Sucede por todas partes, pero siempre durante los días más cortos del año. Entre noviembre y febrero, comunidades rurales de toda Europa realizan celebraciones ancestrales en las que han conservado la costumbre de disfrazarse de bestias diabólicas y animales salvajes, a través de espectaculares atuendos confeccionados con pieles de oso, cuernos de cabra, ramas y hojas.
El carnaval es un ritual de origen pagano relacionado con el final de la época más oscura del año y la llegada de la primavera. En muchos si no en todos los pueblos antiguos se celebraba de alguna forma el solsticio de invierno y el nacimiento de un nuevo Sol. En Roma tenían lugar las saturnales en honor a Saturno, dios de la agricultura, entre el 17 y el 23 de diciembre; siete días de bulliciosas diversiones, banquetes e intercambio de regalos. Más tarde, en febrero, celebraban las lupercales en honor a Luperca, la loba que amamantó a los hermanos Rómulo y Remo. Se trataba del último ritual de un proceso de iniciación en el que un grupo de adolescentes había sobrevivido a la caza y el merodeo en el bosque, comportándose como lobos humanos. Fiestas como estas fueron muy difíciles de combatir por la Iglesia, el solsticio lo asimiló con la Navidad, pero al Carnaval a penas lo toleró; hoy día no forma parte del calendario litúrgico, pero tiene como fecha tope el Martes de Carnaval o Mardi Gras, antes de que comience la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza.
En todo el mundo los carnavales han perdido su antiguo significado religioso y han devenido, cuanto más, en una representación de la lucha entre el bien y el mal, el orden y el caos, donde la figura negativa es, las más de las veces, una antigua deidad demonizada o el propio Diablo.
Las fotografías de Charles Fréger
En Europa, las personas que participan en estos carnavales tienen poco o ningún conocimiento sobre sus raíces y los científicos han escrito casi nada sobre ellos; en muchos casos ha sido necesario reinventar una leyenda para darles sentido. Hace unos años, el fotógrafo francés Charles Fréger descubrió uno de estos carnavales en la región austriaca de Salzburgo. Antes de las fiestas navideñas, los adolescentes suelen desfilar por las calles disfrazados de Krampus, ogros hirsutos y cornudos que atemorizan a los niños que se han portado mal durante el año. El fenómeno le fascinó tanto que pasó dos años investigando fiestas similares en el resto de Europa. “Terminé visitando 19 países durante dos inviernos sucesivos, para descubrir decenas de fiestas paganas que, bajo un aspecto meramente folclórico, esconden cuestiones fundamentales sobre nuestra cultura y nuestros miedos”, afirma Fréger, autor de una espectacular serie fotográfica titulada Wilder Mann.

De Francia a Bulgaria y de Italia hasta Finlandia, Fréger fotografió decenas de comunidades rurales que siguen celebrando estos ritos originados en el neolítico, pensados para exorcizar demonios interiores, despertar una animalidad reprimida sin tener que lamentar las consecuencias e invocar a la naturaleza en nombre de la fertilidad de la tierra. Los ritos donde los hombres se convierten en monstruos existen en todas las civilizaciones del planeta, pero Fréger prefirió ceñirse al continente europeo. “Que en África existen tradiciones de este tipo ya es suficientemente conocido. Me interesaba más ir al encuentro del lado tribal de Europa”, dice el fotógrafo.
Antes de dedicarse a cazar monstruos por Europa, Fréger trabajó en otras series sobre personajes que pertenencían a un grupo, caracterizados por llevar uniforme; de majorettes a luchadores de sumo, pasando por obreros metalúrgicos, escuelas de equitación e integrantes de las guardias reales de medio planeta. Aboga por retratar las peculiaridades humanas con ojo de antropólogo. “Ni lo soy ni pretendo serlo. Pero me interesa lo humano y el concepto de comunidad. En el fondo, estos rituales se han convertido en celebraciones de la vida en grupo”, dice Fréger.
En la bestial animalidad de sus monstruos se logran distinguir algunos de los fundamentos de nuestra cultura, como sostiene el escritor irlandés Robert McLiam Wilson en el prólogo del libro que recoge sus fotografías. Dice lo siguiente: “Tenemos que definir quiénes somos definiendo, ante todo, quiénes no somos. Somos hombres sabios porque no somos hombres salvajes. Nos sentimos integrados en el grupo gracias a quien ha quedado excluido”. Y es ahí, en la oscuridad dibujada por la fantasía secular, donde siguen viviendo estos monstruos.
El hombre salvaje, el oso y la cabra

Muchas de estas fiestas, si bien tienen raíces más antiguas, deben haber comenzado a cristalizar como lo que son hoy a finales de la Edad Media. En esa etapa bebieron de otro mito muy popular en Europa por entonces, el del Hombre salvaje, heredero tanto del modelo grecolatino como del judeo-cristiano, completamente afín a los seres animalescos y a espíritus de la vegetación de las mitologías céltica, escandinava y centroeuropea. Lo imaginaban muy peludo, agresivo, amoral, con una fuerza sobrehumana, viviendo en el seno de una naturaleza que representaba el espacio ajeno a lo social. No conocía el fuego ni practicaba la agricultura o la ganadería, alimentándose de lo que le proporcionaba la tierra bruta. Tampoco tenía un lenguaje articulado, sino que se expresaba por gestos y miradas vehementes. Como ser libidinoso, se hallaba en abierto contraste con la educación caballeresca, basada en el amor cortés, que sometió el erotismo a sus propias reglas. Pero el elemento que mejor definía a los hombres y mujeres salvajes era que tenían el cuerpo completamente cubierto de vello, salvo en la cara, manos, pies y senos. Con ello se asimilaba el salvaje a animales tales como osos y lobos, con los que creían que estaba emparentado.

En las representaciones teatrales, procesiones y desfiles de Carnaval, se mostraba a aquellos salvajes inventados con un disfraz hecho de pieles o materiales vegetales, como musgo, ramas, hojas o paja. Podía encarnarse en diversas fieras, sobre todo el oso, ya que pensaban que el salvaje era fruto de la unión de este animal con una mujer. Como los humanos, el oso camina erguido. Pero el aspecto fundamental que los relacionaba era la hibernación, una metáfora de la muerte y el renacimiento del hombre en el más allá, al igual que de la naturaleza resurgiendo tras los rigores invernales. Según la tradición popular, el oso se aletargaba por San Martín, a principios de noviembre. En la noche que sigue al 1 o el 2 de febrero, con la aparición de la luna invernal que anticipa la Pascua, el oso mítico emergía de su cueva para observar el cielo. Si decidía salir, la llegada del buen tiempo era inminente. Pero también podía retirarse otros 40 días, en cuyo caso los campesinos todavía habrían de soportar nuevos fríos. Invirtiendo la relación causa-efecto, nuestros antepasados ponían al oso a desfilar, como si estuviera anunciando la llegada de la primavera. Con esa magia simpática pretendían estimular el renacer de la naturaleza, que quedaba improductiva y como muerta durante el invierno. En contrapartida, en esos largos meses sin trabajo agrícola, se intensificaban las celebraciones festivas y, con ellas, la vida social y la unidad entre los miembros del grupo. Los antiguos consideraban particularmente importantes los doce días que van desde el 24 de diciembre al 5 de enero. A esas tradiciones se remite Shakespeare en Twelfth Night (La duodécima noche o Noche de Reyes), obra escrita para las festividades regias del nuevo año. Resulta muy significativo que el protagonista se llame Orsini, de Orso, “oso” en italiano, y que la acción se sitúe en los Balcanes, en pleno territorio del Wilder Mann.

El salvaje como Oso es un personaje muy difundido en las tradiciones de máscaras, así como la Cabra, sobre todo en la mitad oriental de Europa, particularmente en Rumanía. La cabra aparece con San Nicolás en Austria, y en Polonia, en los cánticos de Navidad. Anuncia suerte, salud, fecundidad y prosperidad económica, y también es emblema de la vitalidad de la naturaleza. Como al animal le vuelven a crecer la lana y los cuernos, representa metafóricamente la muerte y la resurrección.
Un recorrido salvaje
UNA RECOPILACIÓN DE PUBLICACIONES PARA REDES SOCIALES HECHAS EN ENERO DE 2024.
La cabra de yule, Grýla y Krampus, de quiénes hemos hablado bastante en estos días, son solo algunos miembros de una enooooorme familia de monstruos que recorren Europa desde finales de noviembre hasta principios de marzo. Para el cristianismo fue relativamente fácil sustituir o disfrazar los rituales paganos que rodeaban al solsticio de invierno, pero hubo otros sobre los que tuvo muy poca influencia y apenas aprendió a tolerar, se trata de los festejos del Carnaval. Durante siglos la iglesia ha tenido que soportar las fiestas y rituales tradicionales de inicio de año, que se celebran en muchos lugares para despedir al Invierno, al Año Viejo y a los malos espíritus, pero también para invocar la fertilidad de la tierra, los animales y las personas. La fecha tope impuesta por la liturgia cristiana para estas fiestas es el conocido Martes de Carnaval, anterior al Miércoles de Ceniza, que da inicio a la Cuaresma. En algunos lugares lo llaman Mardi Grass (martes gordo) porque las personas preparan y comen alimentos ricos en grasa antes de comenzar la penitencia.
En internet se encuentran muchas imágenes y nombres extraños sobre estos carnavales que representan el lado más tribal y salvaje de Europa. Sin embargo, puede ser difícil hacerse una idea clara de lo que se ve o lo que se lee, debido a la gran cantidad de versiones regionales de una misma práctica y a las traducciones defectuosas de Google. Con esta serie de publicaciones, el Ciervo intentará mostrarte y explicarte algunos ejemplos de estos carnavales y sus pintorescos protagonistas.
Kukeri y Survakari (Bulgaria)
Desplegar
Comencemos en Bulgaria. Dentro del país, la fecha, los rituales y los disfraces del carnaval varían de una región a otra. Casi siempre se celebra dentro de los llamados “días sucios” o “días paganos”, entre Navidad y Epifanía, para conmemorar el fin de un año y el comienzo de otro. Kukeri parece ser el nombre más extendido para los disfraces de monstruos, pero en realidad existen muchos nombres y tipologías de personajes: babugeri, chaushi, dzhumali, arapi, dervishi y mechkari, etc.





Kukeri también se ha convertido en el nombre de uno de los festivales más famosos. Esta palabra no tiene traducción segura. Ronda una teoría soviética de los años 60 (Zlatkovskaia, T. D. 1968) que lo relaciona con una deidad eslava precristiana llamada Kuk, pero esto es muy poco probable. Una investigación más reciente (Nance, D. A. 2022) sugiere que el nombre y buena parte de la tradición tiene que ver con el simbolismo del cuco y el regicidio como costumbre ritual. Debido a que esta ave no fabrica nidos propios, sino que utiliza los que encuentra ya hechos, era una creencia bastante extendida en el mundo antiguo y medieval que todos los cucos eran machos y que se apareaban con hembras de otras especies. El investigador cree que este simbolismo fue adoptado por cofradías masculinas de guerreros indoeuropeos que, eventualmente, sacrificaban a un rey real o simbólico.
Eruditos del siglo XIX dijeron que la tradición del Kukeri tenía sus orígenes en el culto tracio del dios Dioniso, y que el aspecto de los kukeri recordaba al de los sátiros. La teoría del cuco, sin embargo, explica que el origen está en las danzas rituales de los guerreros antes de entrar en combate, golpeando sus armas y haciendo ruido para espantar al enemigo. En cualquier caso, antes o después, usar máscaras aterradoras y hacer sonar cencerros y campanas sirvió para ahuyentar a las fuerzas del mal (el frío y el hambre) de las casas y las aldeas.
Cada Kukeri que se realiza en el país tiene sus propias características. Los trajes tradicionales solían ser muy sencillos, pero en las décadas posteriores a la Primera Guerra Mundial comenzaron hacerse cada vez más elaborados y grandiosos. Entre los monstruos más llamativos suelen estar los babugeri, típicos de la ciudad de Bansko, cuyos trajes de cuero con el pelo hacia fuera incluyen una máscara de hasta un metro de alto (llamada “surate”) y varios cencerros en la cintura. Casi siempre son interpretados por hombres jóvenes y solteros, aunque recientemente también han participado algunas muchachas. Los babugeri aparecen en cuanto comienza el Año Nuevo. Durante todo el día visitan las casas haciendo ruido y representando escenas cómicas (siempre sin hablar). Los habitantes les agradecen con comida y bebida.

Por la tarde, en el colofón, todos los kukeri se reúnen en la plaza y hacen mucha algarabía. Allí realizan el último ritual y el más importante. El Anciano o el Rey es un personaje que aparece en algún momento de la procesión y es el único interpretado por un hombre maduro, con familia e hijos. En compañía de varios kukeri, el Rey/Anciano ara y siembra simbólicamente el suelo. A veces otros kukeri intentan impedírselo, pero siempre, después de dar su bendición a la tierra y a la gente, lo matan. Al final del día el Rey/Anciano resucita y ofrece un banquete para todos.

Las raíces de este teatro parecen ser realmente antiguas. A lo largo de los años y los lugares se han incluido nuevos personajes, cuyas funciones y maneras de interactuar también varían:
- El Kuker: es el personaje principal; además de la máscara y el traje, suele llevar una escoba, un bastón y/o un falo de madera pintado de rojo, con el que simula actos sexuales con la abuela o con la novia.
- La Abuela: se viste como una anciana y lleva joroba, a veces se representa embarazada o cargando un tronco envuelto en harapos, como si fuera un bebé.
- Niños y Niñas: llevan disfraces navideños, no usan máscaras, sólo maquillaje.
- El Rey/Anciano: se viste de gala, a menudo con una barba blanca postiza y una canasta o turbante como corona; generalmente va en un carro tirado por los Guardaespaldas.
- Los Guardaespaldas/Soldados/Ministros: compañeros del rey, a veces van vestidos con ropas turcas.
- Los Oficiales y Recaudadores: llevan cadenas y un cuaderno para recaudar impuestos de los presentes.
- El Papa o el Cura: generalmente va vestido con ropas sacerdotales; corona al kuker, a la abuela y/o a los niños y niñas.
- Los Gitanos (y los Osos): visten con harapos y llevan el rostro ennegrecido.
- El Barbero: persigue a la gente del público con una navaja de madera para afeitarlos.
- El Sanador: ayuda a los personajes caídos o enfermos.
- El Novio y la Novia: en algunos lugares protagonizan una boda simbólica, así como un acto sexual y un parto.
En la ciudad de Malko Tarnovo se celebra una de las versiones más sencillas y probablemente más antiguas del ritual, llamada “el Kuker blanco”. Participa un solo Kuker vestido con siete pieles de cordero y la cara tiznada de hollín -obtenido de quemar los tallos de centeno que sobraron de la última cosecha. Al final de su recorrido por la ciudad, el Kuker simula afilar su falo de madera en las rudas del carro y fecundar a la novia. Durante el baile siguiente, quien logre robar a la novia del Kuker -custodiada por soldados- tendrá una gran cosecha y será afortunado todo el año.

La otra tradición famosa que puede confundirse con el Kukeri es el Survakari, que también consiste en peregrinar de casa en casa, o de granja en granja, pero en este caso acompañado de rimas y diálogos típicos. Sin embargo, es probable que la tradición original no incluyera los complicados disfraces que se utilizan hoy en día. Los llamados surovichkare utilizan máscaras de madera que dependen de la imaginación del artesano y los propios survakari visten trajes hechos de retazos y llevan un enorme y complicado tocado de plumas sobre la cabeza. Este tocado puede ser una versión exagerada de la survachka o survaknitsa.
El Survakari tiene lugar durante el Survaki o Día de San Basilio, el 1 de enero según el calendario juliano, que es el 14 según el gregoriano. La costumbre parece tener una raigambre rural.
Generalmente cada aldea organizaba dos grupos o survakari, uno de muchachos jóvenes en edad de casarse, y otro de niños más pequeños. El survakar de los jóvenes iba en busca de muchachas casaderas y posibles pretendientes. Ellos las cortejaban y ellas les hacían regalos: pulseras hechas a mano, nueces o manzanas. Es posible que antiguamente también participaran hombres casados y que realizaran juegos y persecuciones simuladas para fertilizar simbólicamente a las mujeres. Al parecer, esto trajo alguna que otra querella por celos y la práctica se limitó a los solteros y solteras. De hecho, era preferible que los survakari de dos aldeas diferentes no se cruzaran por el camino, porque entonces debían pelear, e incluso alguien podía morir.
El survakar de los niños visitaba las casas y las aldeas bendiciendo a las personas, al ganado o a cualquier objeto importante. Para eso utilizaban la survachka o survaknitsa, una rama de cornejo doblada en varios semicírculos y decorada con hilo y cintas de colores, lana, semillas, palomitas de maíz, pan, frutos secas, incluso dinero. Con ella daban golpecitos suaves en la espalda de los ancianos, mientras recitaban unos versos parecidos a estos:
Fortalécete y prospera este año.
Que tengas un feliz año nuevo.
Grandes cantidades oro,
manzanas rojas en el jardín,
y una casa llena de seda.
Muy pronto nos volveremos a ver,
Quiero verte aquí el año que viene.

Según algunas versiones locales, los niños debían dejar ramitas de cornejo, una especie que por su larga vida y floración temprana se considera símbolo de cosas deseables. En otros lugares debían transportaban una piedra sacada del río la noche anterior y recitar estos versos en cada hogar al que llegaban:
Como pesa la piedra,
¡que pese así tu cartera!
Como es fuerte la piedra
¡que sea fuerte tu espíritu!
Mientras que el río fluya,
¡el dinero también fluirá!
Estas y otras tradiciones han evolucionado y continúan evolucionando, incorporando algunos elementos y olvidando otros, pero la esencia parece perdurar y está relacionada con la naturaleza y con el inicio de un nuevo período de tiempo, lleno de posibilidades, para las que resulta vital estar preparado. Hoy en día y desde 1965 se celebra un Festival Internacional de Juegos y Disfraces “Surva”, en la ciudad de Pernik, el más grande de Bulgaria y de toda la península de los Balcanes. En él se reúnen los continuadores de cada festival local, cuya tradición suele pasar de una generación a otra dentro de las mismas familias. Los Kukeri y los Survakari son, con mucho, los más famosos.