bardo eterno. La música jugaba un papel primordial cuando la manera oral era la única de transmitir los mensajes, ya que el finés no se pusiera por escrito hasta el siglo XIX. Los cantos eran poderosos porque contenían todo el conocimiento de generaciones anteriores. Esta mezcla de realidad y fantasía debió fascinar a Tolkien.
Tanto en el Kalevala como en el Silmarillion, la música es la mejor forma de hacer magia y está presente desde el principio:
«He aquí que un afán me embarga/tiene la intención mi espíritu/de empezar recitaciones,/de decir sacras palabras,/cantar cantos familiares,/viejos cantos de mi raza.
…
»Así nació Vainamoinen,/apareció el bardo eterno,/hijo de madre divina,/de la virgen Ilmatar.»
«En el principio estaba Eru, el Único, que en Arda es llamado Ilúvatar; y primero hizo a los Ainur, los Sagrados, que eran vástagos de su pensamiento, y estuvieron con él antes que se hiciera alguna otra cosa. Y les habló y les propuso temas de música; y cantaron ante él y él se sintió complacido.»
En ambos relatos se realizan duelos o combates a base de cantos poderosos. En el Kalevala, el joven e inexperto Jukahenen, reta a un duelo a Vainamoinen. Primero se trata de una competencia de conocimientos, no muy distinta a las que realizaran Odín y Vafthrudnir en las Eddas, relacionada, sobre todo, con los orígenes y la naturaleza de las cosas. Después Vainamoinen se impacienta y comienza a entonar sabias palabras: petrifica a Jukahenen, a su caballo y a su perro; transforma el trineo en un tronco y hace que todo el conjunto se hunda en un pantano. Jukahenen trata de sobornarlo con tierras y oro, pero él solo lo perdona cuando promete darle la mano de su hermana en matrimonio.
«Cantó el viejo Vainamoinen;/tembló el sol y calló el lago;/temblaron montes de cobre/estallaron fuertes rocas,/las piedras en dos partiéronse,/las del río se quebraron.»
En el Silmarillion, el rey elfo Finrod Felagund también retó a Sauron a un duelo de magos mediante canciones de poder.
«Los cantos se adelantaban y retrocedían,/flaqueando, zozobrando, y cuanto más crecía/la fuerza de ese canto, más Felagund luchaba,/y puso en sus palabras el poder y la magia/que había traído de Elvenesse./Suavemente en la sombra oyeron a los pájaros/que a lo lejos cantaban en Nargothrond, y/el suspiro del Mar mucho más lejos,/más allá del mundo del oeste, en la arena,/en la arena de perlas del País de los Elfos.»

El tema da para mucho más, pero por ahora podemos concluir que en las personas persisten hábitos mentales muy enraizados y una visión mágica de los fenómenos naturales que la modernidad no ha conseguido erradicar. El mundo moderno ha tratado de privilegiar el conocimiento lógico en las manifestaciones culturales y realizaciones artísticas, desterrando las creencias y fenómenos que entran en contradicción con una etiología racional de los hechos observados. Pero la fantasía de Tolkien, con todas sus manifestaciones mágicas e imaginería de origen ancestral, apela a esta alma primitiva que se esconde en el desván de la mente moderna. Además, la magia no tiene un origen cultural concreto. Por esta razón los argumentos basados en ella pueden ser transportables a cualquier sistema cultural.